Queridos y queridas, hoy es domingo, el último día de la semana. Y por ello, los domingos voy a hacer algo diferente. En vez de subir hoy otro de mis relatos (espero que los que he subido esta semana os hayan gustado), voy a recomendaros un libro. Sí, los domingos voy a utilizarlos para recomendaros alguna lectura. Hoy es nuestro primer domingo juntos, y quería que leyeseis esto antes de continuar:
''El mañana, y el mañana, y el mañana se deslizan de día en día hasta que nos llega el último instante: y todos nuestros ayeres no han sido otra cosa sino bufones que han facilitado el paso a la polvorienta muerte. ¡Apágate, apágate, luz fugaz! La vida no es más que una sombra que pasa, desmedrado histrión que se ensoberbece y se impacienta el tiempo que le toca estar en el tablado y de quien luego nada se sabe: es un cuento que dice un idiota, lleno de ruido y de arrebato, pero falto de toda significación''.
Os lo dejo en versión original para aquellos que lo entiendan (os recomiendo esta lectura en versión original, es mil veces mejor):
''Tomorrow, and tomorrow, and tomorrow creeps in this petty pace from day to day to the last syllable of recorded time, and all our yesterdays have lighted fools the way to dusty death. Out, out, brief candle! Life's but a walking shadow, a poor player that struts and frets his hour upon the stage and then is heard no more. It is a tale told by an idiot, full of sound and fury, but signifying nothing''.
Impresionante, ¿verdad? Se trata de ''Macbeth'', de William Shakespeare. En este discurso Shakespeare cuenta de manera magistral el poco sentido que tiene la vida a través del personaje de su obra. Macbeth es un personaje que mata a personas inocentes por sus ansias de poder y a medida que avanza la obra se da cuenta de que su vida no tiene sentido.
Es una obra teatral, fácil de leer y muy corta, que podemos encontrar gratuita en Internet. Os la recomiendo porque me parece realmente entretenida y es una de esas obras que hay que leer antes de morir. Así que adelante, queridos y queridas, espero que os guste y que me dejéis algún comentario al respecto si queréis.
Mañana volveré a subir otra de mis propias creaciones, espero que tengáis un buen domingo y que disfrutéis de la lectura. ¡Un abrazo para todos!
31 de agosto de 2014
30 de agosto de 2014
EN EL MUNDO DE PAPEL.
En el mundo de papel, las lágrimas son pequeños trozos de cartulina azul.
La mujer hecha con una servilleta del bar tiene un problema de alcoholismo, tres hijos, cero empleos, cero ayudas del Ayuntamiento de negras cartulinas y nadie que se solidarice con su desgracia. Salta desde el séptimo piso del edificio de cartulinas naranjas mientras los niños, de papel maché, lloran en el tercer piso.
El individuo de papel de regalo se lleva los billetes del Monopoly mientras todos miran hacia otro lado.
El hombre de papel recio rasga al otro, de papel de seda, y huye por los callejones de papel pinocho.
El niñato hecho de periódicos deportivos increpa y abusa del chiquillo hecho con páginas de libro de texto.
Los hombres hechos con páginas de Hamlet trabajan para aquellos hechos de papel de manualidades preescolares.
El muchacho de folios en blanco copia e imita lo que hacen los demás papeles por miedo a que lo acusen de ser distinto a los folios de su paquete de origen. De mayor será funcionario del Estado.
Al que sueña con montar en aviones de papel lo condenan al mechero. En la noche previa a pagar la condena, a través de los barrotes de papel de lija, ve un pájaro de papel. Cierra los ojos, respira hondo, sonríe.
Por Juan Antonio Latorre.
La mujer hecha con una servilleta del bar tiene un problema de alcoholismo, tres hijos, cero empleos, cero ayudas del Ayuntamiento de negras cartulinas y nadie que se solidarice con su desgracia. Salta desde el séptimo piso del edificio de cartulinas naranjas mientras los niños, de papel maché, lloran en el tercer piso.
El individuo de papel de regalo se lleva los billetes del Monopoly mientras todos miran hacia otro lado.
El hombre de papel recio rasga al otro, de papel de seda, y huye por los callejones de papel pinocho.
El niñato hecho de periódicos deportivos increpa y abusa del chiquillo hecho con páginas de libro de texto.
Los hombres hechos con páginas de Hamlet trabajan para aquellos hechos de papel de manualidades preescolares.
El muchacho de folios en blanco copia e imita lo que hacen los demás papeles por miedo a que lo acusen de ser distinto a los folios de su paquete de origen. De mayor será funcionario del Estado.
Al que sueña con montar en aviones de papel lo condenan al mechero. En la noche previa a pagar la condena, a través de los barrotes de papel de lija, ve un pájaro de papel. Cierra los ojos, respira hondo, sonríe.
Por Juan Antonio Latorre.
28 de agosto de 2014
TIME TRAVELLERS (Novela por capítulos, recopilación)
TIME TRAVELERS.
Era un hecho conocido por todos que Juan y Marta no estaban
bien. No era una cosa reciente, ni mucho menos. Los problemas comenzaron al
poco tiempo de empezar a estar juntos, y a medida que la relación avanzaba,
iban creciendo. Ambos eran personas muy pasionales, y no le soportaban ni lo
más mínimo a su pareja. El resultado era que se pasaban gran parte de la semana
enfadados el uno con el otro, discutiendo y echándose cosas en cara.
Juan estaba tremendamente enamorado de Marta y, aunque solo
llevasen juntos medio año, lo daría todo por ella. Juan quería a Marta más que
a su propia vida, y cada disputa, cada regañina y cada trapo sucio le habían
debilitado hasta llegar al punto de que Juan no era el de antes. Muchas veces
era él quien empezaba las discusiones al dejarse llevar por la ira, pero no
tardaba ni cinco minutos en lamentar hacerle daño a Marta, la cual estaba
perdiendo también su alegría habitual.
Y era eso, sin duda, lo que más le dolía a Juan. No podía
soportar ver que ella había perdido el brillo de sus ojos, su sonrisa de cada
día. Juan pasaba tardes y noches enteras llorando acurrucado en su cama al
recordar aquellos días en los que Marta y él se miraban y sonreían; aquellos
días en que se iban a comer juntos a alguna pradera y compartían la comida;
aquellos días en los que se pasaban las horas abrazados y no había ningún
problema porque, para él, se encontraba en el mismo cielo. Fue tal la
desesperación de Juan al ver que la persona a la que más quería estaba tan
apagada, que le dijo que deberían dejarlo.
Los dos se echaron a llorar porque se querían desde lo más
profundo de sus almas. Y es que ninguno quería poner fin a la relación que, en
su momento, les brindó los días más felices de sus vidas. Juan tenía solo 21
años y Marta 23. Eran demasiado jóvenes para sufrir de aquella manera por una
relación. Y si había algo que tenían los dos claro, era que no sirve de nada
estar con alguien a quien quieres con toda tu alma si no te hace feliz. No
obstante, decidieron darse una última oportunidad. La última de todas. Habían
comprendido que su temperamento no les guiaría a nada bueno, y decidieron ser
más permisivos y confiar el uno en el otro. No había margen de error, y ambos
estaban dispuestos a no cometer ni uno más.
Sin embargo, la vida no es tan fácil. Aunque no habían
vuelto a discutir, estaba claro que los dos no volvían a sentirse como antes. Y
la respuesta era bastante sencilla: los dos se habían dado cuenta de que tarde
o temprano, iban a terminar rompiendo.
Estaba Juan dando una vuelta por la ciudad a las tantas de
la noche para despejarse y pensar con claridad. No sabía qué hacer con su vida
amorosa. Estaba tremendamente enamorado de Marta, pero ni él era feliz, ni
mucho menos ella. A Juan le gustaba mucho mirar al cielo nocturno y fijarse en
las estrellas. Sentía
una extraña sensación de paz, de alivio, de consuelo. Tras caminar un rato,
compró una lata de cerveza y se sentó en un banco.
A tan solo unos dos o tres metros de él, había otro banco
con un vagabundo tomándose otra cerveza. Era un hombre realmente fornido, de
pelo blanco y barba de tres o cuatro días. Tenía los dientes verdaderamente
sucios, y su ropa debería tener más de diez años.
El vagabundo no paraba de mirar a Juan. Juan, teniendo en
cuenta el aspecto del individuo, así como las altas horas de la noche que eran
y la soledad de la calle, miraba de reojo al vagabundo con cierto nerviosismo.
Este, tras acabar su cerveza (y habiendo comprobado varias veces que no quedaba
ni una sola gota más por beber) se levantó y le dijo a Juan:
- —Sé cómo acabar con tus dudas. Me refiero a lo de
tu chica.
Juan miró al vagabundo con bastante extrañeza y pensó que
era uno de esos borrachos que se ponen pesados cuando llevan una copa de más. Obviamente,
el que supiese que tenía problemas con su chica le pareció pura coincidencia.
Cerró fuerte el puño por si el vagabundo se ponía violento y continuó bebiendo
de su lata con la otra mano.
-
—¿Qué te parece si te ofrezco la oportunidad de
volver atrás en el tiempo? Te ofrezco la oportunidad de volver al instante en
el que la conociste, o si lo prefieres, te ofrezco comprobar qué os pasará en
el futuro.
-
—Menudo gilipollas- dijo Juan en voz baja.
Juan terminó su cerveza y se levantó para ir a casa a dormir.
Bueno, si a eso se le podía llamar dormir. Desde que tenía problemas con Marta,
Juan había dejado de tener sueños cuando dormía. ¿Qué es dormir si no puedes
soñar?
A la noche siguiente, Juan volvió al mismo banco y se
encontró de nuevo con el vagabundo. ‘’Mierda, otra vez el pesado este’’, pensó.
El vagabundo se levantó de su banco nada más verlo y se acercó al de
Juan para sentarse a su lado.
- —Creo
que ayer fui demasiado directo. Me llamo Jacobo, encantado de conocerte- dijo,
mientras le ofrecía la mano.
Juan le dio la mano sin mirarle a la cara y dijo con cierto
asco:
- —¿Me
puedes dejar en paz de una vez?
Tras decir eso, Juan miró a los ojos del vagabundo y notó un
pinchazo en el estómago. Se asustó mucho al mirar a los ojos de aquel tipo. Era
una mirada realmente intimidante; parecía que le estaba mirando dentro de
la cabeza pero, aun así, Juan no podía dejar de mirar. Probablemente Jacobo
conocía técnicas de hipnosis.
- —Vamos
a volver atrás en el tiempo y vas a resolver tus problemas con esa chica,
¿entendido?
- —Sí.
- —¿Te
pones en mis manos?
- —Sí.
De lo que pasó a partir de ese ‘’sí’’, Juan solo recuerda
imágenes sueltas. Recuerda que Jacobo lo paseó cogido en brazos por las vacías
calles de Leganés. También recuerda estar en un cuarto oscuro y cochambroso.
Recuerda saltar en un agujero y entonces…
- —¿Dónde
cojones estoy?- dijo Juan mientras abría los ojos.
- —En
los baños de tu facultad- contestó Jacobo.
- —¿Qué?
¿Cómo hemos entrado aquí? La facultad cierra en agosto.
- —No
estamos en el mes de agosto.
- —Me
estás hartando, loco de mierda. No sé qué coño me diste anoche para que
perdiera el conocimiento, pero voy a llamar a la policía y vas a pudrirte en la
cárcel. Y como intentes evitarlo, te aseguro que me voy a tomar la justicia por
mi mano.
En ese momento, entró en el baño un compañero de clase de
Juan y le dijo:
- —¡Hey,
tío! ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en clase de lingüística?
Juan se quedó pálido. No entendía nada. ¿Era verdad que
Jacobo le había llevado de viaje en el tiempo?
- —Sí,
ahora iré- le contestó Juan, intentando aparentar normalidad.
Cuando Juan y Jacobo se quedaron a solas, Juan se disculpó
con Jacobo por lo que le había dicho y le preguntó que cómo habían llegado
hasta aquí y por qué.
- —¿Y
si salimos a la calle? O aunque sea, salgamos a los pasillos. Aquí huele mal.
Ya en los alrededores de la facultad, nuestros dos
protagonistas tuvieron tiempo para charlar.
- —¿Me
vas a explicar de una vez cómo y por qué hemos aparecido aquí?
- —A
tu pregunta de cómo hemos llegado no voy a responder. En cuanto al por qué…
¿sabes qué día es hoy?
- —Antes
de viajar en el tiempo, acababan de dar las doce de la noche, lo que
significaba que ya era 26 de agosto, mi cumpleaños.
- —Pues
hoy estamos a 2 de febrero.
- —¿En
serio? ¿Me secuestras el día de mi cumpleaños y ni siquiera me lo vas a
felicitar? Muy educado por tu parte. Y sigo queriendo saber cómo hemos viajado
en el tiempo.
- —Ya
te he dicho que ahora mismo es 2 de febrero, así que no te voy a felicitar. Y
no insistas, no te pienso contar el secreto de los viajes en el tiempo. Juré
llevármelo a la tumba.
- —¡Un
momento! ¿Has dicho que es 2 de febrero? Es el día en que conocí a Marta…
- —Lo
sé, para eso hemos venido. Concretamente, quedan tres horas para que el Juan de
hace seis meses conozca a Marta.
- —¿Y
qué se supone que tengo que hacer?
- — Creo
que esa es una decisión que debes tomar tú. Puedes contarle al Juan de hace
seis meses las claves para que la relación con Marta no llegue al punto en el
que está ahora… O simplemente, puedes evitar que conozca a Marta. Está en tu
mano.
Juan sintió un pinchazo en el pecho. Bien es cierto que más
de una vez se había arrepentido de haber empezado con Marta. En muchas
ocasiones, el dolor era tan fuerte que se preguntaba si realmente había
merecido la pena conocerla. No obstante, había vivido algunos de los momentos
más maravillosos de su vida con ella. ¿Qué se supone que debía hacer?
Juan no quería impedirle al Juan de hace seis meses que
conociese a Marta. No obstante, desde hacía meses, estaba viviendo un infierno
de culpabilidad y tristeza ante un final de relación que se presentaba
inevitable. Aun así, se decidió a arreglarlo. Se acercaría a su yo del pasado y
le daría los mejores consejos posibles para que su relación con Marta no se
arruinase.
Cuando solo faltaban dos horas para que Juan conociese a
Marta, nuestros dos protagonistas fueron a tomar algo y charlar:
- —Así que vas a intentar
salvar tu relación, ¿no?
- —Así es. Creo que sé las
cosas que he hecho mal y creo que puedo impedir que mi yo del pasado las
repita.
- — En ese caso,
debemos encontrar a tu yo del pasado y hablar con él antes de que conozca a
Marta.
- —Eso va a ser fácil.
Dentro de veinte minutos se termina mi última clase y mi yo del pasado irá al
baño, como siempre. Así que hablaré con él ahí y solucionaré mi relación.
Juan y Jacobo se dirigieron de nuevo a la facultad con la
esperanza de encontrarse al Juan del pasado:
- — ¡Mira! ¡Al final
del pasillo! ¡Está a punto de entrar al baño!
- — Genial. Voy a
hablar con él.
Juan caminó a través del pasillo decidido a hablar con su yo
del pasado. Le faltaban solo unos metros para llegar a la puerta del baño
cuando de repente alguien le hizo un placaje por la espalda y lo tiró al suelo.
Era otro Juan.
- — ¿Otro más como yo?
No puedo creerlo.
- — Pues créetelo. Soy
el Juan de diciembre. Vamos, soy el Juan de dentro de cuatro meses con respecto
a tu dimensión.
- — ¿Era estrictamente
necesario el placaje?
- — Déjate de
tonterías y escúchame atentamente. No entres por esa puerta para arreglar la
relación con Marta.
- — ¿Por qué?
- — Porque no va a
servir de nada. Hemos roto, y estoy hecho pedazos.
1 hora y 30 minutos para que Juan conozca a Marta.
— Entonces… ¿no sirven
de nada los consejos que voy a darle a mi yo de pasado?
— Exacto.
— En ese caso, ahora
eres tú el que tiene que pasar ahí y darle tus mejores consejos. No podemos
permitir que esta relación se…
— ¡Basta! ¡No se
puede, Juan! Esa relación está condenada al fracaso, ¿vale? Simplemente no
estáis hechos el uno para el otro. Sí, podría entrar ahí, hablar con nuestro yo
del pasado y conseguir alargar unos meses más una relación que se acabará
rompiendo, ¿y sabes por qué? Porque ella no está hecha para ti, ni tú para
ella, y estoy seguro de que en alguna parte de ti, por pequeña que sea, ya
sabes todo esto. Se acabó, tío. No es la mujer de tus sueños.
En ese momento, Juan escuchó las palabras que en su
subconsciente sonaban a menudo pero que nunca quiso escuchar. Se le hizo un
nudo en la garganta y empezó a llorar como un niño.
— Me da igual, aun así
quiero intentarlo por última vez- dijo entre sollozos.
— Escúchame bien,
tío. Yo también pensaba como tú los primeros días después de dejarlo. De hecho,
cuando hablé con Jacobo para volver atrás en el tiempo, mi idea era venir a
intentar salvar esto una vez más. Pero me he dado cuenta de que no es justo.
Sabes de sobra que los problemas que tenéis no lo van a resolver unos simples
consejos. Y sabes también que no te mereces sufrir de la manera en la que lo
estás haciendo. Y desde luego, la que menos se lo merece es Marta. Ella se
merece el cielo, no esta mierda.
Hubo unos segundos de silencio en los que ambos tuvieron que
digerir lo que se habían dicho. Tuvieron que digerir lo que les estaba pasando.
Tuvieron que digerir que su historia de cuento de hadas con Marta había terminado.
Ambos se miraron fijamente a los ojos y asintieron. En ese momento, Jacobo se
acercó a ellos.
— Chicos, tenemos que irnos
de aquí, está saliendo cada vez más gente de las clases y os van a ver.
1 hora para que Juan conozca a Marta.
Juan, Jacobo y el Juan de cuatro meses en el futuro llegaron
a una pradera alejada de la facultad en la que les estaba esperando el Jacobo
de diciembre.
— Bueno chicos, creo
que está bastante claro lo que tenemos que hacer. Hay que impedir que el Juan
del pasado conozca a Marta. Debemos ahorrarnos ese dolor y, sobre todo, debemos
ahorrarle ese dolor a Marta- dijo Juan.
— Así es. Le esperará
Jacobo en la puerta de la cafetería en la que la conoció y lo entretendrá de
alguna manera para llevarlo a otro sitio- dijo el Juan de diciembre.
Aunque no cabía duda de que estaban haciendo lo correcto,
Juan se sentía terriblemente mal por quitarle a su yo del pasado la oportunidad
de estar con Marta. Estaba deseando que ocurriese algo, cualquier cosa que
permitiese que las cosas volvieran a su cauce y que el Juan de febrero entrase
en esa cafetería.
En ese momento, llegó un hombre de unos cincuenta años. Un
hombre bastante familiar. Efectivamente, era otro Juan.
— ¡Lo sabía! ¡Sabía
que esto no iba a acabar así!- dijo Juan- rápido, dile a todos estos que dentro
de unos años te reconciliarás con Marta y te casarás con ella. Porque eso es lo
que va a pasar, ¿verdad?
— No, amigo. Estoy
casado, pero no con Marta, sino con otra mujer. Una mujer maravillosa. No
obstante, tengo algo muy importante que deciros.
Juan adulto miró con ternura a sus yo del pasado y dijo:
- —Escuchad atentamente,
chicos. Es muy probable que hoy lo paséis mal por esta situación. Lloraréis,
estaréis días y días sin salir de casa y pensaréis que lo mejor es no haberla
conocido. Pero, ¿sabéis qué? Cuando eres una persona adulta, las cosas no se
ven de esa manera. Yo cada vez que cierro los ojos y pienso en Marta, sonrío.
Disfruté de cada momento feliz que tuvimos. Recuerdo los besos, los abrazos,
las tardes que pasábamos riendo y divirtiéndonos. Lo que no recuerdo son los
malos momentos, porque no merecen la pena. Y lo mejor de todo esto es que salí
más maduro de esa relación. No podéis impedir que nuestro yo del pasado conozca
a Marta, porque quizá sin aquella relación no sería quien soy hoy. Quizá sin
esa relación no habría alcanzado la madurez suficiente que me permitió
conquistar a mi actual esposa. Y a lo mejor sin esa relación, Marta no habría
conocido al hombre que le ha dado dos hijos preciosos. Chicos, lo que hoy es un
calvario, algún día lo recordaréis y lo disfrutaréis de una manera que aún no
sois capaces de entender.
1 minuto para que Juan conozca a Marta.
Juan se escondió en unos arbustos que daban a una ventana de
la cafetería. Ahí estaba sentada Marta, y entonces, en ese momento, se acercó
el Juan de febrero y tuvo las agallas suficientes para empezar a hablar con aquella
hermosa desconocida.
Ahí, agazapado en esos arbustos, Juan presenció uno de los
momentos más dulces de su vida. Se vio a sí mismo lleno de esperanza e ilusión,
conociendo a la chica perfecta. Lo que le tocaba a aquel Juan era comenzar una
relación cuyos primeros meses serían inolvidables. Y, cuando se vio a sí mismo
conociendo a Marta, se sintió pleno por primera vez en mucho tiempo, y sonrió.
Juan volvió a su dimensión y disfrutó todo lo que pudo con
Marta hasta que fue imposible continuar aquella relación y decidieron romper
por el bien de ambos. No fue una historia de amor perfecta, esa estaba aún por
llegar en su vida. Pero, ¿sabéis qué? Fue una historia memorable.
THE END.
27 de agosto de 2014
TE TRAJE FLORES (Poema).
TE TRAJE FLORES.
¿Cuándo fue la última vez que vi dentro de tu mirada?
¿Cuándo fue la última vez que pasamos los minutos mirándonos
con una sonrisa y sin decir nada?
¿Cuándo dejé de decirte ‘’Que tengas un buen día,
princesa’’, cada vez que el despertador sonaba?
¿Cuándo dejé de prepararte el desayuno y llevártelo cada
domingo a la cama?
Y, por favor, dime cuándo dejé de comprarte una rosa para
endulzarte cada lunes por la mañana.
Ya es tarde, pues ni siquiera me contestas.
De hecho, por más que grite, no vas a esforzarte en
escucharme.
La culpabilidad de privarte aquello que te prometí
Será una gota cayendo encima de mi cabeza hasta el día de mi
muerte.
Sin embargo, aquí estoy, engañándome a mí mismo,
Diciendo que esto compensará todo.
Por cierto, te traje una rosa.
Descansa en paz.
Un poema de Juan Antonio Latorre.
BLANCA (Relato corto).
BLANCA.
Recuerdo el día en que conocí a Blanca. Fue uno de esos días
en los que iba yo solo a dar una vuelta por el campo para alejarme de todo el
mundo. Aquel día, me alejé de todas las rutas marcadas y decidí perderme entre
los árboles. Llevaba más de una hora caminando cuando la vi. Al principio, la
vi de espaldas. Estaba sentada en la orilla de un riachuelo y llevaba una
camiseta de tirantes negra y unos pantalones vaqueros, también de color negro.
Su cabello era, también, oscuro, y le caía por debajo de los hombros. Me
acerqué y le pregunté si podía sentarme con ella.
Al oír mi pregunta, se dio la vuelta y me miró con una cara
muy asustada. Jamás había visto a una mujer tan pálida… daba la sensación de
que nunca había estado en la calle en contacto con el sol.
- —No, quiero estar sola – me contestó. Dios mío,
aquella voz era distinta. Si bien hay mujeres con una voz débil, lo de Blanca
estaba a otro nivel. Era una voz rota, resquebrajada. Pero a la vez, dulce; tan
dulce que noté un pinchazo en el pecho.
Me sentí lleno de ternura. Solo necesité que me dijese esa
frase para empezar a quererla. Comenzaba a hacer frío, y vi que temblaba un
poco. Le puse mi abrigo y me senté al lado de ella.
-
—De verdad, sería mejor que te fueses – me dijo
mientras me miró a los ojos por primera vez. ¿Cómo me iba a ir? En ese momento
no era capaz de pensar en otra cosa que no fuese sentarme ahí y volver a
escuchar su voz.
Dos horas después, Blanca se rió por primera vez. Ese sonido
sigue siendo, a día de hoy, lo más bonito que he escuchado nunca. Comenzó a
chispear y le dije que fuéramos hasta mi casa y le acercaría a la suya en coche
pues, según me dijo, había venido andando. Blanca me dijo que no, que no podía.
Pretendía pasar la noche ahí, aunque lloviese o hubiese tormenta. A pesar de
mis preguntas, Blanca no me respondía por qué quería estar sola y por qué
quería dormir ahí, alejada del mundo. Y como yo no iba a ser quien la obligase
a hablar ni quien dejase a esa chica sola, me tumbé en el césped y dije:
-
—A mí también me han entrado ganas de dormir en
la naturaleza.
No podía irme. No podía dejar de hablar con aquella mujer
tan adorable, por mucho que insistiese en que me vendría bien irme.
Eran las seis de la mañana. Habíamos pasado toda la noche
hablando y, aunque solo habían pasado diez horas desde que nos conocimos, ella
ya sabía más cosas de mí que nadie. Creo que para ella también fue la primera
vez que habló así con alguien. Quizás por eso confió en mí y me contó su
secreto.
Blanca tenía una bomba dentro de su cuerpo y no se sabía
cuándo podría explotar. Había pasado muchos años encerrada y había escapado
(nunca me llegó a dar detalles de dónde estuvo encerrada ni con quién, y yo no
se los pedí, porque a ella no le gustaba recordar aquello). Por eso estaba ahí
sola, alejada de la civilización. Por eso nunca tuvo un amigo (la poca gente
que supo su historia, huyó). Y en ese momento, Blanca me miró a los ojos y me
dijo:
-
—Comprendo que te marches. No pasa nada.
Blanca daba por hecho que me iba a ir. Que dejaría tirada a
aquella fugitiva, a aquella catástrofe potencial.
Yo solo conocía a Blanca desde hacía diez horas. Habíamos
compartido prácticamente todo lo que una persona tarda años en contar a otra.
Yo solo conocía a Blanca desde hacía diez horas. Y yo ya
sabía que me iba a enamorar de ella. Por eso la besé y me prometí no
abandonarla en toda mi vida.
Había pasado ya un año desde que oí su risa por primera vez.
Nos habíamos construido una pequeña cabaña en un lugar aún más alejado de la
civilización. Nadie nos podría encontrar, ni falta que hacía. Nunca eché de
menos la tele, ni el móvil, ni cualquier otro objeto. La tenía a ella. Nos
gustaba tumbarnos abrazados y mirar al cielo; nos pasábamos horas y horas así.
Ella se tumbaba apoyando la cabeza en mi pecho, y yo me sentía en la gloria
porque podía oler su pelo. Me encantaba su pelo; más incluso que sus manos, sus
labios o sus ojos. Por eso, el mejor regalo de cumpleaños de mi vida fue cuando
Blanca construyó una cajita de madera en la que metió un mechón de su pelo.
Cuando abrí la caja, vi el mechón y mis ojos se cruzaron con su sonrisa de
impaciencia por saber si me habría gustado o no el regalo, supe aún más que
ella era el amor de mi vida.
No me importaba que la bomba pudiese explotar en cualquier
momento y morir. La muerte habría sido alejarme de ella.
Nos gustaba mirarnos a los ojos sin apenas pestañear. A
veces, en esos momentos, los dos nos poníamos a llorar de felicidad, y ni
siquiera sabíamos muy bien por qué.
Yo era muy feliz con Blanca. Recuerdo que cada mañana me despertaba
un ratito antes que ella y le traía un ramo de flores. Recuerdo que cada vez
que me daba el beso de buenas noches, se me dibujaba una sonrisa en el rostro
que no desaparecía hasta que me quedaba dormido. Quizás por eso era tan
especial: porque cada día podía ser el último.
Aún recuerdo la última vez que vi a Blanca. Era un veintiuno
de octubre, en el año 2010. Me dio las buenas noches, me besó y me guiñó un
ojo. A la mañana siguiente, cuando desperté, Blanca no estaba a mi lado, y me
pareció muy extraño. Encima de la mesita de noche, había una nota.
En aquella nota, Blanca me explicó que me amaba con toda su
alma. Que aquellos tres años habían sido y serán los mejores de su vida. Me
contó cada detalle de todo aquello que le había hecho feliz durante esos años.
Algunas palabras eran difíciles de entender porque les habían caído lágrimas
encima. Blanca no podía soportar la idea de que yo pudiese morir por su culpa.
No he parado de buscarla cada día desde que me dejó. Mi
salud cada vez va a peor por la falta de descanso. Ojalá pudiera abrazarla aunque
solo fuera una vez más, verla un minuto más, oír su risa una vez más. Ni
siquiera sé si Blanca sigue viva. Cada noche saco su mechón de pelo de la
cajita y lo beso.
Una historia de Juan Antonio Latorre.
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