Bajo el árbol frondoso y de hojas cambiantes, se encuentra
mi banco.
A veces me siento y, simplemente, veo pasar a la gente.
Algunos caminan muy rápido, dispuestos a no perder ni un solo segundo de su
ajetreada vida. En algunos momentos pienso que los que más desperdician el
tiempo en la vida son los que nunca se detienen a perder un poco el tiempo.
Algunos ancianos, cuya época de andar deprisa para cumplir
obligaciones parece haberse desvanecido, detienen su calmado paseo y se sientan
conmigo en el banco. Todos ellos inician la conversación hablando sobre el
tiempo que hace, me sonríen amigablemente y, si tengo suerte, comparten conmigo
alguna remota anécdota de tiempos mejores. Eso me hace pensar en lo afortunados
que somos de tener cerca a una generación tan especial como es la de nuestros
abuelos, y lo poco que la aprovechamos. Reflexiono sobre que deberíamos
corresponder su amabilidad, fomentar su conversación y beber de sus recuerdos,
porque ni nuestra generación ni la de nuestros padres se convertirá jamás en
ese grupo de abuelos amigables, para los que cualquier excusa es buena para regalar una sonrisa. Aquellos
supervivientes de la Guerra Civil se irán algún día, y echaremos de menos su
humildad, sus curiosas anécdotas, sus sabios consejos y, sobre todo, los
valores de respeto al prójimo que nos inculcaron de aquellos tiempos en los que
la gente se relacionaba cara a cara y no a través de una pantalla.
A veces veo pasar a niños que juegan despreocupados,
ignorando la suerte que tienen de ser niños. Quizás sin esa ignorancia sobre la
época tan especial que viven, no podrán valorarla una vez que se haya
marchitado.
Ahí lo veo todo, sentado en mi banco, escuchando el sonido que
hacen al moverse con el viento las hojas del árbol, que dependiendo de los
ánimos son verdes, amarillas, marrones e incluso rojas.
En el banco no solo pienso en los demás, sino también sobre
mí mismo. Me inundan los recuerdos de todo aquello que he vivido allí, desde mi
primer beso hasta aquellas tardes compartiendo sonrisas con mis amigos,
hablando de nuestras tonterías y, si nos habían dado la paga, tomándonos una
Coca-Cola. Estoy seguro de que algún día echaré de menos pasar las horas ahí sentado,
hablando con esos compañeros a los que me atrevería a llamar hermanos.
Otros días, en vez de refugiarme en el pasado o en la
compañía de mis seres más queridos, bajo solo y sueño con el futuro. Imagino el
empleo de mis sueños, la casa de mis sueños y hasta la mujer de mis sueños,
aquella que ya me hace sonreír incluso antes de haberla conocido. Un día leí
que el futuro es para los que creen en la belleza de sus sueños. Qué
preciosidad de frase.
Algunos días me acuerdo de los autores románticos, aquellos
incomprendidos que se alejaban de la civilización e intercambiaban pensamientos
con la naturaleza, bien fuese un prado, un bosque o una montaña. Siempre me he
considerado un romántico tardío, perdido en una época de tecnología y falsas
emociones, y sin duda ese banco bajo el árbol ha sido y siempre será mi locus amoenus.
Al igual que los románticos, a veces pienso sobre el ser
humano y la falsa sensación de libertad que nos otorgan. Pienso en que somos
relativamente libres, siempre y cuando no nos salgamos del escenario de ese
teatro de marionetas llamado protocolo social, que nos enseña a reprimir
nuestras emociones y a reírnos del que se atreve a ser diferente.
Como buen romántico, hay días en los que pienso en el amor.
Me pregunté aquel siete de agosto qué sucedió para que se desgastase aquel
romance. Alcé la vista y conté todas y cada una de las hojas de mi árbol a las
tres de la mañana de aquella noche tan aguada, no sé si por la lluvia o por el
baile de mis lágrimas.
Los días en los que me siento y no tengo nada en qué pensar,
acabo reflexionando sobre el propio tiempo. Y es que, por más que me digan que
lo único que hago en ese banco es perder el tiempo, yo creo que todo aquello
que te haga tener algo que recordar, o algo que añorar, es tiempo bien
invertido, y por eso cada día bajo y me siento en esa fábrica de relojes de
oro.
Por Juan Antonio Latorre García.