30 de noviembre de 2014

EL BANCO.

Bajo el árbol frondoso y de hojas cambiantes, se encuentra mi banco.

A veces me siento y, simplemente, veo pasar a la gente. Algunos caminan muy rápido, dispuestos a no perder ni un solo segundo de su ajetreada vida. En algunos momentos pienso que los que más desperdician el tiempo en la vida son los que nunca se detienen a perder un poco el tiempo.
Algunos ancianos, cuya época de andar deprisa para cumplir obligaciones parece haberse desvanecido, detienen su calmado paseo y se sientan conmigo en el banco. Todos ellos inician la conversación hablando sobre el tiempo que hace, me sonríen amigablemente y, si tengo suerte, comparten conmigo alguna remota anécdota de tiempos mejores. Eso me hace pensar en lo afortunados que somos de tener cerca a una generación tan especial como es la de nuestros abuelos, y lo poco que la aprovechamos. Reflexiono sobre que deberíamos corresponder su amabilidad, fomentar su conversación y beber de sus recuerdos, porque ni nuestra generación ni la de nuestros padres se convertirá jamás en ese grupo de abuelos amigables, para los que cualquier excusa es buena  para regalar una sonrisa. Aquellos supervivientes de la Guerra Civil se irán algún día, y echaremos de menos su humildad, sus curiosas anécdotas, sus sabios consejos y, sobre todo, los valores de respeto al prójimo que nos inculcaron de aquellos tiempos en los que la gente se relacionaba cara a cara y no a través de una pantalla.
A veces veo pasar a niños que juegan despreocupados, ignorando la suerte que tienen de ser niños. Quizás sin esa ignorancia sobre la época tan especial que viven, no podrán valorarla una vez que se haya marchitado.

Ahí lo veo todo, sentado en mi banco, escuchando el sonido que hacen al moverse con el viento las hojas del árbol, que dependiendo de los ánimos son verdes, amarillas, marrones e incluso rojas.

En el banco no solo pienso en los demás, sino también sobre mí mismo. Me inundan los recuerdos de todo aquello que he vivido allí, desde mi primer beso hasta aquellas tardes compartiendo sonrisas con mis amigos, hablando de nuestras tonterías y, si nos habían dado la paga, tomándonos una Coca-Cola. Estoy seguro de que algún día echaré de menos pasar las horas ahí sentado, hablando con esos compañeros a los que me atrevería a llamar hermanos.

Otros días, en vez de refugiarme en el pasado o en la compañía de mis seres más queridos, bajo solo y sueño con el futuro. Imagino el empleo de mis sueños, la casa de mis sueños y hasta la mujer de mis sueños, aquella que ya me hace sonreír incluso antes de haberla conocido. Un día leí que el futuro es para los que creen en la belleza de sus sueños. Qué preciosidad de frase.

Algunos días me acuerdo de los autores románticos, aquellos incomprendidos que se alejaban de la civilización e intercambiaban pensamientos con la naturaleza, bien fuese un prado, un bosque o una montaña. Siempre me he considerado un romántico tardío, perdido en una época de tecnología y falsas emociones, y sin duda ese banco bajo el árbol ha sido y siempre será mi locus amoenus.
Al igual que los románticos, a veces pienso sobre el ser humano y la falsa sensación de libertad que nos otorgan. Pienso en que somos relativamente libres, siempre y cuando no nos salgamos del escenario de ese teatro de marionetas llamado protocolo social, que nos enseña a reprimir nuestras emociones y a reírnos del que se atreve a ser diferente.
Como buen romántico, hay días en los que pienso en el amor. Me pregunté aquel siete de agosto qué sucedió para que se desgastase aquel romance. Alcé la vista y conté todas y cada una de las hojas de mi árbol a las tres de la mañana de aquella noche tan aguada, no sé si por la lluvia o por el baile de mis lágrimas.


Los días en los que me siento y no tengo nada en qué pensar, acabo reflexionando sobre el propio tiempo. Y es que, por más que me digan que lo único que hago en ese banco es perder el tiempo, yo creo que todo aquello que te haga tener algo que recordar, o algo que añorar, es tiempo bien invertido, y por eso cada día bajo y me siento en esa fábrica de relojes de oro.

Por Juan Antonio Latorre García.

16 de noviembre de 2014

ODA A LA DONCELLA DE CAPUCHA NEGRA.

¿Por qué desde pequeños nos enseñan a repudiarte?

¿Por qué, doncella de capucha negra, no hay ni un solo poema en el que tú seas la buena?



El filo de tu guadaña hace que este segundo en el que te escribo, y todos los que me sigan hasta que nos encontremos, sean especiales.

¡Qué injusto es el ser humano! Seguro que nunca nadie te dibujó hermosa. Yo no tengo un pincel, pero sí un bolígrafo con el que escribirte preciosa.



Ni Shakespeare, ni Garcilaso, ni Platón. Nadie te escribe con admiración. Yo no tengo el ángel en las manos que les acompañaba a todos ellos, pero te hago esta humilde oda, princesa esquelética, e intento sacarte sonrisas, aunque sea una sola.

¡Qué curioso! ¡Qué irónico! Todos intentan evitarte, y tú te buscarías si pudieras, pobre doncella de eterna maldición, condenada a no desaparecer nunca, a estar haciendo tu labor hasta que no quede nadie, y sin nadie que elogie tu bravura.




Y te desafío a ti, lector, que tienes esta carta entre tus manos, a que te hagas estas preguntas y dejes que corra el aire a través de la caja fuerte que es tu cerrada mente: ¿Qué tendría de especial la vida si fuera eterna? ¿Qué sería de la vida sin muerte?

Por Juan Antonio Latorre.

9 de noviembre de 2014

AMORES QUE MATAN NUNCA MUEREN (Novela por capítulos, SEGUNDA ENTREGA).

Siempre he estado acostumbrado a tener a todas las mujeres que he querido. Todas las mujeres dicen que tengo unos ojos que cuando los miran les hacen sentir que las miro el alma. Con los 17 años que tengo, nunca había quedado con una chica más de tres veces. Y no es porque fuese un capullo que me gustara enrollarme con las tías y luego pasar de ellas. Es, simplemente, porque no me hacían sentir. Ninguna mujer me ha hecho sentir algo que vaya más allá de la simple atracción sexual. Aunque siempre se me pintó como un villano, yo solo había sido una víctima emocional. Hasta hace siete meses. Hace siete meses, noté por primera vez que tenía líquido en el corazón.


La vida en el instituto era sencilla: aprobaba por los pelos sin hincar demasiado los codos, era el mejor jugador del equipo de fútbol, popular, con tanta labia que siempre era el alma de las fiestas y… ¿por qué no admitirlo? Soy muy guapo. Las chicas con las que había estado, tanto de mi curso como de otros, no se podían contar con los dedos de mis manos; y aun así, a pesar de haber estado con tantas y haber pasado de ellas inmediatamente después, seguían saludándome en los pasillos con toda la amabilidad que podían y continuaban babeando por mí tanto como como antes de que hubiese pasado de ellas, o incluso más.


¿Para qué voy a negar la realidad? Me encantaba que me deseasen. Me encantaba hablar con todas y ver cómo buscaban desesperadamente mi aprobación, una mirada cómplice o al menos una simple sonrisa. Siempre decía que si llegaba la mujer apropiada, no dudaría en dejar atrás mi golfo estilo de vida, pero hasta que ese día llegase, tenía claro que iba a disfrutar de mi soltería al máximo.


Mi mejor amigo desde la infancia se llamaba Sergio. Era, también, un chico físicamente atractivo, aunque no tanto como yo. Sin embargo, carecía de mi labia, y eso se notaba en su impacto con las mujeres. Era un chico más centrado en sus estudios, y menos centrado en ‘’darle patadas a un balón’’, tal y como él decía sobre mi afición al fútbol. Éramos inseparables. Yo daría mi vida por Sergio, y no es una expresión o una forma de hablar, es la realidad. Él ha sido mi hermano desde que estábamos en la guardería, desde mucho antes de lo que pueda recordar. Aparentemente, no viene a cuento que os hable de mi mejor amigo, pero es más importante de lo que creéis para el desarrollo de la historia. ¿Recordáis la chica de la que hablaba? La chica que me besó después de que le entregase la carta, la que me hizo sentir. ¿Sí, verdad? Pues… es su novia.





Creo que hasta aquella noche, nunca me había fijado en ella. Sabía quién era, pero nunca la había mirado con deseo. Para mí, Miriam vivía en otro mundo, a pesar de que estábamos en la misma clase. Ella era una alumna modélica que jamás se metía en problemas y yo, como ya sabéis, un caso perdido.

Miriam sacaba matrículas de honor en prácticamente todas las asignaturas, aunque nunca participaba en clase cuando pedían voluntarios. Nunca iba a los botellones que organizábamos mis amigos y yo a los que invitábamos a todo el instituto. No le daba mucha importancia a la apariencia: solía ir a clase en chándal y con una coleta mal hecha. Era el tipo de chica en la que alguien como yo nunca se fijaría.

Mientras yo malgastaba mi tiempo saliendo con las maquilladas y arregladas chicas populares de clase, ella lo empleaba en pasar desapercibida y esforzarse para poder estudiar medicina en la Universidad Complutense. En definitiva, Miriam y yo nunca nos habíamos mirado a los ojos y, por supuesto, nunca nos habíamos tomado la molestia de hablar el uno con el otro, ni falta que hacía.
Era diciembre y había terminado el primer trimestre de segundo de bachillerato, un curso terriblemente asfixiante. Sin embargo, yo había organizado una fiesta para que los cuatro grupos de segundo de bachillerato nos olvidáramos por una noche de nuestros problemas y saliéramos a pasarlo bien. Alquilamos un local entre todos, muy cerca de Plaza España, y nos fuimos a pasar la noche oyendo música, bailando… y bebiendo.


¿Qué cuál era mi objetivo de la noche? Teniendo en cuenta que ya me había enrollado con todas las chicas deseadas de bachillerato, ninguno en particular. Quizás simplemente acabaría enrollándome con la que más se lo currase a lo largo de la noche, o con la que estuviese dispuesta a llegar más lejos (espero que sepáis a lo que me refiero).
Sergio y yo habíamos hablado antes por Whatsapp y me dijo que quería presentarme a su nueva novia esa noche. Me alegró bastante que hubiese encontrado el amor, y también que quisiera compartir su alegría conmigo. Últimamente nuestra relación de amistad no había estado en su mejor momento. Él solía juntarse demasiado con los empollones, mientras que yo me juntaba con la gente popular.


Miriam sí se arregló para esa noche, y en cuanto la vi, noté un pinchazo en la boca del estómago. Dejó en el armario sus habituales chándales y los cambió por un vestido azul claro que marcaba todas y cada una de sus magníficas curvas, se dejó el pelo suelto, se pintó los ojos, los labios y hasta las uñas. Estaba preciosa. Me dio dos besos y sonrió. Yo apenas pude pronunciar un ‘’encantado de conocerte’’. No entendía la sensación que estaba experimentando.

Mientras Sergio estaba en la pista de baile, Miriam y yo tuvimos nuestra primera conversación. Yo dije:
-          —Ya es hora de que Sergio se lo pase bien una noche y se emborrache. Le hace falta- dije yo, mientras bebía de mi copa.

-         — ¿Sabes qué? No me voy a molestar en fingir que soy como tú. La gente como tú me da verdadero asco.
     — ¿Perdona?


ASUNTOS DE FILÓLOGO ES MUY INTERNACIONAL (Gracias).

Buenos días, mis queridos lectores. En breves minutos subiré el relato de hoy. No obstante, antes de eso, quería comentaros que esta página se está volviendo muy internacional. Ya hemos recibido visitas de DIEZ PAÍSES DISTINTOS, y quería agradecéroslo brevemente.

Cuando empecé con el blog, nunca pensé que iba a recibir tanto apoyo. Pensé que apenas entrarían cinco personas a ver cada entrada, y que acabaría cerrándolo por pura frustración. Sin embargo, cada una de las entradas recibe más de 100 visitas (y a veces, más de 200); y hemos tenido visitas de España, Estados Unidos, Polonia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Tailandia, Brasil, Francia e Italia.

Esto no es un ''gracias'' forzado, o por quedar bien. Estoy realmente agradecido a cada uno de vosotros. Espero que estas pequeñas historias que compartimos cada semana os entretengan y que, algunas de ellas, os emocionen. La lectura está de capa caída, y no podemos permitirlo. Espero que sigáis leyéndonos cada semana y que compartáis este blog con todas las personas que podáis.

Muchísimas gracias a todos, de verdad. Espero que tengáis una buena semana, y que disfrutéis el relato que voy a subir hoy.

¡Un abrazo para todos!

2 de noviembre de 2014

INALCANZABLE (Relato corto).

Hoy nuestra querida Sara nos trae una historia preciosa sobre dos gotitas de agua. Espero que la disfrutéis.

Como la cima de una montaña imposible, infinita. Como la orilla opuesta de un río infranqueable, lejana, distante, dorada. Los reflejos verdosos de sus ojos barridos lentamente con un suave susurro de marea baja. Como juncos de ribera, sus pestañas. Como la brisa marina en horas tempranas, su respiración calma en mi oído. Recostada sobre mi hombro su liviana cabeza. Las ondas de su pelo, envidiadas por el mismo mar de Vigo, caían espalda abajo, hebras de plata y oro, hasta rozar las oscuras aguas del canal.

                El agua corría serena, tibia, casi opaca, casi negra. Bajo el Puente de los Suspiros, un candado triste y desesperado luchaba contra el viento húmedo. Todo lo que conseguía era estrellarse contra las paredes, produciendo un dulce tintineo apenas audible al sonar las campanas de la iglesia...

                Notas dispersas de una romántica balada llegaban hasta nosotros, provenientes de una de las tantas góndolas que se adentraban por el Gran Canal para salir más adelante frente a la casa de Marco Polo. Su voz tristona acompañando a la del gondolero. El murmullo del agua a modo de base instrumental. Una botella golpeando las puertas corroídas y el sonido metálico de las cadenas repletas de candados a los lados del puente, haciendo las veces de coros. Todo tipo de sonidos avanzaban hasta nuestros oídos, abriéndose camino entre la muchedumbre, dejando de lado los gritos de los peatones, sus prisas y los flashes histéricos de sus cámaras de fotos.

                Entre estrofa y estrofa me contaba lo que a ella le parecía más importante de su historia con el ricachón de Serrano. Aquella parecía mi sentencia final. Ese chico del que hablaba era completamente diferente a mí... Pero era igual a ella. Debían de haber formado la pareja ideal en su momento. Guapa ella, guapo él, pudientes ambos, vividores de una vida aparentemente vacía de problemas, pero repleta de compromisos. Cuanto más hablaba, más me daba cuenta de mis posibilidades. Eran terriblemente escasas. Pertenecíamos a mundos drásticamente diferentes... Aunque tanto ella como yo vivíamos en la misma zona, nos movíamos en ambientes radicalmente distintos. Ella, elegante como las imponentes barcazas que pasaban próximas a nosotros y yo, mediocre y contaminado como las aguas sobre las que éstas danzaban, como el fango que, por no creer importante, pisoteaban.

                               *                                             *                                             *                                             *             
                Caóticas, desordenadas. Gotas frías, cristalinas, salían rápidas de entre las rocas. Los copos de nieve morían lentamente para dar paso a una nueva vida. Los malos recuerdos arrastrados hasta entonces se perdían en silencio para siempre en aquel lugar. La creación de un nuevo todo suponía en aquel momento un enorme esfuerzo... Litros y litros de agua surgían cada minuto. Química pura. Dos pequeñísimas gotas se unieron en una sola, un poquitín más grande, para seguir juntas su camino...

                Creando un lazo irrompible, atravesaron las más duras dificultades, juntos, sin separarse un solo instante. Un fuerte torrente de emociones amenazaba cada segundo con destruir aquella unión inquebrantable.

                Reflejos dorados en una orilla, plateados en otra. Llegaba la época más tranquila imaginable para la doble gota feliz... Los suaves cantos rodados la acariciaban, la acompañaban en sus vaivenes entre las algas, en sus aventuras entre los peces e incluso cuando parecían estar a punto de evaporarse, ayudándolas a volver a su curso tras los obstáculos del camino.

                Fuertes baches se avecinaban a cada doblez del río. Los exagerados meandros conseguían, en ocasiones, separar los polos de la gota, aunque más tarde los reunían de nuevo, con la intensidad de un maremoto. Por largos que se hicieran los días en soledad, cada vez se hacían más insoportables los días en compañía. La monotonía acechaba tras cada piedra, observando con actitud desafiante.

                Los últimos días de aquel viaje juntos se acercaban cada vez más. Las dos pequeñas gotas hacían su vida cada uno por su lado, encargado él de depositar las partículas de arena que portaba desde el comienzo de su vida, ocupada ella en mantener organizadas las corrientes. Sus momentos juntos eran cada vez menos frecuentes, y llegó el momento en que dejaron de producirse.

                El mar les esperaba con los brazos abiertos, preparada para destinarles a lugares muy diferentes. Tras un largo proceso de evaporación por separado, las gotitas se reencontraron una mañana en el anaranjado cielo del amanecer, viviendo un nuevo día juntos, felices de volver a verse, de estar de nuevo en contacto. Pero ya no existía aquella química inicial que habían tenido en un principio... Había desaparecido sin dejar rastro. Tratando de ignorar este detalle, que a ambos les pareció nimio, siguieron su camino próximos el uno al otro.


                Un día, mientras las dos gotitas ampliaban su círculo de amigos en las nubes, una fuerte descarga eléctrica las separó para siempre. Una destructora tormenta arrastró a cada gota hacia un lugar diferente, como en principio debía haber hecho el mar, enviándolo a él de nuevo a las montañas y a ella dejándola caer en mis brazos silenciosamente, en el puerto de Venecia. Y en el momento en que se precipitó hacia ellos, con gran emoción y aún mayor incredulidad por mi parte, aquella preciosa gotita de pelo largo y rizado como las olas de Brasil y yo, aquella humilde gota que hasta entonces llevaba la peor vida atravesando oscuros ríos y tenebrosas lagunas subterráneas, quedamos unidos en una nueva doble gota feliz, inquebrantable y reluciente como la que más... Como sólo una gota recién caída del cielo puede serlo.

Por Sara Núñez.