Faltaban solo unas horas para año nuevo. Estábamos todos en
casa del socio de mi padre. Unas treinta personas (entre las dos familias)
hablaban y reían mientras picábamos algo antes de la cena. Recuerdo que le pedí
a mi padre un sorbo de vino. Él me miró con ternura y dijo:
— Vale, pero que no se entere tu madre.
Tras dar aquel trago de vino (que me supo horrible) volví al
corro en el que estaban mis primos, que por aquel entonces tenían 15 o 16 años,
si no recuerdo mal. Como era el pequeño (yo acababa de cumplir los 11 años) me
llamaban Ratita. Ese día, en lugar de discutir acaloradamente sobre fútbol
(como solía hacer con mis primos), me encontraba completamente distraído. Mi
atención estaba totalmente centrada en ella.
Ella era un año más mayor que yo, lo cual era una gran
barrera a esa edad. Sin embargo, me sentía tan atraído por su mirada, que pasé
por alto todos los prejuicios y le lancé una sonrisa. Ella, que se encontraba
también con sus primas, me miró fijamente a los ojos y me devolvió la sonrisa.
Aunque ya han pasado veinte años, recuerdo aquel instante como si fuera ayer,
porque esa fue la primera vez que sentí corriendo por mis venas el líquido del
amor.
Echo de menos esa sensación. No hay sentimiento más
placentero que el amor infantil. Recuerdo que mi madre me dijo en más de una
ocasión: ‘’Eres un niño, no sabes lo que es el amor’’. Yo creo que la capacidad
de amar se deteriora con el paso de los años. No busco una mujer perfecta, ni
alguien con quien hablar de todo, y ni tan siquiera alguien por quien haría
cualquier cosa. Busco a una mujer que me haga sentir niño otra vez.
Tras jugar con ella al escondite un rato, nos sentamos a
charlar en la cocina, donde solo estábamos nosotros. Fue allí donde cogí su
mano por primera vez. Es curioso recordar cómo viajó mi cabeza millones de
kilómetros por tan solo aquello. Lo que hoy en día no consigue darme el sexo,
hace veinte años me lo dio un simple contacto de manos.
Los minutos después, en los que seguimos hablando cogidos de
la mano, recuerdo vivirlos con una paz increíble. Cuando me miraba a los ojos y
a la vez sonreía, me sentía flotando de una manera que he sido incapaz de
experimentar como adulto.
En el momento de las campanadas, conseguimos escaparnos al
patio, donde nos pusimos a mirar el cielo, y disfrutamos del silencio unos
instantes. Fue un silencio realmente dulce, porque los dos sabíamos
perfectamente lo que venía después.
Mientras escuchábamos a todos gritar ‘’¡Feliz año nuevo!’’,
dimos nuestro primer beso. Nunca llegué a saber si para ella también fue el
primero de su vida. Tampoco llegué a saber si, al igual que lo fue para mí, fue
el mejor de su vida. Mi madre irrumpió en el patio y me sacó de allí dándome
collejas y llamándome insensato. Una discusión por motivos económicos hizo que
varios días después mi padre rompiera las relaciones con su socio, y como
resultado, yo nunca más volví a saber de Miriam.
Ese amor infantil marcó un listón que ningún otro pudo
igualar. Quizás no fue gracias a Miriam. Quizás fue cosa de la edad. Quizás un
niño, con la inocencia y la ilusión que rebosa, siempre será capaz de querer y
sentir más que un adulto con hipoteca, empleo e ilusión cero.
Hace dos días me encontré con Miriam en la calle. Nos dimos
un amigable abrazo y nos contamos de manera resumida qué había sido de nuestras
vidas. Como ella tenía prisa para llegar al trabajo, me dio su teléfono y
acordamos vernos este fin de semana para ponernos al día.
No sé si tiene pareja y estoy interpretando mal sus señales. Ni
siquiera sé si se dio cuenta de que se me paró el corazón unos instantes cuando
me miró y me sonrió, veinte años después. No tengo la menor idea de si tengo alguna posibilidad de repetir aquel beso inolvidable.
Aun así, es hora de flotar y sentirme niño otra vez, aunque la realidad de su vida me pueda impedir aguantar suspendido por mucho tiempo. Así que... vamos allá. Voy a coger el teléfono.
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