6 de agosto de 2015

CARTA PARA ELLA.

Y aún a día de hoy, año y pico después del adiós en Plaza España, me sigo preguntando si me quisiste. Hay días en los que hace sol y pienso que sí hubo mariposas en tu estómago, pero los días en los que bajo las persianas y me inunda la fúnebre melodía de la lluvia, mi mente es incapaz de contestarme con un sí. Y es en esta noche tan cálidamente fría cuando parece que ha entrado por la ventana la respuesta a mi dilema. Imaginemos que me la trajo por carta una de esas lechuzas de Harry Potter que tanto te enternecían.

¿Que qué hay en la carta? Recuerdos. Miles de ellos. Horas llevo leyéndolos. He leído sobre el día en el que te abracé después de comprarte aquel libro que meses antes te vi anhelar, y cómo cuando me quise dar cuenta estabas llorando de felicidad. No por el libro. El libro era lo de menos.

He leído sobre la primera noche en la que dormimos juntos. Cuando al despertar te pregunté si había roncado, y tú me sonreíste con la ternura que tiene una madre al mirar a su retoño y me dijiste ‘Roncabas un poquito, pero no te quise despertar porque me encantaba mirarte mientras dormías’.

También leí sobre el día de tu cumpleaños. De cómo aquella tarde de pícnic sobre el césped, a priori tan simple ante mis ojos, fue uno de los mejores días de tu vida, según me contaste a la mañana siguiente.

Páginas y más páginas. La carta lo tiene todo. Como el día en el que lloraste por verme llorar, y lo hiciste con una pena hasta mayor que la mía.

Y tras el punto y final, por fin entendí todo. Que lo tuyo, a diferencia de lo mío, fue malicia sin maldad. Que puedo escribir sobre esto hoy, mañana, dentro de un año o cuando camine con bastón, y el pecho escocerá lo mismo que hoy. Que aunque no daría ni una uña por volver contigo, daría mi piel entera por un último abrazo. Me encantaba la manera en la que me abrazabas, debo aprovechar para decirte. Al leer nuestros recuerdos he comprendido que aunque no me decías los ‘te quiero’ con palabras, me los gritabas cada día.


Así que tú, para adelante. No me odies más, ¿vale? A partir de ahora, yo me odiaré por los dos. Que desde esta noche, solo llore y se lamente el que lo merece. Tú adelante. Tira millas. Sé feliz. Y… lo siento. 

30 de julio de 2015

ÉL SOLO SABÍA ESCRIBIR CON EL CORAZÓN HECHO TRIZAS.

Él solo sabía escribir con el corazón hecho trizas. Solo cuando se sentía borracho de dolor y embriagado por el pesimismo era capaz de escribir los versos más brillantes. El resto del tiempo era mediocre. Uno más. Ni el mejor, ni el peor. El resto del tiempo pensaba para escribir, pero cuando caía al abismo las palabras brotaban sin apenas pensarlas. En medio de ese dolor tan desgarrador, no pensaba para escribir... sentía para escribir.


A veces, en sus peores momentos, con las mejillas empapadas, el pecho punzado y el alma ensangrentada, experimentaba una cálida sensación de felicidad por unos instantes. Porque él sabía como nadie reciclar el dolor para convertirlo en oro. Sonreía porque en ese momento lo tenía claro. Veía los versos, las metáforas y las frases más sinceras y arrebatadoramente hermosas jamás escritas. Unos días era impenetrable, y otros días su corazón estaba ahí fuera, sufriendo las inclemencias del temporal. Y eran estos últimos días los que le hicieron grande. Fue en esos días cuando su talento pisaba con pies de gigante. Fueron esos días los que le hicieron leyenda. Y por eso cuando lloraba, reía.

Juan Antonio Latorre.

21 de junio de 2015

DÍAS (Para todos aquellos que sufren tanto en épocas de exámenes).

Hay días que te derrotan.

Te levantas y lo primero que haces es abrir un libro, al igual que ayer, y anteayer, y el día anterior. Tienes grandes metas, y esas te hacen no levantar la vista de aquella página. Tus amigos y tus padres te dicen que te lo tomas demasiado en serio, y creen que decirte eso te ayuda porque te quitará algo de presión. Pero no te quita presión. Te sientes tremendamente solo, porque cuanto más te repiten esos comentarios, más te das cuenta de que nadie entiende tus sueños y ambiciones. Nadie parece entender que a ti no te basta con pasar desapercibido por la vida, haciendo lo justo para aprobar y no quedarte atrás. Y quizás es eso lo que más te debilita durante el mes de exámenes. No te molesta tanto el tener que estudiar seis o siete putas horas al día, sino el que nadie entienda por qué lo haces.

Tras unas cuantas horas inmerso en la lectura, decides tomarte un descanso. Tu padre se acerca a ti y se pone a hablarte del partido de ayer. Te das cuenta de que lo hace por distraerte un rato y relajarte. Aprecias enormemente el gesto, pero no eres capaz de corresponder su conversación con algo más que monosílabos y muecas de cansancio. No te sale más. Te sientes el peor tipo de la tierra.

Abres otra vez el libro. Cuando te quieres dar cuenta, ya es la hora de comer. Masticas con la mirada fija en un punto y renuncias al postre para volver a tu escritorio y terminar de hacer ese ejercicio que lleva toda la mañana tocándote los huevos.

Las 5 de la tarde. En fin, toca descansar un rato. Llevas todo el día deseando que llegue el descanso de las 5 de la tarde, porque es el más largo que te tomas en todo el día (alrededor de una hora y media). Tenías planeado salir a dar una vuelta para despejarte y hacer un poco de deporte. Pero antes de salir decides mirar si tienes alguna notificación importante en Facebook. Encuentras una noticia curiosa y te pones a leerla. Y luego otra, y otra, y otra.

Son las 6 y media de la tarde. No solo has desperdiciado tu descanso largo mirando gilipolleces, sino que encima tienes la cabeza aún más cargada. Te pones a leer otra vez, deseando que las horas pasen rápido y llegue la hora de dormir.

Al fin, hora de cenar. Se acabó el estudio. Derramas sin querer el agua que servías en tu vaso. Tu madre comenta crispada lo inútil que eres. Sinceramente, después del día que llevas, lo único que te apetece es que te dejen en paz de una puta vez, no que hagan un comentario sobre lo inútil que eres. Pones una mueca de cansancio y rencor, lo cual es interpretado por tu madre como un desafío. Os ponéis a discutir. Bueno, más bien ella vocifera mientras tú aguantas el chaparrón. Te apetece contestar, pero decides callarte porque eso solo alargaría las cosas.

Te encierras en la habitación, finalmente. Te tumbas sobre la cama y miras el techo en silencio. Lamentas haber hecho sentir mal a tus padres hoy. Tú solo querías pasar el día como alguien invisible. Enciendes la tele y la escuchas de fondo mientras te pones a hablar por WhatsApp con tus amigos. O con aquella chica especial, si es que la hay. No es tu caso. Empiezas a hacer planes con ellos sobre lo bien que lo vais a pasar en verano. Ese verano que te has ganado más que nadie, porque tú y solo tú sabes lo que has tenido que trabajar durante todo el año, y aún más en este mes de exámenes.


Esa charla con tus amigos y ese programa de humor que tanto te gusta te relajan y te hacen esbozar una pequeña sonrisa. La primera del día. Los minutos vuelan y empieza a hacerse tarde. Te quedarías más tiempo despierto, pero decides acostarte porque mañana tienes que volver a madrugar y enfrentarte a esos apuntes en sucio. Otra vez. Otro día más. Esperemos que mañana se te dé mejor. Y no desesperes. Ya queda un día menos, y tu recompensa está cada vez más cerca. A por todas, campeón.

Por Juan Antonio Latorre.

8 de junio de 2015

Relato corto.

Ahí estaba, sentado en un callejón, apoyando su espalda contra la pared. A la botella cada vez le quedaba menos elixir del olvido. Le ardía el ojo. Hacía menos de una hora que le habían dado un puñetazo. Otra vez. Deshizo el avión de papel que había hecho, y lo arrugó en su puño.

No había tenido una vida fácil. Dinero, poder, éxito y mujeres. Muchas mujeres. Cientos, desde ella. Lo habría cambiado todo por ella. No podía aceptar que no fuera suya. Solo ella le podría haber hecho disfrutar de aquel piso enorme y de ese puto descapotable. El descapotable en el que se llevaba a todas esas zorras a casa para alegrarse el pene quince minutos, para después pasar las siguientes ocho horas odiándose un poco más. Se odiaba por lo que se hacía a sí mismo y por lo que le hacía a aquellos pobres angelitos. A veces, en el fondo de la tercera botella, encontraba unos minutos de paz. Pero esa no era la solución. La paz eterna era volver con ella, pero eso no iba a pasar. No después de cómo la había tratado. Ojalá se hubiera dado cuenta antes.

Una chica inocente y adinerada pasaba por la calle principal. Miró a su derecha y vio sentado, en aquella calle tan estrecha, a un hombre trajeado mirando un papel arrugado. No sabía muy bien qué le hizo acercarse y sentarse a su lado. Quizás estaba cansada de estar alienada. Quizás quería joder a sus padres y a todos aquellos niños de papá que había tenido por novios. Quizás estaba cansada de llevar una vida tan fácil.

-          —Dios mío, ¿Qué te ha pasado en el ojo?
-          —No es nada.
-         — ¿Cómo que nada? Estás llorando. Déjame que te traiga un poco de hielo.
-          —Ojalá estuviera llorando por el puñetazo.
-         — ¿Y entonces por qué lloras?
-         — ¿No crees que es peligroso acercarse a un desconocido a estas horas de la noche?

Cada vez se sentía más intrigada por saber su historia. El brillo de las estrellas apuntaba a aquellos hipnotizantes ojos azules. Aquel día comprobó que los ojos son el espejo del alma. Vio en ellos la más completa y absoluta de las derrotas.

Saborearon esos minutos de silencio. Él entonces se levantó y dejó caer el papel sobre el regazo de aquella chica. Ni siquiera dijo adiós.

Cuando desdobló el papel y lo leyó, lloró. Lloró por dos motivos. Era la carta de amor más hermosa que jamás había leído. Probablemente no volvería a ver a aquel hombre. Jamás.

Él se alejó dando tumbos y ni una sola vez echó la vista atrás. Ahí dejó el manifiesto de sus sentimientos en las manos del destinatario equivocado. Un destinatario al que, sin merecer ni un rasguño, se le abrió una cicatriz en el corazón que ni todos los puntos del hospital podrían suturar.

Por Juan Antonio Latorre.

11 de enero de 2015

ASUNTOS DE FILÓLOGO. NO ES UN ADIÓS, ES UN HASTA LUEGO.

Un 27 de agosto, me decidí a dar el gran paso. Me decidí abrir un blog en el que compartir esas historias y pequeños relatos que en mis horas muertas me gustaba imaginar con un lápiz en la mano.
Y, más de cuatro meses y 23 entradas después, aquí estamos. He compartido muchísimas cosas con vosotros y siento que he desnudado mis emociones en este blog. He tratado de haceros pensar un poco más en la realidad en la que vivimos, así como emocionaros con mis historias.

Os estaréis preguntando a qué viene todo esto. Bien, tengo que anunciar que este blog va a quedar inactivo durante un tiempo. La razón es sencilla: voy a escribir un libro con la intención de publicarlo, y no puedo estar a ambas cosas a la vez. Siempre he tenido el sueño de ver una parte de mí en una librería y que me lea mucha gente para emocionarse con mis historias. Por ello, voy a meterme de lleno en ese proyecto, aunque eso signifique alejarme un tiempo de este blog al que tantísimo cariño tengo.

¿Esto significa que no voy a escribir más aquí? No. Por supuesto que no. Como bien dice el título, esto es un ‘hasta luego’, no un ‘adiós’. Y por esa misma razón dejo aquí mi cuenta de Facebook para que podáis estar al tanto cuando este blog tenga algo de actividad: Juan Antonio Latorre García. En esta cuenta anunciaré si algún día subo alguna entrada, pues como os digo, no pienso dejar de escribir aquí. Además, me encantaría que la gente que me lee se pusiera en contacto conmigo para poder decirles personalmente lo mucho que les agradezco el tiempo que dedican al leerme.

Me siento muy ilusionado de empezar a escribir un libro cuyo argumento llevo muchísimo tiempo meditando. Es un proyecto a largo plazo y no tengo ninguna prisa por acabar pronto de escribirlo. Quiero que cada página sea un regalo.

Muchas gracias a todos los que me habéis leído, de verdad. Más de cien personas se han metido a ver cada una de las entradas que subíamos semanalmente. Gracias a los más de 3.000 filologuitos que se han entretenido un rato con nuestras historias. Gracias a las personas de España, Estados Unidos, Polonia, Alemania, Rusia, Francia, Bélgica, Reino Unido, Ecuador y Hong Kong que han invertido un poquito del mayor don que tenemos, el tiempo, para leer este blog.

Gracias a Alekos por animarme a empezar este proyecto y ayudarme con los problemas informáticos. Gracias a Susana por su preciosa entrada. Y, sobre todo, gracias a Sara por sus maravillosas historias y por emocionarme y sorprenderme cada día un poquito más.

Aunque me despido por un tiempo, volveréis a saber de mí. Estaremos en contacto y pronto veréis alguna entrada esporádica en este blog. Así que realmente, no es un adiós, es un cambio de ciclo. Y recordad, queridos lectores: NUNCA, NUNCA, NUNCA DEJÉIS DE LEER. La lectura os hace poderosos y os distingue del rebaño.

Un fortísimo abrazo para todos. Hasta pronto.

Juan Antonio Latorre.

ASUNTOS DE FILÓLOGO.

30 de diciembre de 2014

UNOS PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO.



Me propongo cuidar más a mis amigos y recuperar a los que un día perdí. Ellos son la familia que yo elegí tener. Me propongo vivir con ellos muchas más de esas aventuras que se recuerdan siempre con una sonrisa y que algún día espero compartir con mis nietos.

Me propongo estrechar lazos con mis padres y pasar más tiempo con ellos, o lo lamentaré el día en que no estén.

Me propongo no esperar a que sea Nochebuena para organizar una comida con mi familia. Me propongo comer con ellos un día soleado cualquiera, sin que el sargento calendario me ordene hacerlo como parte de su estricto plan.

Me propongo cuidar mi cuerpo hasta el punto de que el escurridizo corazón siga latiendo, como mínimo, hasta los cien años. Propongo cuidar mi cuerpo hasta el punto de que si la doncella de capucha negra me lleva, no sea culpa mía.

Me propongo amar la vida con locura. Me propongo cambiar el mundo. Y no me refiero al mundo que sale en la tele. Me propongo cambiar el mundo de las personas que me rodean a base de hacerlas felices. Me propongo dejar MI mundo mejor de como lo dejé en 2014.

Me propongo acercarme más a ELLA, y trabajar el camino de tierra que me lleva hasta las autopistas en dirección a las nubes.

Me propongo invertir menos dinero en teléfonos móviles, y más dinero en la gente que no tiene para comer. Propongo cumplir aquello que un día leí: ‘’Vive sencillamente, para que otros, sencillamente, vivan’’.

Me propongo leer mucho más. Propongo bañarme en piscinas de libros, cuyo jugo es el único capaz de quitar las vendas de los ojos de la sociedad.



Me propongo cumplir, al menos, la mitad de estos propósitos. Y, sobre todo, me propongo no esperar un año para renovarlos. Me propongo no esperar a que un calendario me diga cuándo cambiar o cuándo revisar mi comportamiento. Me propongo no esperar al lunes, ni al 2015, ni a nadie para empezar a ser mejor persona. Me propongo hacer autocrítica y renovar cada poco tiempo mis propósitos en la vida.
Me propongo empezar a cambiar en cuanto escriba punto y final a esta carta, porque el cambio no está detrás de un calendario, sino detrás de nuestros corazones. No dejemos de superarnos como personas siempre que tengamos la oportunidad de hacerlo, y esa oportunidad es el ahora.

Feliz Año Nuevo. Asuntos de filólogo.


Juan Antonio Latorre.

21 de diciembre de 2014

MI BESO DE AÑO NUEVO (Relato corto).

Faltaban solo unas horas para año nuevo. Estábamos todos en casa del socio de mi padre. Unas treinta personas (entre las dos familias) hablaban y reían mientras picábamos algo antes de la cena. Recuerdo que le pedí a mi padre un sorbo de vino. Él me miró con ternura y dijo:

   — Vale, pero que no se entere tu madre.

Tras dar aquel trago de vino (que me supo horrible) volví al corro en el que estaban mis primos, que por aquel entonces tenían 15 o 16 años, si no recuerdo mal. Como era el pequeño (yo acababa de cumplir los 11 años) me llamaban Ratita. Ese día, en lugar de discutir acaloradamente sobre fútbol (como solía hacer con mis primos), me encontraba completamente distraído. Mi atención estaba totalmente centrada en ella.
Ella era un año más mayor que yo, lo cual era una gran barrera a esa edad. Sin embargo, me sentía tan atraído por su mirada, que pasé por alto todos los prejuicios y le lancé una sonrisa. Ella, que se encontraba también con sus primas, me miró fijamente a los ojos y me devolvió la sonrisa. Aunque ya han pasado veinte años, recuerdo aquel instante como si fuera ayer, porque esa fue la primera vez que sentí corriendo por mis venas el líquido del amor.
Echo de menos esa sensación. No hay sentimiento más placentero que el amor infantil. Recuerdo que mi madre me dijo en más de una ocasión: ‘’Eres un niño, no sabes lo que es el amor’’. Yo creo que la capacidad de amar se deteriora con el paso de los años. No busco una mujer perfecta, ni alguien con quien hablar de todo, y ni tan siquiera alguien por quien haría cualquier cosa. Busco a una mujer que me haga sentir niño otra vez.

Tras jugar con ella al escondite un rato, nos sentamos a charlar en la cocina, donde solo estábamos nosotros. Fue allí donde cogí su mano por primera vez. Es curioso recordar cómo viajó mi cabeza millones de kilómetros por tan solo aquello. Lo que hoy en día no consigue darme el sexo, hace veinte años me lo dio un simple contacto de manos.
Los minutos después, en los que seguimos hablando cogidos de la mano, recuerdo vivirlos con una paz increíble. Cuando me miraba a los ojos y a la vez sonreía, me sentía flotando de una manera que he sido incapaz de experimentar como adulto.

En el momento de las campanadas, conseguimos escaparnos al patio, donde nos pusimos a mirar el cielo, y disfrutamos del silencio unos instantes. Fue un silencio realmente dulce, porque los dos sabíamos perfectamente lo que venía después.
Mientras escuchábamos a todos gritar ‘’¡Feliz año nuevo!’’, dimos nuestro primer beso. Nunca llegué a saber si para ella también fue el primero de su vida. Tampoco llegué a saber si, al igual que lo fue para mí, fue el mejor de su vida. Mi madre irrumpió en el patio y me sacó de allí dándome collejas y llamándome insensato. Una discusión por motivos económicos hizo que varios días después mi padre rompiera las relaciones con su socio, y como resultado, yo nunca más volví a saber de Miriam.
Ese amor infantil marcó un listón que ningún otro pudo igualar. Quizás no fue gracias a Miriam. Quizás fue cosa de la edad. Quizás un niño, con la inocencia y la ilusión que rebosa, siempre será capaz de querer y sentir más que un adulto con hipoteca, empleo e ilusión cero.

Hace dos días me encontré con Miriam en la calle. Nos dimos un amigable abrazo y nos contamos de manera resumida qué había sido de nuestras vidas. Como ella tenía prisa para llegar al trabajo, me dio su teléfono y acordamos vernos este fin de semana para ponernos al día.

No sé si tiene pareja y estoy interpretando mal sus señales. Ni siquiera sé si se dio cuenta de que se me paró el corazón unos instantes cuando me miró y me sonrió, veinte años después. No tengo la menor idea de si tengo alguna posibilidad de repetir aquel beso inolvidable.
Aun así, es hora de flotar y sentirme niño otra vez, aunque la realidad de su vida me pueda impedir aguantar suspendido por mucho tiempo. Así que... vamos allá. Voy a coger el teléfono.

14 de diciembre de 2014

PAPÁ... ¿POR QUÉ SOMOS LECTORES? (Artículo de opinión).

Eso digo yo. ¿Para qué leer? Según parece, la gente con dos dedos de frente consagra su vida a la ciencia y la tecnología. Según parece, hoy en día ya nadie necesita una novela.

Quizás por esa razón hemos llegado a esto. Hemos llegado a una sociedad cuya mayor preocupación es tener muchos amigos en Facebook. Una sociedad en la que las relaciones sociales se hacen por medio de un teclado, y en la que cuando quedas con un amigo, en vez de hablar con él, te dedicas a contestar los whatsapps que te envía otro. Hace no mucho tiempo, vi a una pareja en un banco cercano a Plaza España. El chico estaba contestando mensajitos del móvil y la chica haciéndose selfies, y sentí verdadera lástima por ellos. Sentí lástima de que, teniéndose el uno al otro, se dedicaran a ser esclavos de la tecnología en vez de ser reclutas de sus emociones.

A lo mejor no nos hemos dado cuenta de lo que ha pasado. Mientras en un tiempo no muy lejano la gente salía a la calle y se rebelaba para luchar por sus derechos, hoy en día la gran masa está aletargada, leyendo tweets y creyéndose rebelde por escribir alguno desafiante.

Y yo me pregunto, ¿es esto necesario? ¿Nos hace falta más progreso tecnológico y científico? Y ojo, no me refiero a los progresos orientados a la salud. Me refiero a iPhones, ordenadores, televisores de última generación, o cualquier cacharro estúpido que se ponga de moda. ¿De verdad necesitamos más? Yo mismo os responderé: No. Sin embargo, es la manera más fácil de controlar a las masas. Es la forma más efectiva de que todos sigamos siendo las ovejas buenas del rebaño, un rebaño en el que la definición de felicidad en vez de ser una decisión individual e independiente, está marcada por la publicidad. Ha llegado el día en el que la tecnología se ha convertido en el opio del pueblo.

 Y volviendo al tema de la salud, estoy seguro de que hay muchas más curas creadas de las que podemos imaginar, solo que da mucho más dinero tratar una enfermedad eternamente, que curarla en un día. Aun así, a nosotros nos vale con poner algún Tweet criticando el sistema, o incluso a un político. ¿Y sabéis qué? Ya es hora de que nos quitemos las máscaras: los políticos que tanto nos atrevemos a criticar son el espejo del pueblo. Estoy seguro de que más de la mitad de los ciudadanos que no se dedican hoy a la política, aceptarían algún sobresueldo si ostentaran algún cargo. Y es que, nos hemos centrado tanto en el progreso científico y tecnológico, que hemos llegado al punto de olvidar lo que de verdad importa. Hoy en día estamos en la sociedad de los ANALFABETOS MORALES.


¿Habéis estudiado historia alguna vez? ¿Cómo se produjeron los cambios de ciclo en la historia? ¿Dónde nacieron? Os diré de dónde: todos los grandes cambios sociales de la historia nacen de un cambio en la ética y la moral humana. Y que no os engañen, eso no se difunde con la ciencia. Eso se difunde a través del arte. La música, la pintura y, sobre todo, la escritura, es lo que permiten difundir los valores morales necesarios para un cambio social. Una buena novela, como bien decía mi profesora de literatura, no es una simple anécdota. Una novela es una obra de arte cuyo autor escribe por una razón, por un propósito moral. Una buena novela es aquella que te hace cambiar a nivel ético, o al menos te hace replantear tus valores. ¿Qué pensarían John Locke o Aristóteles de lo que se está haciendo hoy con la literatura?

Creo que la escritura es el arma más poderosa para cambiar la mente humana, y es lo que más nos hace falta hoy en día. Necesitamos filósofos y pensadores que nos hagan replantearnos el vertedero moral que hemos creado. Que no os engañen los medios de comunicación: ya no hace falta más progreso tecnológico. Me río de los drogadictos de la ciencia que siguen empeñados en crear máquinas nuevas, cuando lo único que necesitamos moldear hoy en día son nuestras emociones.

Todo cambio moral que desencadena una revolución social, viene marcado por el arte. Y es eso lo que hoy necesitamos urgentemente. Así que deja el puto móvil un rato, y coge un buen libro. O… incluso mejor: escribe uno. 

7 de diciembre de 2014

RELATO CORTO.

Tercer café en el turno. Y sólo eran las nueve. “Extra de azúcar, por favor…”.

Necesitaba que alguien la sacara de allí, que alguien la llevara lejos y le explicase que había vida más allá de aquellos cables, de aquellas bombas y aquellas vías mal cogidas, que existía mucho más al otro lado de los muros del hospital. Necesitaba alguien que le llenase de aire los pulmones, alguien que impulsase la sangre que corría por sus venas y arterias, alguien que vaciase su corazón de todo aquello que le hacía daño y lo llenase de flores, mariposas y sueños de chocolate. Alguien que endulzase su vida, como ella endulzaba el café cada mañana en la planta.

Se sentó entre las diminutas cunas en las que Lucía y Fernando luchaban por sobrevivir, por abrir un día los ojos, por sonreír. No podía imaginar a nadie más fuerte que sus dos pequeñines, nadie con los puños más apretados para no dejar a su vida escaparse de entre sus manos. No podía imaginar a nadie tan fuerte, hasta que se conoció a sí misma.

Cada mañana jugaba con las figuritas de madera que adornaban su bolsillo del pijama mientras observaba por el rabillo del ojo a sus chiquitines, y les leía historias de príncipes sobre corceles blancos que rescataban a princesas encerradas en lo más alto de las torres. Cada día agarraba firmemente las manitas de aquellos dos diminutos héroes para luego dejarlas caer, suavemente, entre sus dedos. Cada mañana repasaba la lista de niños que había visto irse de aquellas incubadoras, con vida o sin ella, rumbo a un lugar mil veces mejor, y ansiaba encontrar para sí misma un lugar similar, un rincón del universo en que disfrutar de cada instante como aquellos bebés que cuidaba harían cuando tuviesen ocasión.

Así cada día, hasta que se quedó sin historias que contar a sus minúsculos pacientes y sus papás, y decidió empezar una nueva historia desde cero: la suya propia. Ese mismo día comenzó, comprendiendo que la única a la que necesitaba para descubrir la vida más allá de aquellas paredes era ella misma, y los siguientes prometió a sus dos protegidos que nunca más esperaría a que nadie se la llevase lejos, sino que ella aprendería a guiarse hasta las salidas; que no buscaría el amor si él no la buscaba a ella, ni esperaría al gallardo príncipe que en principio le correspondía; que nadie, jamás, tendría que insuflarle el aire en los pulmones, pues ella pondría todo su empeño en respirar por sí misma; que la sangre que recorría su cuerpo merecía bailar y recrearse en su propia vida; y que el único azúcar que ella no podría aportar a su día a día sería el que echaba, en tres cucharillas, a los cafés entre el desayuno y el mediodía.

Porque no había nadie tan fuerte como ella. Nadie capaz de aportar luz a tantas vidas como ella hacía. Nadie digno de vivir su vida por ella. Nadie que la conociera como ahora se conocía.

Eso, al menos hasta que llegó él…

Por Sara Núñez.

30 de noviembre de 2014

EL BANCO.

Bajo el árbol frondoso y de hojas cambiantes, se encuentra mi banco.

A veces me siento y, simplemente, veo pasar a la gente. Algunos caminan muy rápido, dispuestos a no perder ni un solo segundo de su ajetreada vida. En algunos momentos pienso que los que más desperdician el tiempo en la vida son los que nunca se detienen a perder un poco el tiempo.
Algunos ancianos, cuya época de andar deprisa para cumplir obligaciones parece haberse desvanecido, detienen su calmado paseo y se sientan conmigo en el banco. Todos ellos inician la conversación hablando sobre el tiempo que hace, me sonríen amigablemente y, si tengo suerte, comparten conmigo alguna remota anécdota de tiempos mejores. Eso me hace pensar en lo afortunados que somos de tener cerca a una generación tan especial como es la de nuestros abuelos, y lo poco que la aprovechamos. Reflexiono sobre que deberíamos corresponder su amabilidad, fomentar su conversación y beber de sus recuerdos, porque ni nuestra generación ni la de nuestros padres se convertirá jamás en ese grupo de abuelos amigables, para los que cualquier excusa es buena  para regalar una sonrisa. Aquellos supervivientes de la Guerra Civil se irán algún día, y echaremos de menos su humildad, sus curiosas anécdotas, sus sabios consejos y, sobre todo, los valores de respeto al prójimo que nos inculcaron de aquellos tiempos en los que la gente se relacionaba cara a cara y no a través de una pantalla.
A veces veo pasar a niños que juegan despreocupados, ignorando la suerte que tienen de ser niños. Quizás sin esa ignorancia sobre la época tan especial que viven, no podrán valorarla una vez que se haya marchitado.

Ahí lo veo todo, sentado en mi banco, escuchando el sonido que hacen al moverse con el viento las hojas del árbol, que dependiendo de los ánimos son verdes, amarillas, marrones e incluso rojas.

En el banco no solo pienso en los demás, sino también sobre mí mismo. Me inundan los recuerdos de todo aquello que he vivido allí, desde mi primer beso hasta aquellas tardes compartiendo sonrisas con mis amigos, hablando de nuestras tonterías y, si nos habían dado la paga, tomándonos una Coca-Cola. Estoy seguro de que algún día echaré de menos pasar las horas ahí sentado, hablando con esos compañeros a los que me atrevería a llamar hermanos.

Otros días, en vez de refugiarme en el pasado o en la compañía de mis seres más queridos, bajo solo y sueño con el futuro. Imagino el empleo de mis sueños, la casa de mis sueños y hasta la mujer de mis sueños, aquella que ya me hace sonreír incluso antes de haberla conocido. Un día leí que el futuro es para los que creen en la belleza de sus sueños. Qué preciosidad de frase.

Algunos días me acuerdo de los autores románticos, aquellos incomprendidos que se alejaban de la civilización e intercambiaban pensamientos con la naturaleza, bien fuese un prado, un bosque o una montaña. Siempre me he considerado un romántico tardío, perdido en una época de tecnología y falsas emociones, y sin duda ese banco bajo el árbol ha sido y siempre será mi locus amoenus.
Al igual que los románticos, a veces pienso sobre el ser humano y la falsa sensación de libertad que nos otorgan. Pienso en que somos relativamente libres, siempre y cuando no nos salgamos del escenario de ese teatro de marionetas llamado protocolo social, que nos enseña a reprimir nuestras emociones y a reírnos del que se atreve a ser diferente.
Como buen romántico, hay días en los que pienso en el amor. Me pregunté aquel siete de agosto qué sucedió para que se desgastase aquel romance. Alcé la vista y conté todas y cada una de las hojas de mi árbol a las tres de la mañana de aquella noche tan aguada, no sé si por la lluvia o por el baile de mis lágrimas.


Los días en los que me siento y no tengo nada en qué pensar, acabo reflexionando sobre el propio tiempo. Y es que, por más que me digan que lo único que hago en ese banco es perder el tiempo, yo creo que todo aquello que te haga tener algo que recordar, o algo que añorar, es tiempo bien invertido, y por eso cada día bajo y me siento en esa fábrica de relojes de oro.

Por Juan Antonio Latorre García.

16 de noviembre de 2014

ODA A LA DONCELLA DE CAPUCHA NEGRA.

¿Por qué desde pequeños nos enseñan a repudiarte?

¿Por qué, doncella de capucha negra, no hay ni un solo poema en el que tú seas la buena?



El filo de tu guadaña hace que este segundo en el que te escribo, y todos los que me sigan hasta que nos encontremos, sean especiales.

¡Qué injusto es el ser humano! Seguro que nunca nadie te dibujó hermosa. Yo no tengo un pincel, pero sí un bolígrafo con el que escribirte preciosa.



Ni Shakespeare, ni Garcilaso, ni Platón. Nadie te escribe con admiración. Yo no tengo el ángel en las manos que les acompañaba a todos ellos, pero te hago esta humilde oda, princesa esquelética, e intento sacarte sonrisas, aunque sea una sola.

¡Qué curioso! ¡Qué irónico! Todos intentan evitarte, y tú te buscarías si pudieras, pobre doncella de eterna maldición, condenada a no desaparecer nunca, a estar haciendo tu labor hasta que no quede nadie, y sin nadie que elogie tu bravura.




Y te desafío a ti, lector, que tienes esta carta entre tus manos, a que te hagas estas preguntas y dejes que corra el aire a través de la caja fuerte que es tu cerrada mente: ¿Qué tendría de especial la vida si fuera eterna? ¿Qué sería de la vida sin muerte?

Por Juan Antonio Latorre.

9 de noviembre de 2014

AMORES QUE MATAN NUNCA MUEREN (Novela por capítulos, SEGUNDA ENTREGA).

Siempre he estado acostumbrado a tener a todas las mujeres que he querido. Todas las mujeres dicen que tengo unos ojos que cuando los miran les hacen sentir que las miro el alma. Con los 17 años que tengo, nunca había quedado con una chica más de tres veces. Y no es porque fuese un capullo que me gustara enrollarme con las tías y luego pasar de ellas. Es, simplemente, porque no me hacían sentir. Ninguna mujer me ha hecho sentir algo que vaya más allá de la simple atracción sexual. Aunque siempre se me pintó como un villano, yo solo había sido una víctima emocional. Hasta hace siete meses. Hace siete meses, noté por primera vez que tenía líquido en el corazón.


La vida en el instituto era sencilla: aprobaba por los pelos sin hincar demasiado los codos, era el mejor jugador del equipo de fútbol, popular, con tanta labia que siempre era el alma de las fiestas y… ¿por qué no admitirlo? Soy muy guapo. Las chicas con las que había estado, tanto de mi curso como de otros, no se podían contar con los dedos de mis manos; y aun así, a pesar de haber estado con tantas y haber pasado de ellas inmediatamente después, seguían saludándome en los pasillos con toda la amabilidad que podían y continuaban babeando por mí tanto como como antes de que hubiese pasado de ellas, o incluso más.


¿Para qué voy a negar la realidad? Me encantaba que me deseasen. Me encantaba hablar con todas y ver cómo buscaban desesperadamente mi aprobación, una mirada cómplice o al menos una simple sonrisa. Siempre decía que si llegaba la mujer apropiada, no dudaría en dejar atrás mi golfo estilo de vida, pero hasta que ese día llegase, tenía claro que iba a disfrutar de mi soltería al máximo.


Mi mejor amigo desde la infancia se llamaba Sergio. Era, también, un chico físicamente atractivo, aunque no tanto como yo. Sin embargo, carecía de mi labia, y eso se notaba en su impacto con las mujeres. Era un chico más centrado en sus estudios, y menos centrado en ‘’darle patadas a un balón’’, tal y como él decía sobre mi afición al fútbol. Éramos inseparables. Yo daría mi vida por Sergio, y no es una expresión o una forma de hablar, es la realidad. Él ha sido mi hermano desde que estábamos en la guardería, desde mucho antes de lo que pueda recordar. Aparentemente, no viene a cuento que os hable de mi mejor amigo, pero es más importante de lo que creéis para el desarrollo de la historia. ¿Recordáis la chica de la que hablaba? La chica que me besó después de que le entregase la carta, la que me hizo sentir. ¿Sí, verdad? Pues… es su novia.





Creo que hasta aquella noche, nunca me había fijado en ella. Sabía quién era, pero nunca la había mirado con deseo. Para mí, Miriam vivía en otro mundo, a pesar de que estábamos en la misma clase. Ella era una alumna modélica que jamás se metía en problemas y yo, como ya sabéis, un caso perdido.

Miriam sacaba matrículas de honor en prácticamente todas las asignaturas, aunque nunca participaba en clase cuando pedían voluntarios. Nunca iba a los botellones que organizábamos mis amigos y yo a los que invitábamos a todo el instituto. No le daba mucha importancia a la apariencia: solía ir a clase en chándal y con una coleta mal hecha. Era el tipo de chica en la que alguien como yo nunca se fijaría.

Mientras yo malgastaba mi tiempo saliendo con las maquilladas y arregladas chicas populares de clase, ella lo empleaba en pasar desapercibida y esforzarse para poder estudiar medicina en la Universidad Complutense. En definitiva, Miriam y yo nunca nos habíamos mirado a los ojos y, por supuesto, nunca nos habíamos tomado la molestia de hablar el uno con el otro, ni falta que hacía.
Era diciembre y había terminado el primer trimestre de segundo de bachillerato, un curso terriblemente asfixiante. Sin embargo, yo había organizado una fiesta para que los cuatro grupos de segundo de bachillerato nos olvidáramos por una noche de nuestros problemas y saliéramos a pasarlo bien. Alquilamos un local entre todos, muy cerca de Plaza España, y nos fuimos a pasar la noche oyendo música, bailando… y bebiendo.


¿Qué cuál era mi objetivo de la noche? Teniendo en cuenta que ya me había enrollado con todas las chicas deseadas de bachillerato, ninguno en particular. Quizás simplemente acabaría enrollándome con la que más se lo currase a lo largo de la noche, o con la que estuviese dispuesta a llegar más lejos (espero que sepáis a lo que me refiero).
Sergio y yo habíamos hablado antes por Whatsapp y me dijo que quería presentarme a su nueva novia esa noche. Me alegró bastante que hubiese encontrado el amor, y también que quisiera compartir su alegría conmigo. Últimamente nuestra relación de amistad no había estado en su mejor momento. Él solía juntarse demasiado con los empollones, mientras que yo me juntaba con la gente popular.


Miriam sí se arregló para esa noche, y en cuanto la vi, noté un pinchazo en la boca del estómago. Dejó en el armario sus habituales chándales y los cambió por un vestido azul claro que marcaba todas y cada una de sus magníficas curvas, se dejó el pelo suelto, se pintó los ojos, los labios y hasta las uñas. Estaba preciosa. Me dio dos besos y sonrió. Yo apenas pude pronunciar un ‘’encantado de conocerte’’. No entendía la sensación que estaba experimentando.

Mientras Sergio estaba en la pista de baile, Miriam y yo tuvimos nuestra primera conversación. Yo dije:
-          —Ya es hora de que Sergio se lo pase bien una noche y se emborrache. Le hace falta- dije yo, mientras bebía de mi copa.

-         — ¿Sabes qué? No me voy a molestar en fingir que soy como tú. La gente como tú me da verdadero asco.
     — ¿Perdona?


ASUNTOS DE FILÓLOGO ES MUY INTERNACIONAL (Gracias).

Buenos días, mis queridos lectores. En breves minutos subiré el relato de hoy. No obstante, antes de eso, quería comentaros que esta página se está volviendo muy internacional. Ya hemos recibido visitas de DIEZ PAÍSES DISTINTOS, y quería agradecéroslo brevemente.

Cuando empecé con el blog, nunca pensé que iba a recibir tanto apoyo. Pensé que apenas entrarían cinco personas a ver cada entrada, y que acabaría cerrándolo por pura frustración. Sin embargo, cada una de las entradas recibe más de 100 visitas (y a veces, más de 200); y hemos tenido visitas de España, Estados Unidos, Polonia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Tailandia, Brasil, Francia e Italia.

Esto no es un ''gracias'' forzado, o por quedar bien. Estoy realmente agradecido a cada uno de vosotros. Espero que estas pequeñas historias que compartimos cada semana os entretengan y que, algunas de ellas, os emocionen. La lectura está de capa caída, y no podemos permitirlo. Espero que sigáis leyéndonos cada semana y que compartáis este blog con todas las personas que podáis.

Muchísimas gracias a todos, de verdad. Espero que tengáis una buena semana, y que disfrutéis el relato que voy a subir hoy.

¡Un abrazo para todos!

2 de noviembre de 2014

INALCANZABLE (Relato corto).

Hoy nuestra querida Sara nos trae una historia preciosa sobre dos gotitas de agua. Espero que la disfrutéis.

Como la cima de una montaña imposible, infinita. Como la orilla opuesta de un río infranqueable, lejana, distante, dorada. Los reflejos verdosos de sus ojos barridos lentamente con un suave susurro de marea baja. Como juncos de ribera, sus pestañas. Como la brisa marina en horas tempranas, su respiración calma en mi oído. Recostada sobre mi hombro su liviana cabeza. Las ondas de su pelo, envidiadas por el mismo mar de Vigo, caían espalda abajo, hebras de plata y oro, hasta rozar las oscuras aguas del canal.

                El agua corría serena, tibia, casi opaca, casi negra. Bajo el Puente de los Suspiros, un candado triste y desesperado luchaba contra el viento húmedo. Todo lo que conseguía era estrellarse contra las paredes, produciendo un dulce tintineo apenas audible al sonar las campanas de la iglesia...

                Notas dispersas de una romántica balada llegaban hasta nosotros, provenientes de una de las tantas góndolas que se adentraban por el Gran Canal para salir más adelante frente a la casa de Marco Polo. Su voz tristona acompañando a la del gondolero. El murmullo del agua a modo de base instrumental. Una botella golpeando las puertas corroídas y el sonido metálico de las cadenas repletas de candados a los lados del puente, haciendo las veces de coros. Todo tipo de sonidos avanzaban hasta nuestros oídos, abriéndose camino entre la muchedumbre, dejando de lado los gritos de los peatones, sus prisas y los flashes histéricos de sus cámaras de fotos.

                Entre estrofa y estrofa me contaba lo que a ella le parecía más importante de su historia con el ricachón de Serrano. Aquella parecía mi sentencia final. Ese chico del que hablaba era completamente diferente a mí... Pero era igual a ella. Debían de haber formado la pareja ideal en su momento. Guapa ella, guapo él, pudientes ambos, vividores de una vida aparentemente vacía de problemas, pero repleta de compromisos. Cuanto más hablaba, más me daba cuenta de mis posibilidades. Eran terriblemente escasas. Pertenecíamos a mundos drásticamente diferentes... Aunque tanto ella como yo vivíamos en la misma zona, nos movíamos en ambientes radicalmente distintos. Ella, elegante como las imponentes barcazas que pasaban próximas a nosotros y yo, mediocre y contaminado como las aguas sobre las que éstas danzaban, como el fango que, por no creer importante, pisoteaban.

                               *                                             *                                             *                                             *             
                Caóticas, desordenadas. Gotas frías, cristalinas, salían rápidas de entre las rocas. Los copos de nieve morían lentamente para dar paso a una nueva vida. Los malos recuerdos arrastrados hasta entonces se perdían en silencio para siempre en aquel lugar. La creación de un nuevo todo suponía en aquel momento un enorme esfuerzo... Litros y litros de agua surgían cada minuto. Química pura. Dos pequeñísimas gotas se unieron en una sola, un poquitín más grande, para seguir juntas su camino...

                Creando un lazo irrompible, atravesaron las más duras dificultades, juntos, sin separarse un solo instante. Un fuerte torrente de emociones amenazaba cada segundo con destruir aquella unión inquebrantable.

                Reflejos dorados en una orilla, plateados en otra. Llegaba la época más tranquila imaginable para la doble gota feliz... Los suaves cantos rodados la acariciaban, la acompañaban en sus vaivenes entre las algas, en sus aventuras entre los peces e incluso cuando parecían estar a punto de evaporarse, ayudándolas a volver a su curso tras los obstáculos del camino.

                Fuertes baches se avecinaban a cada doblez del río. Los exagerados meandros conseguían, en ocasiones, separar los polos de la gota, aunque más tarde los reunían de nuevo, con la intensidad de un maremoto. Por largos que se hicieran los días en soledad, cada vez se hacían más insoportables los días en compañía. La monotonía acechaba tras cada piedra, observando con actitud desafiante.

                Los últimos días de aquel viaje juntos se acercaban cada vez más. Las dos pequeñas gotas hacían su vida cada uno por su lado, encargado él de depositar las partículas de arena que portaba desde el comienzo de su vida, ocupada ella en mantener organizadas las corrientes. Sus momentos juntos eran cada vez menos frecuentes, y llegó el momento en que dejaron de producirse.

                El mar les esperaba con los brazos abiertos, preparada para destinarles a lugares muy diferentes. Tras un largo proceso de evaporación por separado, las gotitas se reencontraron una mañana en el anaranjado cielo del amanecer, viviendo un nuevo día juntos, felices de volver a verse, de estar de nuevo en contacto. Pero ya no existía aquella química inicial que habían tenido en un principio... Había desaparecido sin dejar rastro. Tratando de ignorar este detalle, que a ambos les pareció nimio, siguieron su camino próximos el uno al otro.


                Un día, mientras las dos gotitas ampliaban su círculo de amigos en las nubes, una fuerte descarga eléctrica las separó para siempre. Una destructora tormenta arrastró a cada gota hacia un lugar diferente, como en principio debía haber hecho el mar, enviándolo a él de nuevo a las montañas y a ella dejándola caer en mis brazos silenciosamente, en el puerto de Venecia. Y en el momento en que se precipitó hacia ellos, con gran emoción y aún mayor incredulidad por mi parte, aquella preciosa gotita de pelo largo y rizado como las olas de Brasil y yo, aquella humilde gota que hasta entonces llevaba la peor vida atravesando oscuros ríos y tenebrosas lagunas subterráneas, quedamos unidos en una nueva doble gota feliz, inquebrantable y reluciente como la que más... Como sólo una gota recién caída del cielo puede serlo.

Por Sara Núñez.

26 de octubre de 2014

PUES VENGA, HABLEMOS DEL ÉBOLA (Artículo de opinión).

Según parece, el azote del ébola ha desaparecido en España. Con ello, los medios de comunicación han dejado de bombardearnos con noticias preocupantes y, por consiguiente, ha terminado la paranoia que tenía tan preocupados a todos en nuestro país. Así pues, creo que es el momento de que desde esta página demos una opinión al respecto. Hay varios temas que quiero tratar, así que vamos allá.

En primer lugar, lo que me gustaría destacar es la hipocresía de la gente. Y no, ahora no estoy hablando solo del Gobierno. Estoy hablando de los cincuenta millones de hipócritas que tenemos en este país. En cuanto supimos del contagio de la pobre Teresa, todos los españoles empezamos a sensibilizarnos con esta enfermedad y a dar todo nuestro apoyo a las personas que la padecían, no solo a Teresa, sino a todos aquellos ciudadanos del mundo que estuvieran pasándola. Y tiene gracia, porque cuando mató a miles de personas en África a nadie le importaba. Quizás no nos sensibilizábamos con la gente que la padecía, sino que lo que nos tenía tan sensibles a la enfermedad es que la podíamos padecer cualquiera de nosotros.

Quizás sorprenda la manera en la que estoy abordando este tema. Pero, ¿qué esperabais? ¿Que hablase de la pésima gestión de la enfermedad que ha hecho el Gobierno? Me parece que eso ya lo sabemos todos y no hace falta que haga un artículo al respecto. Espero y deseo que las personas que leen este blog estén buscando algo más complejo que eso, así que volvamos al tema que tratábamos.
Como iba diciendo, a nadie le importó esta enfermedad hasta que surgió la posibilidad de que nos afectase a alguno de nosotros. Así de egoístas somos. Así de egoísta es la raza humana. No quiero decir con esto que no haya excepciones, y a todos aquellos que la sean, espero que no se sientan ofendidos porque este artículo no va para ellos.

Parece que desde el susto de Teresa, la gente se ha implicado más con esta enfermedad y ya no solo a nivel nacional, sino internacional. Me pregunto si toda esta gente es consciente de que hay enfermedades más mortales en África, y la primera de todas es la malaria. Creo que tras acontecimientos como este, es momento de hacer autocrítica y darnos cuenta de que no deberíamos comportarnos de esta manera. Debemos sensibilizarnos con todas las grandes enfermedades que matan a miles de personas, y no ser tan hipócritas como para preocuparnos solo de las que nos pueden afectar a nosotros. Que los putrefactos medios de comunicación en este país no informen del resto de enfermedades que afectan a millones de personas, no significa que no existan. Hoy en día tenemos algo mucho más poderoso que la televisión, y es Internet. Informémonos de todas las brutalidades que suceden hoy en día y por las que no hacemos nada, en vez de hacernos los héroes cuando se trata de enfermedades que nos pueden afectar a nosotros, o que simplemente le suceden a españoles. Vivimos en el mundo, no en España. Y el ébola no es uno de los diez mayores problemas que tiene. Basta de hipocresía.

Y para concluir, os dejo con una cita que he visto en Internet y que me ha encantado:
‘’El hambre mata más que el ébola, pero no es considerado un mal importante, ya que de eso no pueden morir los ricos’’.


Por Juan Antonio Latorre.

19 de octubre de 2014

Relato corto.

¡Buenos días! Espero que tengáis buenos planes para este domingo (no es mi caso, me toca estudiar muchísimo). Hoy tenemos un relato muy cortito de una chica que va a participar habitualmente en nuestro blog a partir de ahora. Espero que os guste:

Me senté en el alféizar de aquella amplia ventana, dejando que mi pierna derecha colgase directamente sobre la calle, apoyando el pie izquierdo sobre el radiador y descansando la espalda junto a la hoja de la ventana. En Madrid jamás me habría atrevido a hacerlo, pero en Ámsterdam todo era diferente.

Estaba cansada de caminar, de seguir la ruta prescrita, de avanzar sin un rumbo fijo según se fueran moviendo los hilos de mi destino. Estaba cansada de andar, de hablar, de dar explicaciones, de pelear, de fingir, de llorar… Estaba cansada de reír, e incluso de respirar.

Así que cerré los ojos y ladeé la cabeza para escuchar mejor el abrumador sonido que despedían las campanas de la Centraal Station y el tímido y suave ronroneo del carrillón de la Iglesia de San Nicolás, que quedaba del otro lado de la calle y que, soñé, podía alcanzar con tan sólo estirar los dedos de mi mano.

Y me dejé llevar, embriagada de luz, cautivada por la dulce melodía. Me dejé llevar y probé el elixir de la eternidad que los canales bajo mis pies me brindaban y sus imponentes barcazas me regalaban, y la esencia de los minutos que había malgastado en aquellas calles. Probé también el sabor dulzón de la efimeridad de la vida de la mano de tres frascos de paracetamol, y alargué mis brazos más allá de los árboles, de los coches, los tranvías y las bicis. Rocé con la punta de los dedos los ladrillos de las más altas torres de la ciudad, recorrí una a una las escamas de cada cúpula y conté las gotas de agua que habitaban cada fuente y los pétalos de las flores que decoraban cada jardín. Sentí el frescor de las briznas de hierba bajo mis pies descalzos de madrugada. Buceé en las más oscuras y prohibidas profundidades del Amstel y acaricié cada cuadro de Van Gogh como sólo puede hacerse la vez última y a la vez única y primera. Vi pasar los trenes, rápidos, a lo lejos en las vías. Observé a los ajetreados turistas con sus mapas, planos, cámaras de fotos y revistas, e incluso regalé un par de sonrisas a quienes me ofrecieron la suya. Alguno de ellos debió tomar una foto de mi desdicha y, de paso, de mi ventana, según vi más tarde en un par periódicos locales. Finalmente, ya agotada, me dejé llevar por el aroma, la música y la magia de la ciudad…

Y tanto me dejé llevar que pasé tres días, con sus tres noches, sentada en aquella ventana.
Porque pasaron tres días hasta que, tres botellas de whisky y un frasco más de paracetamol después, me encontraron allí sentada.

Por Sara Núñez. Bienvenida al blog, darling.

11 de octubre de 2014

AMORES QUE MATAN NUNCA MUEREN (Novela por capítulos, primera entrega).

Me corroe el dolor. Salgo, quedo con los amigos, sonrío, vuelvo a casa y se me caen las paredes encima. Quedo con otras tías, y todos me dicen: ‘’llévatelas al centro, es el mejor lugar para una cita’’. Pero no las llevo ahí. Porque el centro es el lugar al que iba contigo, y las mujeres a las que llevo allí no son más que zorras en comparación contigo. Era nuestro lugar, y pasar por allí me recuerda a ti. No quiero llenar esas calles con recuerdos de otras mujeres. Quiero que cada vez que pase por allí, las fachadas de Plaza España me susurren tu nombre. ¿Recuerdas aquel primer beso, verdad? La mejor noche de mi vida.Hasta sueño contigo, es acojonante. Como en las putas películas. Te pienso de día y te sueño de noche. Bueno, eso cuando duermo. Ahora padezco insomnio. Son las 4 de la mañana.Y beso a otras, y siento hasta asco. Porque aunque ya no estemos, siento que te soy infiel. Y me acuerdo de tus besos. Tú y tus besos perfectos. ¿Por qué nadie besa como tú? Y ni siquiera me dejaste darte el último. Aquel día en que rompimos quise un último beso y me apartaste la cara. Me he roto la cabeza intentando recordar cómo fue el último, y no lo recuerdo. Me estoy volviendo loco.Salgo, conozco a otras, me lío con algunas… todo lo que siempre quise hacer. Y ahora que lo tengo, me siento vacío. Estoy roto.Echo mucho de menos tus besos. Tus putos besos perfectos. Bueno, al menos te volví a besar en uno de esos sueños.


Miré la mano con la que estaba sosteniendo la carta y me di cuenta de que estaba temblando. Es curioso, porque solo había temblado una vez en mi vida antes de esto. Estaba en la puerta principal, esperando a que ella saliera. Ni siquiera sabía con certeza para qué le daba esa carta. No esperaba que me besase o que las cosas cambiasen. Quizás simplemente quería que supiera cómo me sentía.

Me miró llena de rencor y cogió la carta. Comenzó a leer y cayeron unas cuantas lágrimas sobre el papel. Me miró y vi que le caía una lágrima por la mejilla. Se la sequé con la mano y recordé lo suave que tenía la piel. Entonces me besó durante menos de medio segundo, se arrepintió y ella misma se apartó. Me dio una bofetada en la cara, me pidió que la dejara en paz de una vez y se fue corriendo.

Podríamos decir que mi historia comenzó hace unos siete meses. En fin, vamos allá:



5 de octubre de 2014

¡OS EXIJO QUE LEÁIS EL RELATO DE HOY!

Hola, mis queridos lectores, ¿qué tal estáis pasando el fin de semana?
Para esta semana tenía preparado un pequeño relato que he escrito, pero de repente se me ha encendido una bombillita en la cabeza y se me ha ocurrido algo mejor.

Todas las personas que escribimos hemos tenido un referente que nos animó para comenzar a escribir, y me estoy dando cuenta de que no he compartido con vosotros qué fue lo que me inspiró a escribir pequeñas historias como las que suelo subir cada semana a este blog. Así que he pensado que hoy os voy a enseñar mi relato corto favorito.

Esta es una entrada muy especial para mí. Y os aseguro que lo será también para vosotros, porque ninguna de las cosas que yo he escrito o pueda llegar a escribir en este blog serán tan buenas como el relato de Edgar Allan Poe que os voy a dejar aquí.

Así que hoy, mis queridos lectores, en vez de leer un relato mío, quiero que leáis un relato del gran maestro de las historias cortas. Os va a dejar boquiabiertos. Y, quién sabe, a lo mejor sirve para que otro de vosotros también se anime y empiece a escribir historias cortas. No os entretengo más, espero que lo disfrutéis.


http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/poe/el_corazon_delator.htm


Y, para los que seáis tan afortunados como para entender bien el inglés, os lo dejo aquí en versión original.

http://xroads.virginia.edu/~HYPER/POE/telltale.html







29 de septiembre de 2014

LARGA VIDA A LA FILOSOFÍA (Artículo de opinión).

Queridos lectores, hoy estrenamos sección: los artículos de opinión. Este en concreto se debe a la intención del gobierno de suprimir la filosofía del sistema educativo. Espero que os guste.

‘’Dejas de ser un niño cuando eres consciente por primera vez de que tus padres van a morir algún día’’.
Así de claro nos lo decía Rafa. Rafa era mi profesor de filosofía en cuarto de la E.S.O. Hasta los quince años no empecé a estudiar filosofía, y siempre me preguntaba por qué no habíamos empezado a estudiarla mucho antes.
Era una asignatura diferente. Ahí no hacíamos operaciones con números que no llevaban a ninguna parte, ni memorizábamos datos que no podrían ser utilizados más allá del ámbito académico. Lo que hacíamos en filosofía era estudiar cómo veían la realidad grandes personajes de la historia de la humanidad, aquellos locos llamados filósofos.
Desde el primer gran filósofo, Sócrates, y su duelo intelectual contra los sofistas, hemos visto muchísimas perspectivas sobre cómo debe organizarse una sociedad democrática, qué papel tiene la religión en la humanidad, qué es moral y qué no lo es… Pero esto no servía solo para llenarnos la cabeza de datos inservibles en nuestro día a día, sino que nos permitía posicionarnos al lado de uno u otro punto de vista con respecto a política, religión, moralidad…
La filosofía no te enseñaba datos, sino a ser un ciudadano. Y es por esa razón por la que me enerva pensar que nuestro querido gobierno se plantea retirar esta asignatura del sistema educativo. En detrimento de la filosofía, parece que se aumentarán las horas de religión, algo que se puede aprender yendo a la iglesia siempre que quieras. Y que no se me malinterprete, no estoy en contra de que se enseñe religión, simplemente creo que es un conocimiento al que tenemos muy fácil acceso hoy en día gracias a las pequeñas parroquias que tenemos en nuestros barrios, y que por tanto no debe quitarle horas a la filosofía. Ni religión, ni matemáticas, ni inglés, ni lengua. Ninguna asignatura nos aporta tantísimo a nivel personal como la filosofía.

Aunque quizás ese aporte que nos hace como seres humanos es la razón por la que intentan quitárnosla. Cuanto más se pregunte una persona qué es bueno para la sociedad y cuáles son sus deberes como ciudadano, antes se dará cuenta de que vivimos en una sociedad idéntica a la de 1900 con Cánovas y Sagasta, con el añadido de que los medios de comunicación controlan lo que pensamos y lo único que nos preocupa es comprarnos un móvil nuevo para mandarnos whatsapps. La ausencia de filosofía significaría crear una generación de idiotas manipulables, y eso les encanta a todos los políticos, sea cual sea su ideología.


Juan Antonio Latorre. Todos los que queráis opinar al respecto, tanto a favor como en contra, estáis invitados a hacerlo en los comentarios y yo estaré encantado de leerlo e incluso debatir con quien quiera. Un abrazo para todos, y que tengáis una buena semana.

14 de septiembre de 2014

La vida de Bruno.

El primer beso de Bruno con Natalia fue memorable. Tras un paseo nocturno por los bosques de hojas azules, se pararon al borde de un lago que parecía una sopa de estrellas. Bruno cogió las manos de su tesoro, escuchó el silencio unos segundos y le recitó uno de los poemas que había escrito para ella. Uno de esos poemas que ni siquiera tienes que esforzarte en pensar. Uno de esos poemas en los que la mano no te la maneja el cerebro, sino el alma. Mientras pronunciaba el último y glorioso verso, posó las manos en su cintura, y tras decir la última palabra, la besó.
Los labios de Bruno arroparon el labio inferior de Natalia. Sus manos rodearon su cintura y la apretaron firmemente contra él. Sintió su cuerpo por completo y notó un escalofrío en las manos y en las piernas. Sus labios se separaron unos centímetros y sonrieron. Bruno la besó en la frente con ternura y se fundieron en un abrazo que duró varios minutos. Unos minutos en los que no hizo falta hablar nada, porque sus cuerpos, sus ojos y sus ardientes corazones ya lo decían todo.

Bruno preparó una sorpresa muy especial para pedirle matrimonio a Natalia. La llevó a la playa en la que ella solía veranear con su familia cuando era pequeña, de la que guardaba los mejores recuerdos de su niñez. Ahí, en la fina y suave arena, un camino hecho a base de pétalos de lila la condujo a una pequeña caja enterrada en la que se encontraba un anillo de zafiros. En unos altavoces sonaba La vie en rose, su canción favorita, y si alzaba la vista veía romper las olas rojas de aquel mar de azúcar. Bruno la cogió de la cintura por detrás y le susurró en el oído ‘’te amo’’ por primera vez.

Desde aquel primer beso inolvidable, Bruno disfrutó de cada minuto junto a Natalia. Disfrutó de cada paseo cogidos de la mano, de cada ‘’buenos días, cariño’’, de cada beso de buenas noches, de cada pelea, de cada tarde tumbados en el césped, de cada película, de cada poema y de cada amanecer que vieron abrazados. Disfrutó de cada segundo de gloria que le regaló su ángel, y entonces llegó el día en el que Natalia se quedó embarazada. Y, cuando Bruno imaginó que algún día sostendría entre sus brazos el mayor regalo que le podía hacer su amada, en ese preciso instante, lloró de felicidad por primera vez en su vida.

Y de repente, abrió los ojos. Le despertó el sonido del claxon de un coche. Se encontraba en su lujoso apartamento en el centro de Madrid. Notó un pinchazo en la boca del estómago y no podía creer lo que había sucedido. Mejor dicho, no quería creerlo. Había sido un sueño.
Cada mañana se derrumbaba al desayunar solo, sin escuchar a Natalia tarareando La vie en rose. Echaba de menos su pelo, su voz, la mirada tan tierna que se le dibujaba mientras sonreía, sus abrazos, sus historias y, sobre todo, sus besos. Era tal la desesperación de Bruno, que llegó incluso a perder la cabeza. No quería estar con ninguna mujer porque lo consideraba una infidelidad a Natalia. Pasó años solo, recordando esos besos de algodón de azúcar. Cada noche intentaba concentrarse para volver a soñar con ella, para volver a sentir el roce de su piel y el de sus labios... Y es que, en alguna parte de su cabeza, Bruno estaba convencido de que Natalia existía, que la volvería a encontrar en otro sueño y que volvería a pasar otra vida junto a ella. Para Bruno la vida real estaba en los sueños.
Se volvió un hombre cada vez más ausente, viviendo enfrascado en los recuerdos que tenía de aquella otra vida y con la vaga esperanza de volver a encontrarla cada noche. Y era esa esperanza lo único que le permitía seguir adelante viviendo esa pesadilla que otros se atrevían a llamar vida. Un sabio dijo una vez que la más cruel y dolorosa de las muertes, es la muerte por imaginación, y Bruno la estaba probando en forma de lenta y agonizante tortura.
Cada vez recordaba peor su cara. El paso de los años se llevaba cada vez más rápido el recuerdo de cada beso. Bruno se estaba volviendo loco intentando no olvidar cada detalle, pero era imposible. Fue una mañana de abril cuando Bruno salió a trabajar y le atropelló un coche.

Mientras agonizaba en el suelo, cerró los ojos y volvió a recordar mejor que nunca. Dicen que antes de morir pasa la vida ante nuestros ojos, y a Bruno le pasaron únicamente los flashbacks de aquel sueño. Fue en ese momento cuando comprendió que ese recuerdo tan vivo era lo más cerca que volvería a estar de Natalia, y entonces, sonrió.