Hay días que te derrotan.
Te levantas y lo primero que haces es abrir un libro,
al igual que ayer, y anteayer, y el día anterior. Tienes grandes metas, y esas
te hacen no levantar la vista de aquella página. Tus amigos y tus padres te
dicen que te lo tomas demasiado en serio, y creen que decirte eso te ayuda
porque te quitará algo de presión. Pero no te quita presión. Te sientes tremendamente solo, porque cuanto más te repiten esos comentarios, más te das
cuenta de que nadie entiende tus sueños y ambiciones. Nadie parece entender que
a ti no te basta con pasar desapercibido por la vida, haciendo
lo justo para aprobar y no quedarte atrás. Y quizás es eso lo que más te debilita durante
el mes de exámenes. No te molesta tanto el tener que estudiar seis o siete
putas horas al día, sino el que nadie entienda por qué lo haces.
Tras unas cuantas horas inmerso en la lectura, decides
tomarte un descanso. Tu padre se acerca a ti y se pone a hablarte del partido
de ayer. Te das cuenta de que lo hace por distraerte un rato y relajarte.
Aprecias enormemente el gesto, pero no eres capaz de corresponder su
conversación con algo más que monosílabos y muecas de cansancio. No te sale
más. Te sientes el peor tipo de la tierra.
Abres otra vez el libro. Cuando te quieres dar cuenta,
ya es la hora de comer. Masticas con la mirada fija en un punto y renuncias al
postre para volver a tu escritorio y terminar de hacer ese ejercicio que lleva
toda la mañana tocándote los huevos.
Las 5 de la tarde. En fin, toca descansar un rato.
Llevas todo el día deseando que llegue el descanso de las 5 de la tarde, porque
es el más largo que te tomas en todo el día (alrededor de una hora y media).
Tenías planeado salir a dar una vuelta para despejarte y hacer un poco de
deporte. Pero antes de salir decides mirar si tienes alguna notificación
importante en Facebook. Encuentras una noticia curiosa y te pones a leerla. Y
luego otra, y otra, y otra.
Son las 6 y media de la tarde. No solo has
desperdiciado tu descanso largo mirando gilipolleces, sino que encima tienes la
cabeza aún más cargada. Te pones a leer otra vez, deseando que las horas pasen
rápido y llegue la hora de dormir.
Al fin, hora de cenar. Se acabó el estudio. Derramas sin querer el agua que servías en tu vaso. Tu madre comenta crispada lo
inútil que eres. Sinceramente, después del día que llevas, lo único que te
apetece es que te dejen en paz de una puta vez, no que hagan un comentario
sobre lo inútil que eres. Pones una mueca de cansancio y rencor, lo cual es
interpretado por tu madre como un desafío. Os ponéis a discutir. Bueno, más
bien ella vocifera mientras tú aguantas el chaparrón. Te apetece contestar,
pero decides callarte porque eso solo alargaría las cosas.
Te encierras en la habitación, finalmente. Te tumbas
sobre la cama y miras el techo en silencio. Lamentas haber hecho sentir mal a
tus padres hoy. Tú solo querías pasar el día como alguien invisible. Enciendes la tele y la
escuchas de fondo mientras te pones a hablar por WhatsApp con tus amigos. O con
aquella chica especial, si es que la hay. No es tu caso. Empiezas a hacer
planes con ellos sobre lo bien que lo vais a pasar en verano. Ese verano que te
has ganado más que nadie, porque tú y solo tú sabes lo que has tenido que
trabajar durante todo el año, y aún más en este mes de exámenes.
Esa charla con tus amigos y ese programa de humor que
tanto te gusta te relajan y te hacen esbozar una pequeña sonrisa. La primera del
día. Los minutos vuelan y empieza a hacerse tarde. Te quedarías más tiempo
despierto, pero decides acostarte porque mañana tienes que volver a madrugar y
enfrentarte a esos apuntes en sucio. Otra vez. Otro día más. Esperemos que
mañana se te dé mejor. Y no desesperes. Ya queda un día menos, y tu recompensa
está cada vez más cerca. A por todas, campeón.
Por Juan Antonio Latorre.
Por Juan Antonio Latorre.
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