Él solo sabía escribir con el corazón hecho trizas.
Solo cuando se sentía borracho de dolor y embriagado por el pesimismo era capaz
de escribir los versos más brillantes. El resto del tiempo era mediocre. Uno
más. Ni el mejor, ni el peor. El resto del tiempo pensaba para escribir, pero
cuando caía al abismo las palabras brotaban sin apenas pensarlas. En medio de
ese dolor tan desgarrador, no pensaba para escribir... sentía para escribir.
A veces, en sus peores momentos, con las mejillas
empapadas, el pecho punzado y el alma ensangrentada, experimentaba una cálida
sensación de felicidad por unos instantes. Porque él sabía como nadie reciclar
el dolor para convertirlo en oro. Sonreía porque en ese momento lo tenía claro.
Veía los versos, las metáforas y las frases más sinceras y arrebatadoramente
hermosas jamás escritas. Unos días era impenetrable, y otros días su corazón
estaba ahí fuera, sufriendo las inclemencias del temporal. Y eran estos últimos
días los que le hicieron grande. Fue en esos días cuando su talento pisaba con
pies de gigante. Fueron esos días los que le hicieron leyenda. Y por eso cuando
lloraba, reía.
Juan Antonio Latorre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario