21 de junio de 2015

DÍAS (Para todos aquellos que sufren tanto en épocas de exámenes).

Hay días que te derrotan.

Te levantas y lo primero que haces es abrir un libro, al igual que ayer, y anteayer, y el día anterior. Tienes grandes metas, y esas te hacen no levantar la vista de aquella página. Tus amigos y tus padres te dicen que te lo tomas demasiado en serio, y creen que decirte eso te ayuda porque te quitará algo de presión. Pero no te quita presión. Te sientes tremendamente solo, porque cuanto más te repiten esos comentarios, más te das cuenta de que nadie entiende tus sueños y ambiciones. Nadie parece entender que a ti no te basta con pasar desapercibido por la vida, haciendo lo justo para aprobar y no quedarte atrás. Y quizás es eso lo que más te debilita durante el mes de exámenes. No te molesta tanto el tener que estudiar seis o siete putas horas al día, sino el que nadie entienda por qué lo haces.

Tras unas cuantas horas inmerso en la lectura, decides tomarte un descanso. Tu padre se acerca a ti y se pone a hablarte del partido de ayer. Te das cuenta de que lo hace por distraerte un rato y relajarte. Aprecias enormemente el gesto, pero no eres capaz de corresponder su conversación con algo más que monosílabos y muecas de cansancio. No te sale más. Te sientes el peor tipo de la tierra.

Abres otra vez el libro. Cuando te quieres dar cuenta, ya es la hora de comer. Masticas con la mirada fija en un punto y renuncias al postre para volver a tu escritorio y terminar de hacer ese ejercicio que lleva toda la mañana tocándote los huevos.

Las 5 de la tarde. En fin, toca descansar un rato. Llevas todo el día deseando que llegue el descanso de las 5 de la tarde, porque es el más largo que te tomas en todo el día (alrededor de una hora y media). Tenías planeado salir a dar una vuelta para despejarte y hacer un poco de deporte. Pero antes de salir decides mirar si tienes alguna notificación importante en Facebook. Encuentras una noticia curiosa y te pones a leerla. Y luego otra, y otra, y otra.

Son las 6 y media de la tarde. No solo has desperdiciado tu descanso largo mirando gilipolleces, sino que encima tienes la cabeza aún más cargada. Te pones a leer otra vez, deseando que las horas pasen rápido y llegue la hora de dormir.

Al fin, hora de cenar. Se acabó el estudio. Derramas sin querer el agua que servías en tu vaso. Tu madre comenta crispada lo inútil que eres. Sinceramente, después del día que llevas, lo único que te apetece es que te dejen en paz de una puta vez, no que hagan un comentario sobre lo inútil que eres. Pones una mueca de cansancio y rencor, lo cual es interpretado por tu madre como un desafío. Os ponéis a discutir. Bueno, más bien ella vocifera mientras tú aguantas el chaparrón. Te apetece contestar, pero decides callarte porque eso solo alargaría las cosas.

Te encierras en la habitación, finalmente. Te tumbas sobre la cama y miras el techo en silencio. Lamentas haber hecho sentir mal a tus padres hoy. Tú solo querías pasar el día como alguien invisible. Enciendes la tele y la escuchas de fondo mientras te pones a hablar por WhatsApp con tus amigos. O con aquella chica especial, si es que la hay. No es tu caso. Empiezas a hacer planes con ellos sobre lo bien que lo vais a pasar en verano. Ese verano que te has ganado más que nadie, porque tú y solo tú sabes lo que has tenido que trabajar durante todo el año, y aún más en este mes de exámenes.


Esa charla con tus amigos y ese programa de humor que tanto te gusta te relajan y te hacen esbozar una pequeña sonrisa. La primera del día. Los minutos vuelan y empieza a hacerse tarde. Te quedarías más tiempo despierto, pero decides acostarte porque mañana tienes que volver a madrugar y enfrentarte a esos apuntes en sucio. Otra vez. Otro día más. Esperemos que mañana se te dé mejor. Y no desesperes. Ya queda un día menos, y tu recompensa está cada vez más cerca. A por todas, campeón.

Por Juan Antonio Latorre.

8 de junio de 2015

Relato corto.

Ahí estaba, sentado en un callejón, apoyando su espalda contra la pared. A la botella cada vez le quedaba menos elixir del olvido. Le ardía el ojo. Hacía menos de una hora que le habían dado un puñetazo. Otra vez. Deshizo el avión de papel que había hecho, y lo arrugó en su puño.

No había tenido una vida fácil. Dinero, poder, éxito y mujeres. Muchas mujeres. Cientos, desde ella. Lo habría cambiado todo por ella. No podía aceptar que no fuera suya. Solo ella le podría haber hecho disfrutar de aquel piso enorme y de ese puto descapotable. El descapotable en el que se llevaba a todas esas zorras a casa para alegrarse el pene quince minutos, para después pasar las siguientes ocho horas odiándose un poco más. Se odiaba por lo que se hacía a sí mismo y por lo que le hacía a aquellos pobres angelitos. A veces, en el fondo de la tercera botella, encontraba unos minutos de paz. Pero esa no era la solución. La paz eterna era volver con ella, pero eso no iba a pasar. No después de cómo la había tratado. Ojalá se hubiera dado cuenta antes.

Una chica inocente y adinerada pasaba por la calle principal. Miró a su derecha y vio sentado, en aquella calle tan estrecha, a un hombre trajeado mirando un papel arrugado. No sabía muy bien qué le hizo acercarse y sentarse a su lado. Quizás estaba cansada de estar alienada. Quizás quería joder a sus padres y a todos aquellos niños de papá que había tenido por novios. Quizás estaba cansada de llevar una vida tan fácil.

-          —Dios mío, ¿Qué te ha pasado en el ojo?
-          —No es nada.
-         — ¿Cómo que nada? Estás llorando. Déjame que te traiga un poco de hielo.
-          —Ojalá estuviera llorando por el puñetazo.
-         — ¿Y entonces por qué lloras?
-         — ¿No crees que es peligroso acercarse a un desconocido a estas horas de la noche?

Cada vez se sentía más intrigada por saber su historia. El brillo de las estrellas apuntaba a aquellos hipnotizantes ojos azules. Aquel día comprobó que los ojos son el espejo del alma. Vio en ellos la más completa y absoluta de las derrotas.

Saborearon esos minutos de silencio. Él entonces se levantó y dejó caer el papel sobre el regazo de aquella chica. Ni siquiera dijo adiós.

Cuando desdobló el papel y lo leyó, lloró. Lloró por dos motivos. Era la carta de amor más hermosa que jamás había leído. Probablemente no volvería a ver a aquel hombre. Jamás.

Él se alejó dando tumbos y ni una sola vez echó la vista atrás. Ahí dejó el manifiesto de sus sentimientos en las manos del destinatario equivocado. Un destinatario al que, sin merecer ni un rasguño, se le abrió una cicatriz en el corazón que ni todos los puntos del hospital podrían suturar.

Por Juan Antonio Latorre.