El primer beso de Bruno con Natalia fue memorable. Tras un
paseo nocturno por los bosques de hojas azules, se pararon al borde de un lago
que parecía una sopa de estrellas. Bruno cogió las manos de su tesoro, escuchó
el silencio unos segundos y le recitó uno de los poemas que había escrito para
ella. Uno de esos poemas que ni siquiera tienes que esforzarte en pensar. Uno
de esos poemas en los que la mano no te la maneja el cerebro, sino el alma.
Mientras pronunciaba el último y glorioso verso, posó las manos en su cintura,
y tras decir la última palabra, la besó.
Los labios de Bruno arroparon el labio inferior de Natalia.
Sus manos rodearon su cintura y la apretaron firmemente contra él. Sintió su
cuerpo por completo y notó un escalofrío en las manos y en las piernas. Sus
labios se separaron unos centímetros y sonrieron. Bruno la besó en la frente
con ternura y se fundieron en un abrazo que duró varios minutos. Unos minutos
en los que no hizo falta hablar nada, porque sus cuerpos, sus ojos y sus
ardientes corazones ya lo decían todo.
Bruno preparó una sorpresa muy especial para pedirle
matrimonio a Natalia. La llevó a la playa en la que ella solía veranear con su
familia cuando era pequeña, de la que guardaba los mejores recuerdos de su
niñez. Ahí, en la fina y suave arena, un camino hecho a base de pétalos de lila
la condujo a una pequeña caja enterrada en la que se encontraba un anillo de
zafiros. En unos altavoces sonaba La vie en rose, su canción favorita, y si
alzaba la vista veía romper las olas rojas de aquel mar de azúcar. Bruno la
cogió de la cintura por detrás y le susurró en el oído ‘’te amo’’ por primera
vez.
Desde aquel primer beso inolvidable, Bruno disfrutó de cada
minuto junto a Natalia. Disfrutó de cada paseo cogidos de la mano, de cada ‘’buenos
días, cariño’’, de cada beso de buenas noches, de cada pelea, de cada tarde
tumbados en el césped, de cada película, de cada poema y de cada amanecer que
vieron abrazados. Disfrutó de cada segundo de gloria que le regaló su ángel, y
entonces llegó el día en el que Natalia se quedó embarazada. Y, cuando Bruno
imaginó que algún día sostendría entre sus brazos el mayor regalo que le podía
hacer su amada, en ese preciso instante, lloró de felicidad por primera vez en
su vida.
Y de repente, abrió los ojos. Le despertó el sonido del
claxon de un coche. Se encontraba en su lujoso apartamento en el centro de
Madrid. Notó un pinchazo en la boca del estómago y no podía creer lo que había
sucedido. Mejor dicho, no quería creerlo. Había sido un sueño.
Cada mañana se derrumbaba al desayunar solo, sin escuchar a
Natalia tarareando La vie en rose. Echaba de menos su pelo, su voz, la mirada
tan tierna que se le dibujaba mientras sonreía, sus abrazos, sus historias y,
sobre todo, sus besos. Era tal la desesperación de Bruno, que llegó incluso a
perder la cabeza. No quería estar con ninguna mujer porque lo consideraba una
infidelidad a Natalia. Pasó años solo, recordando esos besos de algodón de
azúcar. Cada noche intentaba concentrarse para volver a soñar con ella, para
volver a sentir el roce de su piel y el de sus labios... Y es que, en alguna
parte de su cabeza, Bruno estaba convencido de que Natalia existía, que la
volvería a encontrar en otro sueño y que volvería a pasar otra vida junto a
ella. Para Bruno la vida real estaba en los sueños.
Se volvió un hombre cada vez más ausente, viviendo
enfrascado en los recuerdos que tenía de aquella otra vida y con la vaga esperanza
de volver a encontrarla cada noche. Y era esa esperanza lo único que le
permitía seguir adelante viviendo esa pesadilla que otros se atrevían a llamar
vida. Un sabio dijo una vez que la más cruel y dolorosa de las muertes, es la
muerte por imaginación, y Bruno la estaba probando en forma de lenta y
agonizante tortura.
Cada vez recordaba peor su cara. El paso de los años se
llevaba cada vez más rápido el recuerdo de cada beso. Bruno se estaba volviendo
loco intentando no olvidar cada detalle, pero era imposible. Fue una mañana de
abril cuando Bruno salió a trabajar y le atropelló un coche.
Mientras agonizaba en el suelo, cerró los ojos y volvió a
recordar mejor que nunca. Dicen que antes de morir pasa la vida ante nuestros
ojos, y a Bruno le pasaron únicamente los flashbacks de aquel sueño. Fue en ese
momento cuando comprendió que ese recuerdo tan vivo era lo más cerca que
volvería a estar de Natalia, y entonces, sonrió.
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