14 de septiembre de 2014

La vida de Bruno.

El primer beso de Bruno con Natalia fue memorable. Tras un paseo nocturno por los bosques de hojas azules, se pararon al borde de un lago que parecía una sopa de estrellas. Bruno cogió las manos de su tesoro, escuchó el silencio unos segundos y le recitó uno de los poemas que había escrito para ella. Uno de esos poemas que ni siquiera tienes que esforzarte en pensar. Uno de esos poemas en los que la mano no te la maneja el cerebro, sino el alma. Mientras pronunciaba el último y glorioso verso, posó las manos en su cintura, y tras decir la última palabra, la besó.
Los labios de Bruno arroparon el labio inferior de Natalia. Sus manos rodearon su cintura y la apretaron firmemente contra él. Sintió su cuerpo por completo y notó un escalofrío en las manos y en las piernas. Sus labios se separaron unos centímetros y sonrieron. Bruno la besó en la frente con ternura y se fundieron en un abrazo que duró varios minutos. Unos minutos en los que no hizo falta hablar nada, porque sus cuerpos, sus ojos y sus ardientes corazones ya lo decían todo.

Bruno preparó una sorpresa muy especial para pedirle matrimonio a Natalia. La llevó a la playa en la que ella solía veranear con su familia cuando era pequeña, de la que guardaba los mejores recuerdos de su niñez. Ahí, en la fina y suave arena, un camino hecho a base de pétalos de lila la condujo a una pequeña caja enterrada en la que se encontraba un anillo de zafiros. En unos altavoces sonaba La vie en rose, su canción favorita, y si alzaba la vista veía romper las olas rojas de aquel mar de azúcar. Bruno la cogió de la cintura por detrás y le susurró en el oído ‘’te amo’’ por primera vez.

Desde aquel primer beso inolvidable, Bruno disfrutó de cada minuto junto a Natalia. Disfrutó de cada paseo cogidos de la mano, de cada ‘’buenos días, cariño’’, de cada beso de buenas noches, de cada pelea, de cada tarde tumbados en el césped, de cada película, de cada poema y de cada amanecer que vieron abrazados. Disfrutó de cada segundo de gloria que le regaló su ángel, y entonces llegó el día en el que Natalia se quedó embarazada. Y, cuando Bruno imaginó que algún día sostendría entre sus brazos el mayor regalo que le podía hacer su amada, en ese preciso instante, lloró de felicidad por primera vez en su vida.

Y de repente, abrió los ojos. Le despertó el sonido del claxon de un coche. Se encontraba en su lujoso apartamento en el centro de Madrid. Notó un pinchazo en la boca del estómago y no podía creer lo que había sucedido. Mejor dicho, no quería creerlo. Había sido un sueño.
Cada mañana se derrumbaba al desayunar solo, sin escuchar a Natalia tarareando La vie en rose. Echaba de menos su pelo, su voz, la mirada tan tierna que se le dibujaba mientras sonreía, sus abrazos, sus historias y, sobre todo, sus besos. Era tal la desesperación de Bruno, que llegó incluso a perder la cabeza. No quería estar con ninguna mujer porque lo consideraba una infidelidad a Natalia. Pasó años solo, recordando esos besos de algodón de azúcar. Cada noche intentaba concentrarse para volver a soñar con ella, para volver a sentir el roce de su piel y el de sus labios... Y es que, en alguna parte de su cabeza, Bruno estaba convencido de que Natalia existía, que la volvería a encontrar en otro sueño y que volvería a pasar otra vida junto a ella. Para Bruno la vida real estaba en los sueños.
Se volvió un hombre cada vez más ausente, viviendo enfrascado en los recuerdos que tenía de aquella otra vida y con la vaga esperanza de volver a encontrarla cada noche. Y era esa esperanza lo único que le permitía seguir adelante viviendo esa pesadilla que otros se atrevían a llamar vida. Un sabio dijo una vez que la más cruel y dolorosa de las muertes, es la muerte por imaginación, y Bruno la estaba probando en forma de lenta y agonizante tortura.
Cada vez recordaba peor su cara. El paso de los años se llevaba cada vez más rápido el recuerdo de cada beso. Bruno se estaba volviendo loco intentando no olvidar cada detalle, pero era imposible. Fue una mañana de abril cuando Bruno salió a trabajar y le atropelló un coche.

Mientras agonizaba en el suelo, cerró los ojos y volvió a recordar mejor que nunca. Dicen que antes de morir pasa la vida ante nuestros ojos, y a Bruno le pasaron únicamente los flashbacks de aquel sueño. Fue en ese momento cuando comprendió que ese recuerdo tan vivo era lo más cerca que volvería a estar de Natalia, y entonces, sonrió.

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