30 de diciembre de 2014

UNOS PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO.



Me propongo cuidar más a mis amigos y recuperar a los que un día perdí. Ellos son la familia que yo elegí tener. Me propongo vivir con ellos muchas más de esas aventuras que se recuerdan siempre con una sonrisa y que algún día espero compartir con mis nietos.

Me propongo estrechar lazos con mis padres y pasar más tiempo con ellos, o lo lamentaré el día en que no estén.

Me propongo no esperar a que sea Nochebuena para organizar una comida con mi familia. Me propongo comer con ellos un día soleado cualquiera, sin que el sargento calendario me ordene hacerlo como parte de su estricto plan.

Me propongo cuidar mi cuerpo hasta el punto de que el escurridizo corazón siga latiendo, como mínimo, hasta los cien años. Propongo cuidar mi cuerpo hasta el punto de que si la doncella de capucha negra me lleva, no sea culpa mía.

Me propongo amar la vida con locura. Me propongo cambiar el mundo. Y no me refiero al mundo que sale en la tele. Me propongo cambiar el mundo de las personas que me rodean a base de hacerlas felices. Me propongo dejar MI mundo mejor de como lo dejé en 2014.

Me propongo acercarme más a ELLA, y trabajar el camino de tierra que me lleva hasta las autopistas en dirección a las nubes.

Me propongo invertir menos dinero en teléfonos móviles, y más dinero en la gente que no tiene para comer. Propongo cumplir aquello que un día leí: ‘’Vive sencillamente, para que otros, sencillamente, vivan’’.

Me propongo leer mucho más. Propongo bañarme en piscinas de libros, cuyo jugo es el único capaz de quitar las vendas de los ojos de la sociedad.



Me propongo cumplir, al menos, la mitad de estos propósitos. Y, sobre todo, me propongo no esperar un año para renovarlos. Me propongo no esperar a que un calendario me diga cuándo cambiar o cuándo revisar mi comportamiento. Me propongo no esperar al lunes, ni al 2015, ni a nadie para empezar a ser mejor persona. Me propongo hacer autocrítica y renovar cada poco tiempo mis propósitos en la vida.
Me propongo empezar a cambiar en cuanto escriba punto y final a esta carta, porque el cambio no está detrás de un calendario, sino detrás de nuestros corazones. No dejemos de superarnos como personas siempre que tengamos la oportunidad de hacerlo, y esa oportunidad es el ahora.

Feliz Año Nuevo. Asuntos de filólogo.


Juan Antonio Latorre.

21 de diciembre de 2014

MI BESO DE AÑO NUEVO (Relato corto).

Faltaban solo unas horas para año nuevo. Estábamos todos en casa del socio de mi padre. Unas treinta personas (entre las dos familias) hablaban y reían mientras picábamos algo antes de la cena. Recuerdo que le pedí a mi padre un sorbo de vino. Él me miró con ternura y dijo:

   — Vale, pero que no se entere tu madre.

Tras dar aquel trago de vino (que me supo horrible) volví al corro en el que estaban mis primos, que por aquel entonces tenían 15 o 16 años, si no recuerdo mal. Como era el pequeño (yo acababa de cumplir los 11 años) me llamaban Ratita. Ese día, en lugar de discutir acaloradamente sobre fútbol (como solía hacer con mis primos), me encontraba completamente distraído. Mi atención estaba totalmente centrada en ella.
Ella era un año más mayor que yo, lo cual era una gran barrera a esa edad. Sin embargo, me sentía tan atraído por su mirada, que pasé por alto todos los prejuicios y le lancé una sonrisa. Ella, que se encontraba también con sus primas, me miró fijamente a los ojos y me devolvió la sonrisa. Aunque ya han pasado veinte años, recuerdo aquel instante como si fuera ayer, porque esa fue la primera vez que sentí corriendo por mis venas el líquido del amor.
Echo de menos esa sensación. No hay sentimiento más placentero que el amor infantil. Recuerdo que mi madre me dijo en más de una ocasión: ‘’Eres un niño, no sabes lo que es el amor’’. Yo creo que la capacidad de amar se deteriora con el paso de los años. No busco una mujer perfecta, ni alguien con quien hablar de todo, y ni tan siquiera alguien por quien haría cualquier cosa. Busco a una mujer que me haga sentir niño otra vez.

Tras jugar con ella al escondite un rato, nos sentamos a charlar en la cocina, donde solo estábamos nosotros. Fue allí donde cogí su mano por primera vez. Es curioso recordar cómo viajó mi cabeza millones de kilómetros por tan solo aquello. Lo que hoy en día no consigue darme el sexo, hace veinte años me lo dio un simple contacto de manos.
Los minutos después, en los que seguimos hablando cogidos de la mano, recuerdo vivirlos con una paz increíble. Cuando me miraba a los ojos y a la vez sonreía, me sentía flotando de una manera que he sido incapaz de experimentar como adulto.

En el momento de las campanadas, conseguimos escaparnos al patio, donde nos pusimos a mirar el cielo, y disfrutamos del silencio unos instantes. Fue un silencio realmente dulce, porque los dos sabíamos perfectamente lo que venía después.
Mientras escuchábamos a todos gritar ‘’¡Feliz año nuevo!’’, dimos nuestro primer beso. Nunca llegué a saber si para ella también fue el primero de su vida. Tampoco llegué a saber si, al igual que lo fue para mí, fue el mejor de su vida. Mi madre irrumpió en el patio y me sacó de allí dándome collejas y llamándome insensato. Una discusión por motivos económicos hizo que varios días después mi padre rompiera las relaciones con su socio, y como resultado, yo nunca más volví a saber de Miriam.
Ese amor infantil marcó un listón que ningún otro pudo igualar. Quizás no fue gracias a Miriam. Quizás fue cosa de la edad. Quizás un niño, con la inocencia y la ilusión que rebosa, siempre será capaz de querer y sentir más que un adulto con hipoteca, empleo e ilusión cero.

Hace dos días me encontré con Miriam en la calle. Nos dimos un amigable abrazo y nos contamos de manera resumida qué había sido de nuestras vidas. Como ella tenía prisa para llegar al trabajo, me dio su teléfono y acordamos vernos este fin de semana para ponernos al día.

No sé si tiene pareja y estoy interpretando mal sus señales. Ni siquiera sé si se dio cuenta de que se me paró el corazón unos instantes cuando me miró y me sonrió, veinte años después. No tengo la menor idea de si tengo alguna posibilidad de repetir aquel beso inolvidable.
Aun así, es hora de flotar y sentirme niño otra vez, aunque la realidad de su vida me pueda impedir aguantar suspendido por mucho tiempo. Así que... vamos allá. Voy a coger el teléfono.

14 de diciembre de 2014

PAPÁ... ¿POR QUÉ SOMOS LECTORES? (Artículo de opinión).

Eso digo yo. ¿Para qué leer? Según parece, la gente con dos dedos de frente consagra su vida a la ciencia y la tecnología. Según parece, hoy en día ya nadie necesita una novela.

Quizás por esa razón hemos llegado a esto. Hemos llegado a una sociedad cuya mayor preocupación es tener muchos amigos en Facebook. Una sociedad en la que las relaciones sociales se hacen por medio de un teclado, y en la que cuando quedas con un amigo, en vez de hablar con él, te dedicas a contestar los whatsapps que te envía otro. Hace no mucho tiempo, vi a una pareja en un banco cercano a Plaza España. El chico estaba contestando mensajitos del móvil y la chica haciéndose selfies, y sentí verdadera lástima por ellos. Sentí lástima de que, teniéndose el uno al otro, se dedicaran a ser esclavos de la tecnología en vez de ser reclutas de sus emociones.

A lo mejor no nos hemos dado cuenta de lo que ha pasado. Mientras en un tiempo no muy lejano la gente salía a la calle y se rebelaba para luchar por sus derechos, hoy en día la gran masa está aletargada, leyendo tweets y creyéndose rebelde por escribir alguno desafiante.

Y yo me pregunto, ¿es esto necesario? ¿Nos hace falta más progreso tecnológico y científico? Y ojo, no me refiero a los progresos orientados a la salud. Me refiero a iPhones, ordenadores, televisores de última generación, o cualquier cacharro estúpido que se ponga de moda. ¿De verdad necesitamos más? Yo mismo os responderé: No. Sin embargo, es la manera más fácil de controlar a las masas. Es la forma más efectiva de que todos sigamos siendo las ovejas buenas del rebaño, un rebaño en el que la definición de felicidad en vez de ser una decisión individual e independiente, está marcada por la publicidad. Ha llegado el día en el que la tecnología se ha convertido en el opio del pueblo.

 Y volviendo al tema de la salud, estoy seguro de que hay muchas más curas creadas de las que podemos imaginar, solo que da mucho más dinero tratar una enfermedad eternamente, que curarla en un día. Aun así, a nosotros nos vale con poner algún Tweet criticando el sistema, o incluso a un político. ¿Y sabéis qué? Ya es hora de que nos quitemos las máscaras: los políticos que tanto nos atrevemos a criticar son el espejo del pueblo. Estoy seguro de que más de la mitad de los ciudadanos que no se dedican hoy a la política, aceptarían algún sobresueldo si ostentaran algún cargo. Y es que, nos hemos centrado tanto en el progreso científico y tecnológico, que hemos llegado al punto de olvidar lo que de verdad importa. Hoy en día estamos en la sociedad de los ANALFABETOS MORALES.


¿Habéis estudiado historia alguna vez? ¿Cómo se produjeron los cambios de ciclo en la historia? ¿Dónde nacieron? Os diré de dónde: todos los grandes cambios sociales de la historia nacen de un cambio en la ética y la moral humana. Y que no os engañen, eso no se difunde con la ciencia. Eso se difunde a través del arte. La música, la pintura y, sobre todo, la escritura, es lo que permiten difundir los valores morales necesarios para un cambio social. Una buena novela, como bien decía mi profesora de literatura, no es una simple anécdota. Una novela es una obra de arte cuyo autor escribe por una razón, por un propósito moral. Una buena novela es aquella que te hace cambiar a nivel ético, o al menos te hace replantear tus valores. ¿Qué pensarían John Locke o Aristóteles de lo que se está haciendo hoy con la literatura?

Creo que la escritura es el arma más poderosa para cambiar la mente humana, y es lo que más nos hace falta hoy en día. Necesitamos filósofos y pensadores que nos hagan replantearnos el vertedero moral que hemos creado. Que no os engañen los medios de comunicación: ya no hace falta más progreso tecnológico. Me río de los drogadictos de la ciencia que siguen empeñados en crear máquinas nuevas, cuando lo único que necesitamos moldear hoy en día son nuestras emociones.

Todo cambio moral que desencadena una revolución social, viene marcado por el arte. Y es eso lo que hoy necesitamos urgentemente. Así que deja el puto móvil un rato, y coge un buen libro. O… incluso mejor: escribe uno. 

7 de diciembre de 2014

RELATO CORTO.

Tercer café en el turno. Y sólo eran las nueve. “Extra de azúcar, por favor…”.

Necesitaba que alguien la sacara de allí, que alguien la llevara lejos y le explicase que había vida más allá de aquellos cables, de aquellas bombas y aquellas vías mal cogidas, que existía mucho más al otro lado de los muros del hospital. Necesitaba alguien que le llenase de aire los pulmones, alguien que impulsase la sangre que corría por sus venas y arterias, alguien que vaciase su corazón de todo aquello que le hacía daño y lo llenase de flores, mariposas y sueños de chocolate. Alguien que endulzase su vida, como ella endulzaba el café cada mañana en la planta.

Se sentó entre las diminutas cunas en las que Lucía y Fernando luchaban por sobrevivir, por abrir un día los ojos, por sonreír. No podía imaginar a nadie más fuerte que sus dos pequeñines, nadie con los puños más apretados para no dejar a su vida escaparse de entre sus manos. No podía imaginar a nadie tan fuerte, hasta que se conoció a sí misma.

Cada mañana jugaba con las figuritas de madera que adornaban su bolsillo del pijama mientras observaba por el rabillo del ojo a sus chiquitines, y les leía historias de príncipes sobre corceles blancos que rescataban a princesas encerradas en lo más alto de las torres. Cada día agarraba firmemente las manitas de aquellos dos diminutos héroes para luego dejarlas caer, suavemente, entre sus dedos. Cada mañana repasaba la lista de niños que había visto irse de aquellas incubadoras, con vida o sin ella, rumbo a un lugar mil veces mejor, y ansiaba encontrar para sí misma un lugar similar, un rincón del universo en que disfrutar de cada instante como aquellos bebés que cuidaba harían cuando tuviesen ocasión.

Así cada día, hasta que se quedó sin historias que contar a sus minúsculos pacientes y sus papás, y decidió empezar una nueva historia desde cero: la suya propia. Ese mismo día comenzó, comprendiendo que la única a la que necesitaba para descubrir la vida más allá de aquellas paredes era ella misma, y los siguientes prometió a sus dos protegidos que nunca más esperaría a que nadie se la llevase lejos, sino que ella aprendería a guiarse hasta las salidas; que no buscaría el amor si él no la buscaba a ella, ni esperaría al gallardo príncipe que en principio le correspondía; que nadie, jamás, tendría que insuflarle el aire en los pulmones, pues ella pondría todo su empeño en respirar por sí misma; que la sangre que recorría su cuerpo merecía bailar y recrearse en su propia vida; y que el único azúcar que ella no podría aportar a su día a día sería el que echaba, en tres cucharillas, a los cafés entre el desayuno y el mediodía.

Porque no había nadie tan fuerte como ella. Nadie capaz de aportar luz a tantas vidas como ella hacía. Nadie digno de vivir su vida por ella. Nadie que la conociera como ahora se conocía.

Eso, al menos hasta que llegó él…

Por Sara Núñez.