30 de diciembre de 2014

UNOS PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO.



Me propongo cuidar más a mis amigos y recuperar a los que un día perdí. Ellos son la familia que yo elegí tener. Me propongo vivir con ellos muchas más de esas aventuras que se recuerdan siempre con una sonrisa y que algún día espero compartir con mis nietos.

Me propongo estrechar lazos con mis padres y pasar más tiempo con ellos, o lo lamentaré el día en que no estén.

Me propongo no esperar a que sea Nochebuena para organizar una comida con mi familia. Me propongo comer con ellos un día soleado cualquiera, sin que el sargento calendario me ordene hacerlo como parte de su estricto plan.

Me propongo cuidar mi cuerpo hasta el punto de que el escurridizo corazón siga latiendo, como mínimo, hasta los cien años. Propongo cuidar mi cuerpo hasta el punto de que si la doncella de capucha negra me lleva, no sea culpa mía.

Me propongo amar la vida con locura. Me propongo cambiar el mundo. Y no me refiero al mundo que sale en la tele. Me propongo cambiar el mundo de las personas que me rodean a base de hacerlas felices. Me propongo dejar MI mundo mejor de como lo dejé en 2014.

Me propongo acercarme más a ELLA, y trabajar el camino de tierra que me lleva hasta las autopistas en dirección a las nubes.

Me propongo invertir menos dinero en teléfonos móviles, y más dinero en la gente que no tiene para comer. Propongo cumplir aquello que un día leí: ‘’Vive sencillamente, para que otros, sencillamente, vivan’’.

Me propongo leer mucho más. Propongo bañarme en piscinas de libros, cuyo jugo es el único capaz de quitar las vendas de los ojos de la sociedad.



Me propongo cumplir, al menos, la mitad de estos propósitos. Y, sobre todo, me propongo no esperar un año para renovarlos. Me propongo no esperar a que un calendario me diga cuándo cambiar o cuándo revisar mi comportamiento. Me propongo no esperar al lunes, ni al 2015, ni a nadie para empezar a ser mejor persona. Me propongo hacer autocrítica y renovar cada poco tiempo mis propósitos en la vida.
Me propongo empezar a cambiar en cuanto escriba punto y final a esta carta, porque el cambio no está detrás de un calendario, sino detrás de nuestros corazones. No dejemos de superarnos como personas siempre que tengamos la oportunidad de hacerlo, y esa oportunidad es el ahora.

Feliz Año Nuevo. Asuntos de filólogo.


Juan Antonio Latorre.

21 de diciembre de 2014

MI BESO DE AÑO NUEVO (Relato corto).

Faltaban solo unas horas para año nuevo. Estábamos todos en casa del socio de mi padre. Unas treinta personas (entre las dos familias) hablaban y reían mientras picábamos algo antes de la cena. Recuerdo que le pedí a mi padre un sorbo de vino. Él me miró con ternura y dijo:

   — Vale, pero que no se entere tu madre.

Tras dar aquel trago de vino (que me supo horrible) volví al corro en el que estaban mis primos, que por aquel entonces tenían 15 o 16 años, si no recuerdo mal. Como era el pequeño (yo acababa de cumplir los 11 años) me llamaban Ratita. Ese día, en lugar de discutir acaloradamente sobre fútbol (como solía hacer con mis primos), me encontraba completamente distraído. Mi atención estaba totalmente centrada en ella.
Ella era un año más mayor que yo, lo cual era una gran barrera a esa edad. Sin embargo, me sentía tan atraído por su mirada, que pasé por alto todos los prejuicios y le lancé una sonrisa. Ella, que se encontraba también con sus primas, me miró fijamente a los ojos y me devolvió la sonrisa. Aunque ya han pasado veinte años, recuerdo aquel instante como si fuera ayer, porque esa fue la primera vez que sentí corriendo por mis venas el líquido del amor.
Echo de menos esa sensación. No hay sentimiento más placentero que el amor infantil. Recuerdo que mi madre me dijo en más de una ocasión: ‘’Eres un niño, no sabes lo que es el amor’’. Yo creo que la capacidad de amar se deteriora con el paso de los años. No busco una mujer perfecta, ni alguien con quien hablar de todo, y ni tan siquiera alguien por quien haría cualquier cosa. Busco a una mujer que me haga sentir niño otra vez.

Tras jugar con ella al escondite un rato, nos sentamos a charlar en la cocina, donde solo estábamos nosotros. Fue allí donde cogí su mano por primera vez. Es curioso recordar cómo viajó mi cabeza millones de kilómetros por tan solo aquello. Lo que hoy en día no consigue darme el sexo, hace veinte años me lo dio un simple contacto de manos.
Los minutos después, en los que seguimos hablando cogidos de la mano, recuerdo vivirlos con una paz increíble. Cuando me miraba a los ojos y a la vez sonreía, me sentía flotando de una manera que he sido incapaz de experimentar como adulto.

En el momento de las campanadas, conseguimos escaparnos al patio, donde nos pusimos a mirar el cielo, y disfrutamos del silencio unos instantes. Fue un silencio realmente dulce, porque los dos sabíamos perfectamente lo que venía después.
Mientras escuchábamos a todos gritar ‘’¡Feliz año nuevo!’’, dimos nuestro primer beso. Nunca llegué a saber si para ella también fue el primero de su vida. Tampoco llegué a saber si, al igual que lo fue para mí, fue el mejor de su vida. Mi madre irrumpió en el patio y me sacó de allí dándome collejas y llamándome insensato. Una discusión por motivos económicos hizo que varios días después mi padre rompiera las relaciones con su socio, y como resultado, yo nunca más volví a saber de Miriam.
Ese amor infantil marcó un listón que ningún otro pudo igualar. Quizás no fue gracias a Miriam. Quizás fue cosa de la edad. Quizás un niño, con la inocencia y la ilusión que rebosa, siempre será capaz de querer y sentir más que un adulto con hipoteca, empleo e ilusión cero.

Hace dos días me encontré con Miriam en la calle. Nos dimos un amigable abrazo y nos contamos de manera resumida qué había sido de nuestras vidas. Como ella tenía prisa para llegar al trabajo, me dio su teléfono y acordamos vernos este fin de semana para ponernos al día.

No sé si tiene pareja y estoy interpretando mal sus señales. Ni siquiera sé si se dio cuenta de que se me paró el corazón unos instantes cuando me miró y me sonrió, veinte años después. No tengo la menor idea de si tengo alguna posibilidad de repetir aquel beso inolvidable.
Aun así, es hora de flotar y sentirme niño otra vez, aunque la realidad de su vida me pueda impedir aguantar suspendido por mucho tiempo. Así que... vamos allá. Voy a coger el teléfono.

14 de diciembre de 2014

PAPÁ... ¿POR QUÉ SOMOS LECTORES? (Artículo de opinión).

Eso digo yo. ¿Para qué leer? Según parece, la gente con dos dedos de frente consagra su vida a la ciencia y la tecnología. Según parece, hoy en día ya nadie necesita una novela.

Quizás por esa razón hemos llegado a esto. Hemos llegado a una sociedad cuya mayor preocupación es tener muchos amigos en Facebook. Una sociedad en la que las relaciones sociales se hacen por medio de un teclado, y en la que cuando quedas con un amigo, en vez de hablar con él, te dedicas a contestar los whatsapps que te envía otro. Hace no mucho tiempo, vi a una pareja en un banco cercano a Plaza España. El chico estaba contestando mensajitos del móvil y la chica haciéndose selfies, y sentí verdadera lástima por ellos. Sentí lástima de que, teniéndose el uno al otro, se dedicaran a ser esclavos de la tecnología en vez de ser reclutas de sus emociones.

A lo mejor no nos hemos dado cuenta de lo que ha pasado. Mientras en un tiempo no muy lejano la gente salía a la calle y se rebelaba para luchar por sus derechos, hoy en día la gran masa está aletargada, leyendo tweets y creyéndose rebelde por escribir alguno desafiante.

Y yo me pregunto, ¿es esto necesario? ¿Nos hace falta más progreso tecnológico y científico? Y ojo, no me refiero a los progresos orientados a la salud. Me refiero a iPhones, ordenadores, televisores de última generación, o cualquier cacharro estúpido que se ponga de moda. ¿De verdad necesitamos más? Yo mismo os responderé: No. Sin embargo, es la manera más fácil de controlar a las masas. Es la forma más efectiva de que todos sigamos siendo las ovejas buenas del rebaño, un rebaño en el que la definición de felicidad en vez de ser una decisión individual e independiente, está marcada por la publicidad. Ha llegado el día en el que la tecnología se ha convertido en el opio del pueblo.

 Y volviendo al tema de la salud, estoy seguro de que hay muchas más curas creadas de las que podemos imaginar, solo que da mucho más dinero tratar una enfermedad eternamente, que curarla en un día. Aun así, a nosotros nos vale con poner algún Tweet criticando el sistema, o incluso a un político. ¿Y sabéis qué? Ya es hora de que nos quitemos las máscaras: los políticos que tanto nos atrevemos a criticar son el espejo del pueblo. Estoy seguro de que más de la mitad de los ciudadanos que no se dedican hoy a la política, aceptarían algún sobresueldo si ostentaran algún cargo. Y es que, nos hemos centrado tanto en el progreso científico y tecnológico, que hemos llegado al punto de olvidar lo que de verdad importa. Hoy en día estamos en la sociedad de los ANALFABETOS MORALES.


¿Habéis estudiado historia alguna vez? ¿Cómo se produjeron los cambios de ciclo en la historia? ¿Dónde nacieron? Os diré de dónde: todos los grandes cambios sociales de la historia nacen de un cambio en la ética y la moral humana. Y que no os engañen, eso no se difunde con la ciencia. Eso se difunde a través del arte. La música, la pintura y, sobre todo, la escritura, es lo que permiten difundir los valores morales necesarios para un cambio social. Una buena novela, como bien decía mi profesora de literatura, no es una simple anécdota. Una novela es una obra de arte cuyo autor escribe por una razón, por un propósito moral. Una buena novela es aquella que te hace cambiar a nivel ético, o al menos te hace replantear tus valores. ¿Qué pensarían John Locke o Aristóteles de lo que se está haciendo hoy con la literatura?

Creo que la escritura es el arma más poderosa para cambiar la mente humana, y es lo que más nos hace falta hoy en día. Necesitamos filósofos y pensadores que nos hagan replantearnos el vertedero moral que hemos creado. Que no os engañen los medios de comunicación: ya no hace falta más progreso tecnológico. Me río de los drogadictos de la ciencia que siguen empeñados en crear máquinas nuevas, cuando lo único que necesitamos moldear hoy en día son nuestras emociones.

Todo cambio moral que desencadena una revolución social, viene marcado por el arte. Y es eso lo que hoy necesitamos urgentemente. Así que deja el puto móvil un rato, y coge un buen libro. O… incluso mejor: escribe uno. 

7 de diciembre de 2014

RELATO CORTO.

Tercer café en el turno. Y sólo eran las nueve. “Extra de azúcar, por favor…”.

Necesitaba que alguien la sacara de allí, que alguien la llevara lejos y le explicase que había vida más allá de aquellos cables, de aquellas bombas y aquellas vías mal cogidas, que existía mucho más al otro lado de los muros del hospital. Necesitaba alguien que le llenase de aire los pulmones, alguien que impulsase la sangre que corría por sus venas y arterias, alguien que vaciase su corazón de todo aquello que le hacía daño y lo llenase de flores, mariposas y sueños de chocolate. Alguien que endulzase su vida, como ella endulzaba el café cada mañana en la planta.

Se sentó entre las diminutas cunas en las que Lucía y Fernando luchaban por sobrevivir, por abrir un día los ojos, por sonreír. No podía imaginar a nadie más fuerte que sus dos pequeñines, nadie con los puños más apretados para no dejar a su vida escaparse de entre sus manos. No podía imaginar a nadie tan fuerte, hasta que se conoció a sí misma.

Cada mañana jugaba con las figuritas de madera que adornaban su bolsillo del pijama mientras observaba por el rabillo del ojo a sus chiquitines, y les leía historias de príncipes sobre corceles blancos que rescataban a princesas encerradas en lo más alto de las torres. Cada día agarraba firmemente las manitas de aquellos dos diminutos héroes para luego dejarlas caer, suavemente, entre sus dedos. Cada mañana repasaba la lista de niños que había visto irse de aquellas incubadoras, con vida o sin ella, rumbo a un lugar mil veces mejor, y ansiaba encontrar para sí misma un lugar similar, un rincón del universo en que disfrutar de cada instante como aquellos bebés que cuidaba harían cuando tuviesen ocasión.

Así cada día, hasta que se quedó sin historias que contar a sus minúsculos pacientes y sus papás, y decidió empezar una nueva historia desde cero: la suya propia. Ese mismo día comenzó, comprendiendo que la única a la que necesitaba para descubrir la vida más allá de aquellas paredes era ella misma, y los siguientes prometió a sus dos protegidos que nunca más esperaría a que nadie se la llevase lejos, sino que ella aprendería a guiarse hasta las salidas; que no buscaría el amor si él no la buscaba a ella, ni esperaría al gallardo príncipe que en principio le correspondía; que nadie, jamás, tendría que insuflarle el aire en los pulmones, pues ella pondría todo su empeño en respirar por sí misma; que la sangre que recorría su cuerpo merecía bailar y recrearse en su propia vida; y que el único azúcar que ella no podría aportar a su día a día sería el que echaba, en tres cucharillas, a los cafés entre el desayuno y el mediodía.

Porque no había nadie tan fuerte como ella. Nadie capaz de aportar luz a tantas vidas como ella hacía. Nadie digno de vivir su vida por ella. Nadie que la conociera como ahora se conocía.

Eso, al menos hasta que llegó él…

Por Sara Núñez.

30 de noviembre de 2014

EL BANCO.

Bajo el árbol frondoso y de hojas cambiantes, se encuentra mi banco.

A veces me siento y, simplemente, veo pasar a la gente. Algunos caminan muy rápido, dispuestos a no perder ni un solo segundo de su ajetreada vida. En algunos momentos pienso que los que más desperdician el tiempo en la vida son los que nunca se detienen a perder un poco el tiempo.
Algunos ancianos, cuya época de andar deprisa para cumplir obligaciones parece haberse desvanecido, detienen su calmado paseo y se sientan conmigo en el banco. Todos ellos inician la conversación hablando sobre el tiempo que hace, me sonríen amigablemente y, si tengo suerte, comparten conmigo alguna remota anécdota de tiempos mejores. Eso me hace pensar en lo afortunados que somos de tener cerca a una generación tan especial como es la de nuestros abuelos, y lo poco que la aprovechamos. Reflexiono sobre que deberíamos corresponder su amabilidad, fomentar su conversación y beber de sus recuerdos, porque ni nuestra generación ni la de nuestros padres se convertirá jamás en ese grupo de abuelos amigables, para los que cualquier excusa es buena  para regalar una sonrisa. Aquellos supervivientes de la Guerra Civil se irán algún día, y echaremos de menos su humildad, sus curiosas anécdotas, sus sabios consejos y, sobre todo, los valores de respeto al prójimo que nos inculcaron de aquellos tiempos en los que la gente se relacionaba cara a cara y no a través de una pantalla.
A veces veo pasar a niños que juegan despreocupados, ignorando la suerte que tienen de ser niños. Quizás sin esa ignorancia sobre la época tan especial que viven, no podrán valorarla una vez que se haya marchitado.

Ahí lo veo todo, sentado en mi banco, escuchando el sonido que hacen al moverse con el viento las hojas del árbol, que dependiendo de los ánimos son verdes, amarillas, marrones e incluso rojas.

En el banco no solo pienso en los demás, sino también sobre mí mismo. Me inundan los recuerdos de todo aquello que he vivido allí, desde mi primer beso hasta aquellas tardes compartiendo sonrisas con mis amigos, hablando de nuestras tonterías y, si nos habían dado la paga, tomándonos una Coca-Cola. Estoy seguro de que algún día echaré de menos pasar las horas ahí sentado, hablando con esos compañeros a los que me atrevería a llamar hermanos.

Otros días, en vez de refugiarme en el pasado o en la compañía de mis seres más queridos, bajo solo y sueño con el futuro. Imagino el empleo de mis sueños, la casa de mis sueños y hasta la mujer de mis sueños, aquella que ya me hace sonreír incluso antes de haberla conocido. Un día leí que el futuro es para los que creen en la belleza de sus sueños. Qué preciosidad de frase.

Algunos días me acuerdo de los autores románticos, aquellos incomprendidos que se alejaban de la civilización e intercambiaban pensamientos con la naturaleza, bien fuese un prado, un bosque o una montaña. Siempre me he considerado un romántico tardío, perdido en una época de tecnología y falsas emociones, y sin duda ese banco bajo el árbol ha sido y siempre será mi locus amoenus.
Al igual que los románticos, a veces pienso sobre el ser humano y la falsa sensación de libertad que nos otorgan. Pienso en que somos relativamente libres, siempre y cuando no nos salgamos del escenario de ese teatro de marionetas llamado protocolo social, que nos enseña a reprimir nuestras emociones y a reírnos del que se atreve a ser diferente.
Como buen romántico, hay días en los que pienso en el amor. Me pregunté aquel siete de agosto qué sucedió para que se desgastase aquel romance. Alcé la vista y conté todas y cada una de las hojas de mi árbol a las tres de la mañana de aquella noche tan aguada, no sé si por la lluvia o por el baile de mis lágrimas.


Los días en los que me siento y no tengo nada en qué pensar, acabo reflexionando sobre el propio tiempo. Y es que, por más que me digan que lo único que hago en ese banco es perder el tiempo, yo creo que todo aquello que te haga tener algo que recordar, o algo que añorar, es tiempo bien invertido, y por eso cada día bajo y me siento en esa fábrica de relojes de oro.

Por Juan Antonio Latorre García.

16 de noviembre de 2014

ODA A LA DONCELLA DE CAPUCHA NEGRA.

¿Por qué desde pequeños nos enseñan a repudiarte?

¿Por qué, doncella de capucha negra, no hay ni un solo poema en el que tú seas la buena?



El filo de tu guadaña hace que este segundo en el que te escribo, y todos los que me sigan hasta que nos encontremos, sean especiales.

¡Qué injusto es el ser humano! Seguro que nunca nadie te dibujó hermosa. Yo no tengo un pincel, pero sí un bolígrafo con el que escribirte preciosa.



Ni Shakespeare, ni Garcilaso, ni Platón. Nadie te escribe con admiración. Yo no tengo el ángel en las manos que les acompañaba a todos ellos, pero te hago esta humilde oda, princesa esquelética, e intento sacarte sonrisas, aunque sea una sola.

¡Qué curioso! ¡Qué irónico! Todos intentan evitarte, y tú te buscarías si pudieras, pobre doncella de eterna maldición, condenada a no desaparecer nunca, a estar haciendo tu labor hasta que no quede nadie, y sin nadie que elogie tu bravura.




Y te desafío a ti, lector, que tienes esta carta entre tus manos, a que te hagas estas preguntas y dejes que corra el aire a través de la caja fuerte que es tu cerrada mente: ¿Qué tendría de especial la vida si fuera eterna? ¿Qué sería de la vida sin muerte?

Por Juan Antonio Latorre.

9 de noviembre de 2014

AMORES QUE MATAN NUNCA MUEREN (Novela por capítulos, SEGUNDA ENTREGA).

Siempre he estado acostumbrado a tener a todas las mujeres que he querido. Todas las mujeres dicen que tengo unos ojos que cuando los miran les hacen sentir que las miro el alma. Con los 17 años que tengo, nunca había quedado con una chica más de tres veces. Y no es porque fuese un capullo que me gustara enrollarme con las tías y luego pasar de ellas. Es, simplemente, porque no me hacían sentir. Ninguna mujer me ha hecho sentir algo que vaya más allá de la simple atracción sexual. Aunque siempre se me pintó como un villano, yo solo había sido una víctima emocional. Hasta hace siete meses. Hace siete meses, noté por primera vez que tenía líquido en el corazón.


La vida en el instituto era sencilla: aprobaba por los pelos sin hincar demasiado los codos, era el mejor jugador del equipo de fútbol, popular, con tanta labia que siempre era el alma de las fiestas y… ¿por qué no admitirlo? Soy muy guapo. Las chicas con las que había estado, tanto de mi curso como de otros, no se podían contar con los dedos de mis manos; y aun así, a pesar de haber estado con tantas y haber pasado de ellas inmediatamente después, seguían saludándome en los pasillos con toda la amabilidad que podían y continuaban babeando por mí tanto como como antes de que hubiese pasado de ellas, o incluso más.


¿Para qué voy a negar la realidad? Me encantaba que me deseasen. Me encantaba hablar con todas y ver cómo buscaban desesperadamente mi aprobación, una mirada cómplice o al menos una simple sonrisa. Siempre decía que si llegaba la mujer apropiada, no dudaría en dejar atrás mi golfo estilo de vida, pero hasta que ese día llegase, tenía claro que iba a disfrutar de mi soltería al máximo.


Mi mejor amigo desde la infancia se llamaba Sergio. Era, también, un chico físicamente atractivo, aunque no tanto como yo. Sin embargo, carecía de mi labia, y eso se notaba en su impacto con las mujeres. Era un chico más centrado en sus estudios, y menos centrado en ‘’darle patadas a un balón’’, tal y como él decía sobre mi afición al fútbol. Éramos inseparables. Yo daría mi vida por Sergio, y no es una expresión o una forma de hablar, es la realidad. Él ha sido mi hermano desde que estábamos en la guardería, desde mucho antes de lo que pueda recordar. Aparentemente, no viene a cuento que os hable de mi mejor amigo, pero es más importante de lo que creéis para el desarrollo de la historia. ¿Recordáis la chica de la que hablaba? La chica que me besó después de que le entregase la carta, la que me hizo sentir. ¿Sí, verdad? Pues… es su novia.





Creo que hasta aquella noche, nunca me había fijado en ella. Sabía quién era, pero nunca la había mirado con deseo. Para mí, Miriam vivía en otro mundo, a pesar de que estábamos en la misma clase. Ella era una alumna modélica que jamás se metía en problemas y yo, como ya sabéis, un caso perdido.

Miriam sacaba matrículas de honor en prácticamente todas las asignaturas, aunque nunca participaba en clase cuando pedían voluntarios. Nunca iba a los botellones que organizábamos mis amigos y yo a los que invitábamos a todo el instituto. No le daba mucha importancia a la apariencia: solía ir a clase en chándal y con una coleta mal hecha. Era el tipo de chica en la que alguien como yo nunca se fijaría.

Mientras yo malgastaba mi tiempo saliendo con las maquilladas y arregladas chicas populares de clase, ella lo empleaba en pasar desapercibida y esforzarse para poder estudiar medicina en la Universidad Complutense. En definitiva, Miriam y yo nunca nos habíamos mirado a los ojos y, por supuesto, nunca nos habíamos tomado la molestia de hablar el uno con el otro, ni falta que hacía.
Era diciembre y había terminado el primer trimestre de segundo de bachillerato, un curso terriblemente asfixiante. Sin embargo, yo había organizado una fiesta para que los cuatro grupos de segundo de bachillerato nos olvidáramos por una noche de nuestros problemas y saliéramos a pasarlo bien. Alquilamos un local entre todos, muy cerca de Plaza España, y nos fuimos a pasar la noche oyendo música, bailando… y bebiendo.


¿Qué cuál era mi objetivo de la noche? Teniendo en cuenta que ya me había enrollado con todas las chicas deseadas de bachillerato, ninguno en particular. Quizás simplemente acabaría enrollándome con la que más se lo currase a lo largo de la noche, o con la que estuviese dispuesta a llegar más lejos (espero que sepáis a lo que me refiero).
Sergio y yo habíamos hablado antes por Whatsapp y me dijo que quería presentarme a su nueva novia esa noche. Me alegró bastante que hubiese encontrado el amor, y también que quisiera compartir su alegría conmigo. Últimamente nuestra relación de amistad no había estado en su mejor momento. Él solía juntarse demasiado con los empollones, mientras que yo me juntaba con la gente popular.


Miriam sí se arregló para esa noche, y en cuanto la vi, noté un pinchazo en la boca del estómago. Dejó en el armario sus habituales chándales y los cambió por un vestido azul claro que marcaba todas y cada una de sus magníficas curvas, se dejó el pelo suelto, se pintó los ojos, los labios y hasta las uñas. Estaba preciosa. Me dio dos besos y sonrió. Yo apenas pude pronunciar un ‘’encantado de conocerte’’. No entendía la sensación que estaba experimentando.

Mientras Sergio estaba en la pista de baile, Miriam y yo tuvimos nuestra primera conversación. Yo dije:
-          —Ya es hora de que Sergio se lo pase bien una noche y se emborrache. Le hace falta- dije yo, mientras bebía de mi copa.

-         — ¿Sabes qué? No me voy a molestar en fingir que soy como tú. La gente como tú me da verdadero asco.
     — ¿Perdona?


ASUNTOS DE FILÓLOGO ES MUY INTERNACIONAL (Gracias).

Buenos días, mis queridos lectores. En breves minutos subiré el relato de hoy. No obstante, antes de eso, quería comentaros que esta página se está volviendo muy internacional. Ya hemos recibido visitas de DIEZ PAÍSES DISTINTOS, y quería agradecéroslo brevemente.

Cuando empecé con el blog, nunca pensé que iba a recibir tanto apoyo. Pensé que apenas entrarían cinco personas a ver cada entrada, y que acabaría cerrándolo por pura frustración. Sin embargo, cada una de las entradas recibe más de 100 visitas (y a veces, más de 200); y hemos tenido visitas de España, Estados Unidos, Polonia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Tailandia, Brasil, Francia e Italia.

Esto no es un ''gracias'' forzado, o por quedar bien. Estoy realmente agradecido a cada uno de vosotros. Espero que estas pequeñas historias que compartimos cada semana os entretengan y que, algunas de ellas, os emocionen. La lectura está de capa caída, y no podemos permitirlo. Espero que sigáis leyéndonos cada semana y que compartáis este blog con todas las personas que podáis.

Muchísimas gracias a todos, de verdad. Espero que tengáis una buena semana, y que disfrutéis el relato que voy a subir hoy.

¡Un abrazo para todos!

2 de noviembre de 2014

INALCANZABLE (Relato corto).

Hoy nuestra querida Sara nos trae una historia preciosa sobre dos gotitas de agua. Espero que la disfrutéis.

Como la cima de una montaña imposible, infinita. Como la orilla opuesta de un río infranqueable, lejana, distante, dorada. Los reflejos verdosos de sus ojos barridos lentamente con un suave susurro de marea baja. Como juncos de ribera, sus pestañas. Como la brisa marina en horas tempranas, su respiración calma en mi oído. Recostada sobre mi hombro su liviana cabeza. Las ondas de su pelo, envidiadas por el mismo mar de Vigo, caían espalda abajo, hebras de plata y oro, hasta rozar las oscuras aguas del canal.

                El agua corría serena, tibia, casi opaca, casi negra. Bajo el Puente de los Suspiros, un candado triste y desesperado luchaba contra el viento húmedo. Todo lo que conseguía era estrellarse contra las paredes, produciendo un dulce tintineo apenas audible al sonar las campanas de la iglesia...

                Notas dispersas de una romántica balada llegaban hasta nosotros, provenientes de una de las tantas góndolas que se adentraban por el Gran Canal para salir más adelante frente a la casa de Marco Polo. Su voz tristona acompañando a la del gondolero. El murmullo del agua a modo de base instrumental. Una botella golpeando las puertas corroídas y el sonido metálico de las cadenas repletas de candados a los lados del puente, haciendo las veces de coros. Todo tipo de sonidos avanzaban hasta nuestros oídos, abriéndose camino entre la muchedumbre, dejando de lado los gritos de los peatones, sus prisas y los flashes histéricos de sus cámaras de fotos.

                Entre estrofa y estrofa me contaba lo que a ella le parecía más importante de su historia con el ricachón de Serrano. Aquella parecía mi sentencia final. Ese chico del que hablaba era completamente diferente a mí... Pero era igual a ella. Debían de haber formado la pareja ideal en su momento. Guapa ella, guapo él, pudientes ambos, vividores de una vida aparentemente vacía de problemas, pero repleta de compromisos. Cuanto más hablaba, más me daba cuenta de mis posibilidades. Eran terriblemente escasas. Pertenecíamos a mundos drásticamente diferentes... Aunque tanto ella como yo vivíamos en la misma zona, nos movíamos en ambientes radicalmente distintos. Ella, elegante como las imponentes barcazas que pasaban próximas a nosotros y yo, mediocre y contaminado como las aguas sobre las que éstas danzaban, como el fango que, por no creer importante, pisoteaban.

                               *                                             *                                             *                                             *             
                Caóticas, desordenadas. Gotas frías, cristalinas, salían rápidas de entre las rocas. Los copos de nieve morían lentamente para dar paso a una nueva vida. Los malos recuerdos arrastrados hasta entonces se perdían en silencio para siempre en aquel lugar. La creación de un nuevo todo suponía en aquel momento un enorme esfuerzo... Litros y litros de agua surgían cada minuto. Química pura. Dos pequeñísimas gotas se unieron en una sola, un poquitín más grande, para seguir juntas su camino...

                Creando un lazo irrompible, atravesaron las más duras dificultades, juntos, sin separarse un solo instante. Un fuerte torrente de emociones amenazaba cada segundo con destruir aquella unión inquebrantable.

                Reflejos dorados en una orilla, plateados en otra. Llegaba la época más tranquila imaginable para la doble gota feliz... Los suaves cantos rodados la acariciaban, la acompañaban en sus vaivenes entre las algas, en sus aventuras entre los peces e incluso cuando parecían estar a punto de evaporarse, ayudándolas a volver a su curso tras los obstáculos del camino.

                Fuertes baches se avecinaban a cada doblez del río. Los exagerados meandros conseguían, en ocasiones, separar los polos de la gota, aunque más tarde los reunían de nuevo, con la intensidad de un maremoto. Por largos que se hicieran los días en soledad, cada vez se hacían más insoportables los días en compañía. La monotonía acechaba tras cada piedra, observando con actitud desafiante.

                Los últimos días de aquel viaje juntos se acercaban cada vez más. Las dos pequeñas gotas hacían su vida cada uno por su lado, encargado él de depositar las partículas de arena que portaba desde el comienzo de su vida, ocupada ella en mantener organizadas las corrientes. Sus momentos juntos eran cada vez menos frecuentes, y llegó el momento en que dejaron de producirse.

                El mar les esperaba con los brazos abiertos, preparada para destinarles a lugares muy diferentes. Tras un largo proceso de evaporación por separado, las gotitas se reencontraron una mañana en el anaranjado cielo del amanecer, viviendo un nuevo día juntos, felices de volver a verse, de estar de nuevo en contacto. Pero ya no existía aquella química inicial que habían tenido en un principio... Había desaparecido sin dejar rastro. Tratando de ignorar este detalle, que a ambos les pareció nimio, siguieron su camino próximos el uno al otro.


                Un día, mientras las dos gotitas ampliaban su círculo de amigos en las nubes, una fuerte descarga eléctrica las separó para siempre. Una destructora tormenta arrastró a cada gota hacia un lugar diferente, como en principio debía haber hecho el mar, enviándolo a él de nuevo a las montañas y a ella dejándola caer en mis brazos silenciosamente, en el puerto de Venecia. Y en el momento en que se precipitó hacia ellos, con gran emoción y aún mayor incredulidad por mi parte, aquella preciosa gotita de pelo largo y rizado como las olas de Brasil y yo, aquella humilde gota que hasta entonces llevaba la peor vida atravesando oscuros ríos y tenebrosas lagunas subterráneas, quedamos unidos en una nueva doble gota feliz, inquebrantable y reluciente como la que más... Como sólo una gota recién caída del cielo puede serlo.

Por Sara Núñez.

26 de octubre de 2014

PUES VENGA, HABLEMOS DEL ÉBOLA (Artículo de opinión).

Según parece, el azote del ébola ha desaparecido en España. Con ello, los medios de comunicación han dejado de bombardearnos con noticias preocupantes y, por consiguiente, ha terminado la paranoia que tenía tan preocupados a todos en nuestro país. Así pues, creo que es el momento de que desde esta página demos una opinión al respecto. Hay varios temas que quiero tratar, así que vamos allá.

En primer lugar, lo que me gustaría destacar es la hipocresía de la gente. Y no, ahora no estoy hablando solo del Gobierno. Estoy hablando de los cincuenta millones de hipócritas que tenemos en este país. En cuanto supimos del contagio de la pobre Teresa, todos los españoles empezamos a sensibilizarnos con esta enfermedad y a dar todo nuestro apoyo a las personas que la padecían, no solo a Teresa, sino a todos aquellos ciudadanos del mundo que estuvieran pasándola. Y tiene gracia, porque cuando mató a miles de personas en África a nadie le importaba. Quizás no nos sensibilizábamos con la gente que la padecía, sino que lo que nos tenía tan sensibles a la enfermedad es que la podíamos padecer cualquiera de nosotros.

Quizás sorprenda la manera en la que estoy abordando este tema. Pero, ¿qué esperabais? ¿Que hablase de la pésima gestión de la enfermedad que ha hecho el Gobierno? Me parece que eso ya lo sabemos todos y no hace falta que haga un artículo al respecto. Espero y deseo que las personas que leen este blog estén buscando algo más complejo que eso, así que volvamos al tema que tratábamos.
Como iba diciendo, a nadie le importó esta enfermedad hasta que surgió la posibilidad de que nos afectase a alguno de nosotros. Así de egoístas somos. Así de egoísta es la raza humana. No quiero decir con esto que no haya excepciones, y a todos aquellos que la sean, espero que no se sientan ofendidos porque este artículo no va para ellos.

Parece que desde el susto de Teresa, la gente se ha implicado más con esta enfermedad y ya no solo a nivel nacional, sino internacional. Me pregunto si toda esta gente es consciente de que hay enfermedades más mortales en África, y la primera de todas es la malaria. Creo que tras acontecimientos como este, es momento de hacer autocrítica y darnos cuenta de que no deberíamos comportarnos de esta manera. Debemos sensibilizarnos con todas las grandes enfermedades que matan a miles de personas, y no ser tan hipócritas como para preocuparnos solo de las que nos pueden afectar a nosotros. Que los putrefactos medios de comunicación en este país no informen del resto de enfermedades que afectan a millones de personas, no significa que no existan. Hoy en día tenemos algo mucho más poderoso que la televisión, y es Internet. Informémonos de todas las brutalidades que suceden hoy en día y por las que no hacemos nada, en vez de hacernos los héroes cuando se trata de enfermedades que nos pueden afectar a nosotros, o que simplemente le suceden a españoles. Vivimos en el mundo, no en España. Y el ébola no es uno de los diez mayores problemas que tiene. Basta de hipocresía.

Y para concluir, os dejo con una cita que he visto en Internet y que me ha encantado:
‘’El hambre mata más que el ébola, pero no es considerado un mal importante, ya que de eso no pueden morir los ricos’’.


Por Juan Antonio Latorre.

19 de octubre de 2014

Relato corto.

¡Buenos días! Espero que tengáis buenos planes para este domingo (no es mi caso, me toca estudiar muchísimo). Hoy tenemos un relato muy cortito de una chica que va a participar habitualmente en nuestro blog a partir de ahora. Espero que os guste:

Me senté en el alféizar de aquella amplia ventana, dejando que mi pierna derecha colgase directamente sobre la calle, apoyando el pie izquierdo sobre el radiador y descansando la espalda junto a la hoja de la ventana. En Madrid jamás me habría atrevido a hacerlo, pero en Ámsterdam todo era diferente.

Estaba cansada de caminar, de seguir la ruta prescrita, de avanzar sin un rumbo fijo según se fueran moviendo los hilos de mi destino. Estaba cansada de andar, de hablar, de dar explicaciones, de pelear, de fingir, de llorar… Estaba cansada de reír, e incluso de respirar.

Así que cerré los ojos y ladeé la cabeza para escuchar mejor el abrumador sonido que despedían las campanas de la Centraal Station y el tímido y suave ronroneo del carrillón de la Iglesia de San Nicolás, que quedaba del otro lado de la calle y que, soñé, podía alcanzar con tan sólo estirar los dedos de mi mano.

Y me dejé llevar, embriagada de luz, cautivada por la dulce melodía. Me dejé llevar y probé el elixir de la eternidad que los canales bajo mis pies me brindaban y sus imponentes barcazas me regalaban, y la esencia de los minutos que había malgastado en aquellas calles. Probé también el sabor dulzón de la efimeridad de la vida de la mano de tres frascos de paracetamol, y alargué mis brazos más allá de los árboles, de los coches, los tranvías y las bicis. Rocé con la punta de los dedos los ladrillos de las más altas torres de la ciudad, recorrí una a una las escamas de cada cúpula y conté las gotas de agua que habitaban cada fuente y los pétalos de las flores que decoraban cada jardín. Sentí el frescor de las briznas de hierba bajo mis pies descalzos de madrugada. Buceé en las más oscuras y prohibidas profundidades del Amstel y acaricié cada cuadro de Van Gogh como sólo puede hacerse la vez última y a la vez única y primera. Vi pasar los trenes, rápidos, a lo lejos en las vías. Observé a los ajetreados turistas con sus mapas, planos, cámaras de fotos y revistas, e incluso regalé un par de sonrisas a quienes me ofrecieron la suya. Alguno de ellos debió tomar una foto de mi desdicha y, de paso, de mi ventana, según vi más tarde en un par periódicos locales. Finalmente, ya agotada, me dejé llevar por el aroma, la música y la magia de la ciudad…

Y tanto me dejé llevar que pasé tres días, con sus tres noches, sentada en aquella ventana.
Porque pasaron tres días hasta que, tres botellas de whisky y un frasco más de paracetamol después, me encontraron allí sentada.

Por Sara Núñez. Bienvenida al blog, darling.

11 de octubre de 2014

AMORES QUE MATAN NUNCA MUEREN (Novela por capítulos, primera entrega).

Me corroe el dolor. Salgo, quedo con los amigos, sonrío, vuelvo a casa y se me caen las paredes encima. Quedo con otras tías, y todos me dicen: ‘’llévatelas al centro, es el mejor lugar para una cita’’. Pero no las llevo ahí. Porque el centro es el lugar al que iba contigo, y las mujeres a las que llevo allí no son más que zorras en comparación contigo. Era nuestro lugar, y pasar por allí me recuerda a ti. No quiero llenar esas calles con recuerdos de otras mujeres. Quiero que cada vez que pase por allí, las fachadas de Plaza España me susurren tu nombre. ¿Recuerdas aquel primer beso, verdad? La mejor noche de mi vida.Hasta sueño contigo, es acojonante. Como en las putas películas. Te pienso de día y te sueño de noche. Bueno, eso cuando duermo. Ahora padezco insomnio. Son las 4 de la mañana.Y beso a otras, y siento hasta asco. Porque aunque ya no estemos, siento que te soy infiel. Y me acuerdo de tus besos. Tú y tus besos perfectos. ¿Por qué nadie besa como tú? Y ni siquiera me dejaste darte el último. Aquel día en que rompimos quise un último beso y me apartaste la cara. Me he roto la cabeza intentando recordar cómo fue el último, y no lo recuerdo. Me estoy volviendo loco.Salgo, conozco a otras, me lío con algunas… todo lo que siempre quise hacer. Y ahora que lo tengo, me siento vacío. Estoy roto.Echo mucho de menos tus besos. Tus putos besos perfectos. Bueno, al menos te volví a besar en uno de esos sueños.


Miré la mano con la que estaba sosteniendo la carta y me di cuenta de que estaba temblando. Es curioso, porque solo había temblado una vez en mi vida antes de esto. Estaba en la puerta principal, esperando a que ella saliera. Ni siquiera sabía con certeza para qué le daba esa carta. No esperaba que me besase o que las cosas cambiasen. Quizás simplemente quería que supiera cómo me sentía.

Me miró llena de rencor y cogió la carta. Comenzó a leer y cayeron unas cuantas lágrimas sobre el papel. Me miró y vi que le caía una lágrima por la mejilla. Se la sequé con la mano y recordé lo suave que tenía la piel. Entonces me besó durante menos de medio segundo, se arrepintió y ella misma se apartó. Me dio una bofetada en la cara, me pidió que la dejara en paz de una vez y se fue corriendo.

Podríamos decir que mi historia comenzó hace unos siete meses. En fin, vamos allá:



5 de octubre de 2014

¡OS EXIJO QUE LEÁIS EL RELATO DE HOY!

Hola, mis queridos lectores, ¿qué tal estáis pasando el fin de semana?
Para esta semana tenía preparado un pequeño relato que he escrito, pero de repente se me ha encendido una bombillita en la cabeza y se me ha ocurrido algo mejor.

Todas las personas que escribimos hemos tenido un referente que nos animó para comenzar a escribir, y me estoy dando cuenta de que no he compartido con vosotros qué fue lo que me inspiró a escribir pequeñas historias como las que suelo subir cada semana a este blog. Así que he pensado que hoy os voy a enseñar mi relato corto favorito.

Esta es una entrada muy especial para mí. Y os aseguro que lo será también para vosotros, porque ninguna de las cosas que yo he escrito o pueda llegar a escribir en este blog serán tan buenas como el relato de Edgar Allan Poe que os voy a dejar aquí.

Así que hoy, mis queridos lectores, en vez de leer un relato mío, quiero que leáis un relato del gran maestro de las historias cortas. Os va a dejar boquiabiertos. Y, quién sabe, a lo mejor sirve para que otro de vosotros también se anime y empiece a escribir historias cortas. No os entretengo más, espero que lo disfrutéis.


http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/poe/el_corazon_delator.htm


Y, para los que seáis tan afortunados como para entender bien el inglés, os lo dejo aquí en versión original.

http://xroads.virginia.edu/~HYPER/POE/telltale.html







29 de septiembre de 2014

LARGA VIDA A LA FILOSOFÍA (Artículo de opinión).

Queridos lectores, hoy estrenamos sección: los artículos de opinión. Este en concreto se debe a la intención del gobierno de suprimir la filosofía del sistema educativo. Espero que os guste.

‘’Dejas de ser un niño cuando eres consciente por primera vez de que tus padres van a morir algún día’’.
Así de claro nos lo decía Rafa. Rafa era mi profesor de filosofía en cuarto de la E.S.O. Hasta los quince años no empecé a estudiar filosofía, y siempre me preguntaba por qué no habíamos empezado a estudiarla mucho antes.
Era una asignatura diferente. Ahí no hacíamos operaciones con números que no llevaban a ninguna parte, ni memorizábamos datos que no podrían ser utilizados más allá del ámbito académico. Lo que hacíamos en filosofía era estudiar cómo veían la realidad grandes personajes de la historia de la humanidad, aquellos locos llamados filósofos.
Desde el primer gran filósofo, Sócrates, y su duelo intelectual contra los sofistas, hemos visto muchísimas perspectivas sobre cómo debe organizarse una sociedad democrática, qué papel tiene la religión en la humanidad, qué es moral y qué no lo es… Pero esto no servía solo para llenarnos la cabeza de datos inservibles en nuestro día a día, sino que nos permitía posicionarnos al lado de uno u otro punto de vista con respecto a política, religión, moralidad…
La filosofía no te enseñaba datos, sino a ser un ciudadano. Y es por esa razón por la que me enerva pensar que nuestro querido gobierno se plantea retirar esta asignatura del sistema educativo. En detrimento de la filosofía, parece que se aumentarán las horas de religión, algo que se puede aprender yendo a la iglesia siempre que quieras. Y que no se me malinterprete, no estoy en contra de que se enseñe religión, simplemente creo que es un conocimiento al que tenemos muy fácil acceso hoy en día gracias a las pequeñas parroquias que tenemos en nuestros barrios, y que por tanto no debe quitarle horas a la filosofía. Ni religión, ni matemáticas, ni inglés, ni lengua. Ninguna asignatura nos aporta tantísimo a nivel personal como la filosofía.

Aunque quizás ese aporte que nos hace como seres humanos es la razón por la que intentan quitárnosla. Cuanto más se pregunte una persona qué es bueno para la sociedad y cuáles son sus deberes como ciudadano, antes se dará cuenta de que vivimos en una sociedad idéntica a la de 1900 con Cánovas y Sagasta, con el añadido de que los medios de comunicación controlan lo que pensamos y lo único que nos preocupa es comprarnos un móvil nuevo para mandarnos whatsapps. La ausencia de filosofía significaría crear una generación de idiotas manipulables, y eso les encanta a todos los políticos, sea cual sea su ideología.


Juan Antonio Latorre. Todos los que queráis opinar al respecto, tanto a favor como en contra, estáis invitados a hacerlo en los comentarios y yo estaré encantado de leerlo e incluso debatir con quien quiera. Un abrazo para todos, y que tengáis una buena semana.

14 de septiembre de 2014

La vida de Bruno.

El primer beso de Bruno con Natalia fue memorable. Tras un paseo nocturno por los bosques de hojas azules, se pararon al borde de un lago que parecía una sopa de estrellas. Bruno cogió las manos de su tesoro, escuchó el silencio unos segundos y le recitó uno de los poemas que había escrito para ella. Uno de esos poemas que ni siquiera tienes que esforzarte en pensar. Uno de esos poemas en los que la mano no te la maneja el cerebro, sino el alma. Mientras pronunciaba el último y glorioso verso, posó las manos en su cintura, y tras decir la última palabra, la besó.
Los labios de Bruno arroparon el labio inferior de Natalia. Sus manos rodearon su cintura y la apretaron firmemente contra él. Sintió su cuerpo por completo y notó un escalofrío en las manos y en las piernas. Sus labios se separaron unos centímetros y sonrieron. Bruno la besó en la frente con ternura y se fundieron en un abrazo que duró varios minutos. Unos minutos en los que no hizo falta hablar nada, porque sus cuerpos, sus ojos y sus ardientes corazones ya lo decían todo.

Bruno preparó una sorpresa muy especial para pedirle matrimonio a Natalia. La llevó a la playa en la que ella solía veranear con su familia cuando era pequeña, de la que guardaba los mejores recuerdos de su niñez. Ahí, en la fina y suave arena, un camino hecho a base de pétalos de lila la condujo a una pequeña caja enterrada en la que se encontraba un anillo de zafiros. En unos altavoces sonaba La vie en rose, su canción favorita, y si alzaba la vista veía romper las olas rojas de aquel mar de azúcar. Bruno la cogió de la cintura por detrás y le susurró en el oído ‘’te amo’’ por primera vez.

Desde aquel primer beso inolvidable, Bruno disfrutó de cada minuto junto a Natalia. Disfrutó de cada paseo cogidos de la mano, de cada ‘’buenos días, cariño’’, de cada beso de buenas noches, de cada pelea, de cada tarde tumbados en el césped, de cada película, de cada poema y de cada amanecer que vieron abrazados. Disfrutó de cada segundo de gloria que le regaló su ángel, y entonces llegó el día en el que Natalia se quedó embarazada. Y, cuando Bruno imaginó que algún día sostendría entre sus brazos el mayor regalo que le podía hacer su amada, en ese preciso instante, lloró de felicidad por primera vez en su vida.

Y de repente, abrió los ojos. Le despertó el sonido del claxon de un coche. Se encontraba en su lujoso apartamento en el centro de Madrid. Notó un pinchazo en la boca del estómago y no podía creer lo que había sucedido. Mejor dicho, no quería creerlo. Había sido un sueño.
Cada mañana se derrumbaba al desayunar solo, sin escuchar a Natalia tarareando La vie en rose. Echaba de menos su pelo, su voz, la mirada tan tierna que se le dibujaba mientras sonreía, sus abrazos, sus historias y, sobre todo, sus besos. Era tal la desesperación de Bruno, que llegó incluso a perder la cabeza. No quería estar con ninguna mujer porque lo consideraba una infidelidad a Natalia. Pasó años solo, recordando esos besos de algodón de azúcar. Cada noche intentaba concentrarse para volver a soñar con ella, para volver a sentir el roce de su piel y el de sus labios... Y es que, en alguna parte de su cabeza, Bruno estaba convencido de que Natalia existía, que la volvería a encontrar en otro sueño y que volvería a pasar otra vida junto a ella. Para Bruno la vida real estaba en los sueños.
Se volvió un hombre cada vez más ausente, viviendo enfrascado en los recuerdos que tenía de aquella otra vida y con la vaga esperanza de volver a encontrarla cada noche. Y era esa esperanza lo único que le permitía seguir adelante viviendo esa pesadilla que otros se atrevían a llamar vida. Un sabio dijo una vez que la más cruel y dolorosa de las muertes, es la muerte por imaginación, y Bruno la estaba probando en forma de lenta y agonizante tortura.
Cada vez recordaba peor su cara. El paso de los años se llevaba cada vez más rápido el recuerdo de cada beso. Bruno se estaba volviendo loco intentando no olvidar cada detalle, pero era imposible. Fue una mañana de abril cuando Bruno salió a trabajar y le atropelló un coche.

Mientras agonizaba en el suelo, cerró los ojos y volvió a recordar mejor que nunca. Dicen que antes de morir pasa la vida ante nuestros ojos, y a Bruno le pasaron únicamente los flashbacks de aquel sueño. Fue en ese momento cuando comprendió que ese recuerdo tan vivo era lo más cerca que volvería a estar de Natalia, y entonces, sonrió.

7 de septiembre de 2014

ELLA SOLO SE ENAMORABA DE LOS ESCRITORES.

Queridos, os dejo aquí una entrada que ha escrito una chica muy, muy especial. Espero que la disfrutéis tanto como yo:

Ella se enamoraba siempre de los escritores. Y no de los vivos, de los que podría encontrar firmando en las grandes librerías o en las ferias. Amaba a los muertos, con esa clase de amor romántico que traspasa el tiempo y el espacio, y los devolvía a la vida mientras durara su lectura, para luego volver a llevarlos a la tumba cuando llegaba a la última página. A veces lloraba cuando la historia se terminaba. Lloraba porque sabía que estaban en un sitio en el que no podría alcanzarles, y su condena era quedarse ahí con el recuerdo de sus palabras, y las sombras de sus voces en la oscuridad. Les echaba de menos, y echaba de menos todo lo que no habían escrito, todo el tiempo que les habían robado para estar con ella, aunque fuera de esa forma tan etérea. Porque, para ella, era más fácil amar las palabras que a las personas. Lo sabía, pero no quería saberlo, y se escudaba en los escritores para ocultárselo a sí misma. Por eso de los escritores vivos nunca se enamoraba. Estaban en alguna parte, ahí fuera. Eran personas reales, comunes y corrientes. Y, como tales, no eran perfectos.

Solo los muertos eran perfectos.

Por Susana Sanz Velasco. Gracias por dejarme publicarlo, preciosa.

AVISO IMPORTANTE: NUEVAS ENTRADAS SOLO LOS DOMINGOS.

Buenos días, queridos y queridas. En esta segunda semana de existencia del blog no he subido tanto material como en la primera, y quería dar una explicación al respecto. Los visitantes de este blog que me conocen personalmente me han estado preguntando el motivo por el que esta semana no haya sido tan activo como en la anterior, y aquí va la explicación: no quiero que esto se convierta en una obligación. No quiero tener que hacer como mínimo tres entradas a la semana o estar subiendo cosas prácticamente todos los días. Por esta razón, he aquí el comunicado:

A PARTIR DE AHORA, SOLO SUBIRÉ ENTRADAS LOS DOMINGOS.

Así es. Puede que algunos domingos suba más de una entrada, o puede solo suba una, pero solo habrá material nuevo los domingos. Así que ya sabéis, queridos y queridas, cada domingo os espero en este espacio al que todos estáis invitados. ¡Un abrazo para todos!

2 de septiembre de 2014

EL CORAZÓN DELATOR.

Este texto, que no he sabido clasificar ni como relato ni como poema, quiero dedicárselo a todas las personas que, por desgracia, sufren o han sufrido ansiedad. Probablemente, aquellos que no saben qué es sufrir uno de esos ataques nocturnos no entiendan muy bien de qué va lo que van a leer a continuación. De hecho, casi les recomendaría que no lo leyesen, porque supongo que no les gustará. No os preocupéis, el próximo que suba será ''para todos los públicos''. En cuanto a aquellos que sigáis leyendo y entendáis de qué va todo esto, espero que disfrutéis esto y no os sintáis solos o incomprendidos. Allá va:

EL CORAZÓN DELATOR.



Pum, pum, pum…
Maldita sea. Las cuatro de la mañana.

Ni siquiera en los sueños en que aparezco me siento en paz conmigo.
¿Acaso eso es soñar?
A veces sueño despierto que sueño dormido.

Pum, pum, pum, pum…
¿Será mi imaginación?
¿Será real?
¿Cómo puedo saberlo?

Mi cara esboza la mueca del llanto,
Pero no consigo que brote una sola lágrima.


Pum, pum, pum, pum, pum…
Intento poner la mente en blanco.
Imagino una sábana blanca.
Alzo la vista y es ella quien la sujeta.
Sonríe.

Quisiera que ella hiciese méritos para odiarla; así todo más fácil resultaría.
Quiero dejar de quererla, pero no puedo. Me sigue sonriendo.
Su sonrisa me hace daño, me enamora.
Y eso provoca mi acto de cobardía; las ganas de suicidar mi corazón.

Pum, pum, pum, pum, pum, pum…
Ni con ella, ni sin ella.
Ahí está él. Todo le disgusta.
‘’Dime al menos cómo complacerte y hacer que pare este via crucis.
Líbrame de la roca de Sísifo’’.

Las seis de la mañana. El sol sale y me arrebata mi juguete en forma de Z.
Él no me deja. Él vive en la noche y de día dormita.

Pum, pum, pum…
Desayuno. Pongo las noticias. Se calla.
Soy educado con el enemigo y digo:
‘’Te veré en el combate de esta noche’’.

Y, sin más, salgo de casa. Dentro de doce horas, el second round.
‘’¿Qué te ocurre?’’ Me dice el hombre de la bata blanca.
‘’El corazón me late tan fuerte que no puedo dormir’’.


Por Juan Antonio Latorre.

31 de agosto de 2014

HOY ES DOMINGO (Mis asuntos).

Queridos y queridas, hoy es domingo, el último día de la semana. Y por ello, los domingos voy a hacer algo diferente. En vez de subir hoy otro de mis relatos (espero que los que he subido esta semana os hayan gustado), voy a recomendaros un libro. Sí, los domingos voy a utilizarlos para recomendaros alguna lectura. Hoy es nuestro primer domingo juntos, y quería que leyeseis esto antes de continuar:

''El mañana, y el mañana, y el mañana se deslizan de día en día hasta que nos llega el último instante: y todos nuestros ayeres no han sido otra cosa sino bufones que han facilitado el paso a la polvorienta muerte. ¡Apágate, apágate, luz fugaz! La vida no es más que una sombra que pasa, desmedrado histrión que se ensoberbece y se impacienta el tiempo que le toca estar en el tablado y de quien luego nada se sabe: es un cuento que dice un idiota, lleno de ruido y de arrebato, pero falto de toda significación''.

Os lo dejo en versión original para aquellos que lo entiendan (os recomiendo esta lectura en versión original, es mil veces mejor):
''Tomorrow, and tomorrow, and tomorrow creeps in this petty pace from day to day to the last syllable of recorded time, and all our yesterdays have lighted fools the way to dusty death. Out, out, brief candle! Life's but a walking shadow, a poor player that struts and frets his hour upon the stage and then is heard no more. It is a tale told by an idiot, full of sound and fury, but signifying nothing''.

Impresionante, ¿verdad? Se trata de ''Macbeth'', de William Shakespeare. En este discurso Shakespeare cuenta de manera magistral el poco sentido que tiene la vida a través del personaje de su obra. Macbeth es un personaje que mata a personas inocentes por sus ansias de poder y a medida que avanza la obra se da cuenta de que su vida no tiene sentido.
Es una obra teatral, fácil de leer y muy corta, que podemos encontrar gratuita en Internet. Os la recomiendo porque me parece realmente entretenida y es una de esas obras que hay que leer antes de morir. Así que adelante, queridos y queridas, espero que os guste y que me dejéis algún comentario al respecto si queréis.

Mañana volveré a subir otra de mis propias creaciones, espero que tengáis un buen domingo y que disfrutéis de la lectura. ¡Un abrazo para todos!

30 de agosto de 2014

EN EL MUNDO DE PAPEL.

En el mundo de papel, las lágrimas son pequeños trozos de cartulina azul.
La mujer hecha con una servilleta del bar tiene un problema de alcoholismo, tres hijos, cero empleos, cero ayudas del Ayuntamiento de negras cartulinas y nadie que se solidarice con su desgracia. Salta desde el séptimo piso del edificio de cartulinas naranjas mientras los niños, de papel maché, lloran en el tercer piso.
El individuo de papel de regalo se lleva los billetes del Monopoly mientras todos miran hacia otro lado.
El hombre de papel recio rasga al otro, de papel de seda, y huye por los callejones de papel pinocho.
El niñato hecho de periódicos deportivos increpa y abusa del chiquillo hecho con páginas de libro de texto.
Los hombres hechos con páginas de Hamlet trabajan para aquellos hechos de papel de manualidades preescolares.
El muchacho de folios en blanco copia e imita lo que hacen los demás papeles por miedo a que lo acusen de ser distinto a los folios de su paquete de origen. De mayor será funcionario del Estado.
Al que sueña con montar en aviones de papel lo condenan al mechero. En la noche previa a pagar la condena, a través de los barrotes de papel de lija, ve un pájaro de papel. Cierra los ojos, respira hondo, sonríe.

Por Juan Antonio Latorre.

28 de agosto de 2014

TIME TRAVELLERS (Novela por capítulos, recopilación)



TIME TRAVELERS.
Era un hecho conocido por todos que Juan y Marta no estaban bien. No era una cosa reciente, ni mucho menos. Los problemas comenzaron al poco tiempo de empezar a estar juntos, y a medida que la relación avanzaba, iban creciendo. Ambos eran personas muy pasionales, y no le soportaban ni lo más mínimo a su pareja. El resultado era que se pasaban gran parte de la semana enfadados el uno con el otro, discutiendo y echándose cosas en cara.
Juan estaba tremendamente enamorado de Marta y, aunque solo llevasen juntos medio año, lo daría todo por ella. Juan quería a Marta más que a su propia vida, y cada disputa, cada regañina y cada trapo sucio le habían debilitado hasta llegar al punto de que Juan no era el de antes. Muchas veces era él quien empezaba las discusiones al dejarse llevar por la ira, pero no tardaba ni cinco minutos en lamentar hacerle daño a Marta, la cual estaba perdiendo también su alegría habitual.
Y era eso, sin duda, lo que más le dolía a Juan. No podía soportar ver que ella había perdido el brillo de sus ojos, su sonrisa de cada día. Juan pasaba tardes y noches enteras llorando acurrucado en su cama al recordar aquellos días en los que Marta y él se miraban y sonreían; aquellos días en que se iban a comer juntos a alguna pradera y compartían la comida; aquellos días en los que se pasaban las horas abrazados y no había ningún problema porque, para él, se encontraba en el mismo cielo. Fue tal la desesperación de Juan al ver que la persona a la que más quería estaba tan apagada, que le dijo que deberían dejarlo.
Los dos se echaron a llorar porque se querían desde lo más profundo de sus almas. Y es que ninguno quería poner fin a la relación que, en su momento, les brindó los días más felices de sus vidas. Juan tenía solo 21 años y Marta 23. Eran demasiado jóvenes para sufrir de aquella manera por una relación. Y si había algo que tenían los dos claro, era que no sirve de nada estar con alguien a quien quieres con toda tu alma si no te hace feliz. No obstante, decidieron darse una última oportunidad. La última de todas. Habían comprendido que su temperamento no les guiaría a nada bueno, y decidieron ser más permisivos y confiar el uno en el otro. No había margen de error, y ambos estaban dispuestos a no cometer ni uno más.
Sin embargo, la vida no es tan fácil. Aunque no habían vuelto a discutir, estaba claro que los dos no volvían a sentirse como antes. Y la respuesta era bastante sencilla: los dos se habían dado cuenta de que tarde o temprano, iban a terminar rompiendo.

Estaba Juan dando una vuelta por la ciudad a las tantas de la noche para despejarse y pensar con claridad. No sabía qué hacer con su vida amorosa. Estaba tremendamente enamorado de Marta, pero ni él era feliz, ni mucho menos ella. A Juan le gustaba mucho mirar al cielo nocturno y fijarse en las estrellas. Sentía una extraña sensación de paz, de alivio, de consuelo. Tras caminar un rato, compró una lata de cerveza y se sentó en un banco.
A tan solo unos dos o tres metros de él, había otro banco con un vagabundo tomándose otra cerveza. Era un hombre realmente fornido, de pelo blanco y barba de tres o cuatro días. Tenía los dientes verdaderamente sucios, y su ropa debería tener más de diez años.
El vagabundo no paraba de mirar a Juan. Juan, teniendo en cuenta el aspecto del individuo, así como las altas horas de la noche que eran y la soledad de la calle, miraba de reojo al vagabundo con cierto nerviosismo. Este, tras acabar su cerveza (y habiendo comprobado varias veces que no quedaba ni una sola gota más por beber) se levantó y le dijo a Juan:
-          —Sé cómo acabar con tus dudas. Me refiero a lo de tu chica.
Juan miró al vagabundo con bastante extrañeza y pensó que era uno de esos borrachos que se ponen pesados cuando llevan una copa de más. Obviamente, el que supiese que tenía problemas con su chica le pareció pura coincidencia. Cerró fuerte el puño por si el vagabundo se ponía violento y continuó bebiendo de su lata con la otra mano.
-          —¿Qué te parece si te ofrezco la oportunidad de volver atrás en el tiempo? Te ofrezco la oportunidad de volver al instante en el que la conociste, o si lo prefieres, te ofrezco comprobar qué os pasará en el futuro.
-          —Menudo gilipollas- dijo Juan en voz baja.
Juan terminó su cerveza y se levantó para ir a casa a dormir. Bueno, si a eso se le podía llamar dormir. Desde que tenía problemas con Marta, Juan había dejado de tener sueños cuando dormía. ¿Qué es dormir si no puedes soñar?
A la noche siguiente, Juan volvió al mismo banco y se encontró de nuevo con el vagabundo. ‘’Mierda, otra vez el pesado este’’, pensó. El vagabundo se levantó  de su banco nada más verlo y se acercó al de Juan para sentarse a su lado.
-          —Creo que ayer fui demasiado directo. Me llamo Jacobo, encantado de conocerte- dijo, mientras le ofrecía la mano.
Juan le dio la mano sin mirarle a la cara y dijo con cierto asco:
-          —¿Me puedes dejar en paz de una vez?
Tras decir eso, Juan miró a los ojos del vagabundo y notó un pinchazo en el estómago. Se asustó mucho al mirar a los ojos de aquel tipo. Era una mirada realmente intimidante; parecía que le estaba mirando dentro de la cabeza pero, aun así, Juan no podía dejar de mirar. Probablemente Jacobo conocía técnicas de hipnosis.
-          —Vamos a volver atrás en el tiempo y vas a resolver tus problemas con esa chica, ¿entendido?
-          —Sí.
-          —¿Te pones en mis manos?
-          —Sí.

De lo que pasó a partir de ese ‘’sí’’, Juan solo recuerda imágenes sueltas. Recuerda que Jacobo lo paseó cogido en brazos por las vacías calles de Leganés. También recuerda estar en un cuarto oscuro y cochambroso. Recuerda saltar en un agujero y entonces…


-          —¿Dónde cojones estoy?- dijo Juan mientras abría los ojos.
-          —En los baños de tu facultad- contestó Jacobo.
-          —¿Qué? ¿Cómo hemos entrado aquí? La facultad cierra en agosto.
-          —No estamos en el mes de agosto.
-          —Me estás hartando, loco de mierda. No sé qué coño me diste anoche para que perdiera el conocimiento, pero voy a llamar a la policía y vas a pudrirte en la cárcel. Y como intentes evitarlo, te aseguro que me voy a tomar la justicia por mi mano.
En ese momento, entró en el baño un compañero de clase de Juan y le dijo:
-          —¡Hey, tío! ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en clase de lingüística?
Juan se quedó pálido. No entendía nada. ¿Era verdad que Jacobo le había llevado de viaje en el tiempo?
-          —Sí, ahora iré- le contestó Juan, intentando aparentar normalidad.
Cuando Juan y Jacobo se quedaron a solas, Juan se disculpó con Jacobo por lo que le había dicho y le preguntó que cómo habían llegado hasta aquí y por qué.
-          —¿Y si salimos a la calle? O aunque sea, salgamos a los pasillos. Aquí huele mal.

Ya en los alrededores de la facultad, nuestros dos protagonistas tuvieron tiempo para charlar.
-          —¿Me vas a explicar de una vez cómo y por qué hemos aparecido aquí?
-          —A tu pregunta de cómo hemos llegado no voy a responder. En cuanto al por qué… ¿sabes qué día es hoy?
-          —Antes de viajar en el tiempo, acababan de dar las doce de la noche, lo que significaba que ya era 26 de agosto, mi cumpleaños.
-          —Pues hoy estamos a 2 de febrero.
-          —¿En serio? ¿Me secuestras el día de mi cumpleaños y ni siquiera me lo vas a felicitar? Muy educado por tu parte. Y sigo queriendo saber cómo hemos viajado en el tiempo.
-          —Ya te he dicho que ahora mismo es 2 de febrero, así que no te voy a felicitar. Y no insistas, no te pienso contar el secreto de los viajes en el tiempo. Juré llevármelo a la tumba.
-          —¡Un momento! ¿Has dicho que es 2 de febrero? Es el día en que conocí a Marta…
-          —Lo sé, para eso hemos venido. Concretamente, quedan tres horas para que el Juan de hace seis meses conozca a Marta.
-          —¿Y qué se supone que tengo que hacer?
-         — Creo que esa es una decisión que debes tomar tú. Puedes contarle al Juan de hace seis meses las claves para que la relación con Marta no llegue al punto en el que está ahora… O simplemente, puedes evitar que conozca a Marta. Está en tu mano.
Juan sintió un pinchazo en el pecho. Bien es cierto que más de una vez se había arrepentido de haber empezado con Marta. En muchas ocasiones, el dolor era tan fuerte que se preguntaba si realmente había merecido la pena conocerla. No obstante, había vivido algunos de los momentos más maravillosos de su vida con ella. ¿Qué se supone que debía hacer? 


Juan no quería impedirle al Juan de hace seis meses que conociese a Marta. No obstante, desde hacía meses, estaba viviendo un infierno de culpabilidad y tristeza ante un final de relación que se presentaba inevitable. Aun así, se decidió a arreglarlo. Se acercaría a su yo del pasado y le daría los mejores consejos posibles para que su relación con Marta no se arruinase.

Cuando solo faltaban dos horas para que Juan conociese a Marta, nuestros dos protagonistas fueron a tomar algo y charlar:
-          —Así que vas a intentar salvar tu relación, ¿no?
-          —Así es. Creo que sé las cosas que he hecho mal y creo que puedo impedir que mi yo del pasado las repita.
-         — En ese caso, debemos encontrar a tu yo del pasado y hablar con él antes de que conozca a Marta.
-          —Eso va a ser fácil. Dentro de veinte minutos se termina mi última clase y mi yo del pasado irá al baño, como siempre. Así que hablaré con él ahí y solucionaré mi relación.

Juan y Jacobo se dirigieron de nuevo a la facultad con la esperanza de encontrarse al Juan del pasado:
-         — ¡Mira! ¡Al final del pasillo! ¡Está a punto de entrar al baño!
-         — Genial. Voy a hablar con él.


Juan caminó a través del pasillo decidido a hablar con su yo del pasado. Le faltaban solo unos metros para llegar a la puerta del baño cuando de repente alguien le hizo un placaje por la espalda y lo tiró al suelo. Era otro Juan.
-         — ¿Otro más como yo? No puedo creerlo.
-         — Pues créetelo. Soy el Juan de diciembre. Vamos, soy el Juan de dentro de cuatro meses con respecto a tu dimensión.
-         — ¿Era estrictamente necesario el placaje?
-         — Déjate de tonterías y escúchame atentamente. No entres por esa puerta para arreglar la relación con Marta.
-         — ¿Por qué?
-         — Porque no va a servir de nada. Hemos roto, y estoy hecho pedazos.


1 hora y 30 minutos para que Juan conozca a Marta.


—         Entonces… ¿no sirven de nada los consejos que voy a darle a mi yo de pasado?
—        Exacto.
—          En ese caso, ahora eres tú el que tiene que pasar ahí y darle tus mejores consejos. No podemos permitir que esta relación se…
—          ¡Basta! ¡No se puede, Juan! Esa relación está condenada al fracaso, ¿vale? Simplemente no estáis hechos el uno para el otro. Sí, podría entrar ahí, hablar con nuestro yo del pasado y conseguir alargar unos meses más una relación que se acabará rompiendo, ¿y sabes por qué? Porque ella no está hecha para ti, ni tú para ella, y estoy seguro de que en alguna parte de ti, por pequeña que sea, ya sabes todo esto. Se acabó, tío. No es la mujer de tus sueños.

En ese momento, Juan escuchó las palabras que en su subconsciente sonaban a menudo pero que nunca quiso escuchar. Se le hizo un nudo en la garganta y empezó a llorar como un niño.
—        Me da igual, aun así quiero intentarlo por última vez- dijo entre sollozos.
—          Escúchame bien, tío. Yo también pensaba como tú los primeros días después de dejarlo. De hecho, cuando hablé con Jacobo para volver atrás en el tiempo, mi idea era venir a intentar salvar esto una vez más. Pero me he dado cuenta de que no es justo. Sabes de sobra que los problemas que tenéis no lo van a resolver unos simples consejos. Y sabes también que no te mereces sufrir de la manera en la que lo estás haciendo. Y desde luego, la que menos se lo merece es Marta. Ella se merece el cielo, no esta mierda.

Hubo unos segundos de silencio en los que ambos tuvieron que digerir lo que se habían dicho. Tuvieron que digerir lo que les estaba pasando. Tuvieron que digerir que su historia de cuento de hadas con Marta había terminado. Ambos se miraron fijamente a los ojos y asintieron. En ese momento, Jacobo se acercó a ellos.
—         Chicos, tenemos que irnos de aquí, está saliendo cada vez más gente de las clases y os van a ver.


1 hora para que Juan conozca a Marta.


Juan, Jacobo y el Juan de cuatro meses en el futuro llegaron a una pradera alejada de la facultad en la que les estaba esperando el Jacobo de diciembre.
—          Bueno chicos, creo que está bastante claro lo que tenemos que hacer. Hay que impedir que el Juan del pasado conozca a Marta. Debemos ahorrarnos ese dolor y, sobre todo, debemos ahorrarle ese dolor a Marta- dijo Juan.
—          Así es. Le esperará Jacobo en la puerta de la cafetería en la que la conoció y lo entretendrá de alguna manera para llevarlo a otro sitio- dijo el Juan de diciembre.

Aunque no cabía duda de que estaban haciendo lo correcto, Juan se sentía terriblemente mal por quitarle a su yo del pasado la oportunidad de estar con Marta. Estaba deseando que ocurriese algo, cualquier cosa que permitiese que las cosas volvieran a su cauce y que el Juan de febrero entrase en esa cafetería.

En ese momento, llegó un hombre de unos cincuenta años. Un hombre bastante familiar. Efectivamente, era otro Juan.
—          ¡Lo sabía! ¡Sabía que esto no iba a acabar así!- dijo Juan- rápido, dile a todos estos que dentro de unos años te reconciliarás con Marta y te casarás con ella. Porque eso es lo que va a pasar, ¿verdad?

—          No, amigo. Estoy casado, pero no con Marta, sino con otra mujer. Una mujer maravillosa. No obstante, tengo algo muy importante que deciros.


Juan adulto miró con ternura a sus yo del pasado y dijo:
-          —Escuchad atentamente, chicos. Es muy probable que hoy lo paséis mal por esta situación. Lloraréis, estaréis días y días sin salir de casa y pensaréis que lo mejor es no haberla conocido. Pero, ¿sabéis qué? Cuando eres una persona adulta, las cosas no se ven de esa manera. Yo cada vez que cierro los ojos y pienso en Marta, sonrío. Disfruté de cada momento feliz que tuvimos. Recuerdo los besos, los abrazos, las tardes que pasábamos riendo y divirtiéndonos. Lo que no recuerdo son los malos momentos, porque no merecen la pena. Y lo mejor de todo esto es que salí más maduro de esa relación. No podéis impedir que nuestro yo del pasado conozca a Marta, porque quizá sin aquella relación no sería quien soy hoy. Quizá sin esa relación no habría alcanzado la madurez suficiente que me permitió conquistar a mi actual esposa. Y a lo mejor sin esa relación, Marta no habría conocido al hombre que le ha dado dos hijos preciosos. Chicos, lo que hoy es un calvario, algún día lo recordaréis y lo disfrutaréis de una manera que aún no sois capaces de entender.


1 minuto para que Juan conozca a Marta.
Juan se escondió en unos arbustos que daban a una ventana de la cafetería. Ahí estaba sentada Marta, y entonces, en ese momento, se acercó el Juan de febrero y tuvo las agallas suficientes para empezar a hablar con aquella hermosa desconocida.
Ahí, agazapado en esos arbustos, Juan presenció uno de los momentos más dulces de su vida. Se vio a sí mismo lleno de esperanza e ilusión, conociendo a la chica perfecta. Lo que le tocaba a aquel Juan era comenzar una relación cuyos primeros meses serían inolvidables. Y, cuando se vio a sí mismo conociendo a Marta, se sintió pleno por primera vez en mucho tiempo, y sonrió.



Juan volvió a su dimensión y disfrutó todo lo que pudo con Marta hasta que fue imposible continuar aquella relación y decidieron romper por el bien de ambos. No fue una historia de amor perfecta, esa estaba aún por llegar en su vida. Pero, ¿sabéis qué? Fue una historia memorable.


THE END.