Ahí estaba, sentado en un callejón, apoyando su
espalda contra la pared. A la botella cada vez le quedaba menos elixir del
olvido. Le ardía el ojo. Hacía menos de una hora que le habían dado un
puñetazo. Otra vez. Deshizo el avión de papel que había hecho, y lo arrugó en
su puño.
No había tenido una vida fácil. Dinero, poder, éxito y
mujeres. Muchas mujeres. Cientos, desde ella. Lo habría cambiado todo por ella.
No podía aceptar que no fuera suya. Solo ella le podría haber hecho disfrutar
de aquel piso enorme y de ese puto descapotable. El descapotable en el que se llevaba
a todas esas zorras a casa para alegrarse el pene quince minutos, para después pasar
las siguientes ocho horas odiándose un poco más. Se odiaba por lo que se hacía
a sí mismo y por lo que le hacía a aquellos pobres angelitos. A veces, en el
fondo de la tercera botella, encontraba unos minutos de paz. Pero esa no era la
solución. La paz eterna era volver con ella, pero eso no iba a pasar. No
después de cómo la había tratado. Ojalá se hubiera dado cuenta antes.
Una chica inocente y adinerada pasaba por la calle
principal. Miró a su derecha y vio sentado, en aquella calle tan estrecha, a un
hombre trajeado mirando un papel arrugado. No sabía muy bien qué le hizo acercarse
y sentarse a su lado. Quizás estaba cansada de estar alienada. Quizás quería
joder a sus padres y a todos aquellos niños de papá que había tenido por
novios. Quizás estaba cansada de llevar una vida tan fácil.
- —Dios mío, ¿Qué te ha pasado en el ojo?
- —No es nada.
- — ¿Cómo que nada? Estás llorando. Déjame que
te traiga un poco de hielo.
- —Ojalá estuviera llorando por el puñetazo.
- — ¿Y entonces por qué lloras?
- — ¿No crees que es peligroso acercarse a un
desconocido a estas horas de la noche?
Cada vez se sentía más intrigada por saber su historia.
El brillo de las estrellas apuntaba a aquellos hipnotizantes ojos azules. Aquel
día comprobó que los ojos son el espejo del alma. Vio en ellos la más completa
y absoluta de las derrotas.
Saborearon esos minutos de silencio. Él entonces se
levantó y dejó caer el papel sobre el regazo de aquella chica. Ni siquiera dijo
adiós.
Cuando desdobló el papel y lo leyó, lloró. Lloró por
dos motivos. Era la carta de amor más hermosa que jamás había leído.
Probablemente no volvería a ver a aquel hombre. Jamás.
Él se alejó dando tumbos y ni una sola vez echó la
vista atrás. Ahí dejó el manifiesto de sus sentimientos en las manos del
destinatario equivocado. Un destinatario al que, sin merecer ni un rasguño, se
le abrió una cicatriz en el corazón que ni todos los puntos del hospital
podrían suturar.
Por Juan Antonio Latorre.
Por Juan Antonio Latorre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario