Me senté en el alféizar de aquella amplia ventana, dejando que mi pierna derecha colgase directamente sobre la calle, apoyando el pie izquierdo sobre el radiador y descansando la espalda junto a la hoja de la ventana. En Madrid jamás me habría atrevido a hacerlo, pero en Ámsterdam todo era diferente.
Estaba cansada de caminar, de seguir la ruta prescrita, de avanzar sin un rumbo fijo según se fueran moviendo los hilos de mi destino. Estaba cansada de andar, de hablar, de dar explicaciones, de pelear, de fingir, de llorar… Estaba cansada de reír, e incluso de respirar.
Así que cerré los ojos y ladeé la cabeza para escuchar mejor el abrumador sonido que despedían las campanas de la Centraal Station y el tímido y suave ronroneo del carrillón de la Iglesia de San Nicolás, que quedaba del otro lado de la calle y que, soñé, podía alcanzar con tan sólo estirar los dedos de mi mano.
Y me dejé llevar, embriagada de luz, cautivada por la dulce melodía. Me dejé llevar y probé el elixir de la eternidad que los canales bajo mis pies me brindaban y sus imponentes barcazas me regalaban, y la esencia de los minutos que había malgastado en aquellas calles. Probé también el sabor dulzón de la efimeridad de la vida de la mano de tres frascos de paracetamol, y alargué mis brazos más allá de los árboles, de los coches, los tranvías y las bicis. Rocé con la punta de los dedos los ladrillos de las más altas torres de la ciudad, recorrí una a una las escamas de cada cúpula y conté las gotas de agua que habitaban cada fuente y los pétalos de las flores que decoraban cada jardín. Sentí el frescor de las briznas de hierba bajo mis pies descalzos de madrugada. Buceé en las más oscuras y prohibidas profundidades del Amstel y acaricié cada cuadro de Van Gogh como sólo puede hacerse la vez última y a la vez única y primera. Vi pasar los trenes, rápidos, a lo lejos en las vías. Observé a los ajetreados turistas con sus mapas, planos, cámaras de fotos y revistas, e incluso regalé un par de sonrisas a quienes me ofrecieron la suya. Alguno de ellos debió tomar una foto de mi desdicha y, de paso, de mi ventana, según vi más tarde en un par periódicos locales. Finalmente, ya agotada, me dejé llevar por el aroma, la música y la magia de la ciudad…
Y tanto me dejé llevar que pasé tres días, con sus tres noches, sentada en aquella ventana.
Porque pasaron tres días hasta que, tres botellas de whisky y un frasco más de paracetamol después, me encontraron allí sentada.
Por Sara Núñez. Bienvenida al blog, darling.
No hay comentarios:
Publicar un comentario