¿Por qué desde pequeños nos enseñan a repudiarte?
¿Por qué, doncella de capucha negra, no hay ni un solo poema
en el que tú seas la buena?
El filo de tu guadaña hace que este segundo en el que te
escribo, y todos los que me sigan hasta que nos encontremos, sean especiales.
¡Qué injusto es el ser humano! Seguro que nunca nadie te
dibujó hermosa. Yo no tengo un pincel, pero sí un bolígrafo con el que
escribirte preciosa.
Ni Shakespeare, ni Garcilaso, ni Platón. Nadie te escribe
con admiración. Yo no tengo el ángel en las manos que les acompañaba a todos ellos, pero
te hago esta humilde oda, princesa esquelética, e intento sacarte sonrisas,
aunque sea una sola.
¡Qué curioso! ¡Qué irónico! Todos intentan evitarte, y tú te
buscarías si pudieras, pobre doncella de eterna maldición, condenada a no
desaparecer nunca, a estar haciendo tu labor hasta que no quede nadie, y sin
nadie que elogie tu bravura.
Y te desafío a ti, lector, que tienes esta carta entre tus
manos, a que te hagas estas preguntas y dejes que corra el aire a través de la
caja fuerte que es tu cerrada mente: ¿Qué tendría de especial la vida si fuera
eterna? ¿Qué sería de la vida sin muerte?
Por Juan Antonio Latorre.
Por Juan Antonio Latorre.
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