27 de agosto de 2014

BLANCA (Relato corto).



BLANCA.
Recuerdo el día en que conocí a Blanca. Fue uno de esos días en los que iba yo solo a dar una vuelta por el campo para alejarme de todo el mundo. Aquel día, me alejé de todas las rutas marcadas y decidí perderme entre los árboles. Llevaba más de una hora caminando cuando la vi. Al principio, la vi de espaldas. Estaba sentada en la orilla de un riachuelo y llevaba una camiseta de tirantes negra y unos pantalones vaqueros, también de color negro. Su cabello era, también, oscuro, y le caía por debajo de los hombros. Me acerqué y le pregunté si podía sentarme con ella.
Al oír mi pregunta, se dio la vuelta y me miró con una cara muy asustada. Jamás había visto a una mujer tan pálida… daba la sensación de que nunca había estado en la calle en contacto con el sol.
-          —No, quiero estar sola – me contestó. Dios mío, aquella voz era distinta. Si bien hay mujeres con una voz débil, lo de Blanca estaba a otro nivel. Era una voz rota, resquebrajada. Pero a la vez, dulce; tan dulce que noté un pinchazo en el pecho.
Me sentí lleno de ternura. Solo necesité que me dijese esa frase para empezar a quererla. Comenzaba a hacer frío, y vi que temblaba un poco. Le puse mi abrigo y me senté al lado de ella.
-          —De verdad, sería mejor que te fueses – me dijo mientras me miró a los ojos por primera vez. ¿Cómo me iba a ir? En ese momento no era capaz de pensar en otra cosa que no fuese sentarme ahí y volver a escuchar su voz.

Dos horas después, Blanca se rió por primera vez. Ese sonido sigue siendo, a día de hoy, lo más bonito que he escuchado nunca. Comenzó a chispear y le dije que fuéramos hasta mi casa y le acercaría a la suya en coche pues, según me dijo, había venido andando. Blanca me dijo que no, que no podía. Pretendía pasar la noche ahí, aunque lloviese o hubiese tormenta. A pesar de mis preguntas, Blanca no me respondía por qué quería estar sola y por qué quería dormir ahí, alejada del mundo. Y como yo no iba a ser quien la obligase a hablar ni quien dejase a esa chica sola, me tumbé en el césped y dije:
-          —A mí también me han entrado ganas de dormir en la naturaleza.
No podía irme. No podía dejar de hablar con aquella mujer tan adorable, por mucho que insistiese en que me vendría bien irme.

Eran las seis de la mañana. Habíamos pasado toda la noche hablando y, aunque solo habían pasado diez horas desde que nos conocimos, ella ya sabía más cosas de mí que nadie. Creo que para ella también fue la primera vez que habló así con alguien. Quizás por eso confió en mí y me contó su secreto.
Blanca tenía una bomba dentro de su cuerpo y no se sabía cuándo podría explotar. Había pasado muchos años encerrada y había escapado (nunca me llegó a dar detalles de dónde estuvo encerrada ni con quién, y yo no se los pedí, porque a ella no le gustaba recordar aquello). Por eso estaba ahí sola, alejada de la civilización. Por eso nunca tuvo un amigo (la poca gente que supo su historia, huyó). Y en ese momento, Blanca me miró a los ojos y me dijo:
-          —Comprendo que te marches. No pasa nada.
Blanca daba por hecho que me iba a ir. Que dejaría tirada a aquella fugitiva, a aquella catástrofe potencial.
Yo solo conocía a Blanca desde hacía diez horas. Habíamos compartido prácticamente todo lo que una persona tarda años en contar a otra.
Yo solo conocía a Blanca desde hacía diez horas. Y yo ya sabía que me iba a enamorar de ella. Por eso la besé y me prometí no abandonarla en toda mi vida.

Había pasado ya un año desde que oí su risa por primera vez. Nos habíamos construido una pequeña cabaña en un lugar aún más alejado de la civilización. Nadie nos podría encontrar, ni falta que hacía. Nunca eché de menos la tele, ni el móvil, ni cualquier otro objeto. La tenía a ella. Nos gustaba tumbarnos abrazados y mirar al cielo; nos pasábamos horas y horas así. Ella se tumbaba apoyando la cabeza en mi pecho, y yo me sentía en la gloria porque podía oler su pelo. Me encantaba su pelo; más incluso que sus manos, sus labios o sus ojos. Por eso, el mejor regalo de cumpleaños de mi vida fue cuando Blanca construyó una cajita de madera en la que metió un mechón de su pelo. Cuando abrí la caja, vi el mechón y mis ojos se cruzaron con su sonrisa de impaciencia por saber si me habría gustado o no el regalo, supe aún más que ella era el amor de mi vida.
No me importaba que la bomba pudiese explotar en cualquier momento y morir. La muerte habría sido alejarme de ella.
Nos gustaba mirarnos a los ojos sin apenas pestañear. A veces, en esos momentos, los dos nos poníamos a llorar de felicidad, y ni siquiera sabíamos muy bien por qué.
Yo era muy feliz con Blanca. Recuerdo que cada mañana me despertaba un ratito antes que ella y le traía un ramo de flores. Recuerdo que cada vez que me daba el beso de buenas noches, se me dibujaba una sonrisa en el rostro que no desaparecía hasta que me quedaba dormido. Quizás por eso era tan especial: porque cada día podía ser el último.

Aún recuerdo la última vez que vi a Blanca. Era un veintiuno de octubre, en el año 2010. Me dio las buenas noches, me besó y me guiñó un ojo. A la mañana siguiente, cuando desperté, Blanca no estaba a mi lado, y me pareció muy extraño. Encima de la mesita de noche, había una nota.
En aquella nota, Blanca me explicó que me amaba con toda su alma. Que aquellos tres años habían sido y serán los mejores de su vida. Me contó cada detalle de todo aquello que le había hecho feliz durante esos años. Algunas palabras eran difíciles de entender porque les habían caído lágrimas encima. Blanca no podía soportar la idea de que yo pudiese morir por su culpa.

No he parado de buscarla cada día desde que me dejó. Mi salud cada vez va a peor por la falta de descanso. Ojalá pudiera abrazarla aunque solo fuera una vez más, verla un minuto más, oír su risa una vez más. Ni siquiera sé si Blanca sigue viva. Cada noche saco su mechón de pelo de la cajita y lo beso.


Una historia de Juan Antonio Latorre.

2 comentarios:

  1. Me encanta la idea general de una persona con una bomba en su cuerpo y el amor desesperado pensando que cada día puede ser el último, pero ese asunto del mechón de pelo... Se me hace perturbador, debo de admitirlo, en un principio intenté verlo como algo adorable pero no soy capaz.
    Aún así está realmente bien, me encanta ese final triste.

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  2. Me encanta lo que trasmites con cada una de tus historias. Es increible la sensación agridulce que se te queda tras leer el relato. Está genial.

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