Tercer café en el turno. Y sólo eran las nueve. “Extra de azúcar, por favor…”.
Necesitaba que alguien la sacara de allí, que alguien la
llevara lejos y le explicase que había vida más allá de aquellos cables, de
aquellas bombas y aquellas vías mal cogidas, que existía mucho más al otro lado
de los muros del hospital. Necesitaba alguien que le llenase de aire los
pulmones, alguien que impulsase la sangre que corría por sus venas y arterias,
alguien que vaciase su corazón de todo aquello que le hacía daño y lo llenase
de flores, mariposas y sueños de chocolate. Alguien que endulzase su vida, como
ella endulzaba el café cada mañana en la planta.
Se sentó entre las diminutas cunas en las que Lucía y
Fernando luchaban por sobrevivir, por abrir un día los ojos, por sonreír. No
podía imaginar a nadie más fuerte que sus dos pequeñines, nadie con los puños
más apretados para no dejar a su vida escaparse de entre sus manos. No podía
imaginar a nadie tan fuerte, hasta que se conoció a sí misma.
Cada mañana jugaba con las figuritas de madera que adornaban
su bolsillo del pijama mientras observaba por el rabillo del ojo a sus
chiquitines, y les leía historias de príncipes sobre corceles blancos que
rescataban a princesas encerradas en lo más alto de las torres. Cada día
agarraba firmemente las manitas de aquellos dos diminutos héroes para luego dejarlas
caer, suavemente, entre sus dedos. Cada mañana repasaba la lista de niños que
había visto irse de aquellas incubadoras, con vida o sin ella, rumbo a un lugar
mil veces mejor, y ansiaba encontrar para sí misma un lugar similar, un rincón
del universo en que disfrutar de cada instante como aquellos bebés que cuidaba
harían cuando tuviesen ocasión.
Así cada día, hasta que se quedó sin historias que contar a
sus minúsculos pacientes y sus papás, y decidió empezar una nueva historia
desde cero: la suya propia. Ese mismo día comenzó, comprendiendo que la única a
la que necesitaba para descubrir la vida más allá de aquellas paredes era ella
misma, y los siguientes prometió a sus dos protegidos que nunca más esperaría a
que nadie se la llevase lejos, sino que ella aprendería a guiarse hasta las
salidas; que no buscaría el amor si él no la buscaba a ella, ni esperaría al
gallardo príncipe que en principio le correspondía; que nadie, jamás, tendría
que insuflarle el aire en los pulmones, pues ella pondría todo su empeño en
respirar por sí misma; que la sangre que recorría su cuerpo merecía bailar y
recrearse en su propia vida; y que el único azúcar que ella no podría aportar a
su día a día sería el que echaba, en tres cucharillas, a los cafés entre el
desayuno y el mediodía.
Porque no había nadie tan fuerte como ella. Nadie capaz de
aportar luz a tantas vidas como ella hacía. Nadie digno de vivir su vida por
ella. Nadie que la conociera como ahora se conocía.
Eso, al menos hasta que llegó él…
Por Sara Núñez.
Venía yo dispuesta a comentar el nuevo capítulo de "amores que matan..." pero visto que no está, me tocará poner algo en el anterior (a ver si así Juan se anima a poner más...) y de mientras voy comentando esto también.
ResponderEliminarMis felicidades a Sara (de nuevo) porque este relato corto también es muy bueno, y hasta pide una continuación que en parte me gusta que no tenga, así deja la imaginación abierta de los lectores para elucubrar quién es ese él. Pero bueno, sea como sea, me gusta la idea de que uno mismo tiene la fuerza para ser feliz, y además... Solo ya no lleva acento (en la primera línea), no sé por qué la RAE se lo quitó, pero... Nos han fastidiado bien a todos (a mí a veces también se me escapa).
Pues eso, que felicidades a Sara y espero leer más cosas suyas por aquí :)