7 de diciembre de 2014

RELATO CORTO.

Tercer café en el turno. Y sólo eran las nueve. “Extra de azúcar, por favor…”.

Necesitaba que alguien la sacara de allí, que alguien la llevara lejos y le explicase que había vida más allá de aquellos cables, de aquellas bombas y aquellas vías mal cogidas, que existía mucho más al otro lado de los muros del hospital. Necesitaba alguien que le llenase de aire los pulmones, alguien que impulsase la sangre que corría por sus venas y arterias, alguien que vaciase su corazón de todo aquello que le hacía daño y lo llenase de flores, mariposas y sueños de chocolate. Alguien que endulzase su vida, como ella endulzaba el café cada mañana en la planta.

Se sentó entre las diminutas cunas en las que Lucía y Fernando luchaban por sobrevivir, por abrir un día los ojos, por sonreír. No podía imaginar a nadie más fuerte que sus dos pequeñines, nadie con los puños más apretados para no dejar a su vida escaparse de entre sus manos. No podía imaginar a nadie tan fuerte, hasta que se conoció a sí misma.

Cada mañana jugaba con las figuritas de madera que adornaban su bolsillo del pijama mientras observaba por el rabillo del ojo a sus chiquitines, y les leía historias de príncipes sobre corceles blancos que rescataban a princesas encerradas en lo más alto de las torres. Cada día agarraba firmemente las manitas de aquellos dos diminutos héroes para luego dejarlas caer, suavemente, entre sus dedos. Cada mañana repasaba la lista de niños que había visto irse de aquellas incubadoras, con vida o sin ella, rumbo a un lugar mil veces mejor, y ansiaba encontrar para sí misma un lugar similar, un rincón del universo en que disfrutar de cada instante como aquellos bebés que cuidaba harían cuando tuviesen ocasión.

Así cada día, hasta que se quedó sin historias que contar a sus minúsculos pacientes y sus papás, y decidió empezar una nueva historia desde cero: la suya propia. Ese mismo día comenzó, comprendiendo que la única a la que necesitaba para descubrir la vida más allá de aquellas paredes era ella misma, y los siguientes prometió a sus dos protegidos que nunca más esperaría a que nadie se la llevase lejos, sino que ella aprendería a guiarse hasta las salidas; que no buscaría el amor si él no la buscaba a ella, ni esperaría al gallardo príncipe que en principio le correspondía; que nadie, jamás, tendría que insuflarle el aire en los pulmones, pues ella pondría todo su empeño en respirar por sí misma; que la sangre que recorría su cuerpo merecía bailar y recrearse en su propia vida; y que el único azúcar que ella no podría aportar a su día a día sería el que echaba, en tres cucharillas, a los cafés entre el desayuno y el mediodía.

Porque no había nadie tan fuerte como ella. Nadie capaz de aportar luz a tantas vidas como ella hacía. Nadie digno de vivir su vida por ella. Nadie que la conociera como ahora se conocía.

Eso, al menos hasta que llegó él…

Por Sara Núñez.

1 comentario:

  1. Venía yo dispuesta a comentar el nuevo capítulo de "amores que matan..." pero visto que no está, me tocará poner algo en el anterior (a ver si así Juan se anima a poner más...) y de mientras voy comentando esto también.

    Mis felicidades a Sara (de nuevo) porque este relato corto también es muy bueno, y hasta pide una continuación que en parte me gusta que no tenga, así deja la imaginación abierta de los lectores para elucubrar quién es ese él. Pero bueno, sea como sea, me gusta la idea de que uno mismo tiene la fuerza para ser feliz, y además... Solo ya no lleva acento (en la primera línea), no sé por qué la RAE se lo quitó, pero... Nos han fastidiado bien a todos (a mí a veces también se me escapa).

    Pues eso, que felicidades a Sara y espero leer más cosas suyas por aquí :)

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